Ceshia Ubau durante un concierto.

Ceshia Ubau durante un concierto. Maynor Valenzuela

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Ceshia Ubau, la cantante refugiada que se reconstruye en España: “A los seres humanos les duelen las mismas cosas”

La artista vive en el país su segundo proceso migratorio tras tener que huir a Costa Rica desde Nicaragua por la represión estatal.

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Tania Ortega
Publicada

Con la guitarra al hombro, recorre centros culturales, bares y cualquier rincón que abra sus puertas a la música en vivo, allí pregunta: "¿Cómo se puede tocar aquí? ¿Con quién tengo que hablar?".

Camina con su portafolio de música y repite una frase sencilla que, tras años de carrera, parece esconder una pequeña herida: "Hola, mi nombre es Ceshia y soy cantautora nicaragüense".

En España, esta artista de 28 años ha tenido que volver a decir su nombre en voz alta para abrirse paso. Y se pregunta cómo vuelve una a hacerse visible en un país nuevo.

No siempre fue así. En Costa Rica, el país vecino al que llegó tras salir de Nicaragua por la crisis sociopolítica y la represión de 2018, su propuesta musical resonaba entre escenarios, giras y premios.

Allí, los colegas le tendieron la mano y su voz dejó de pertenecer solo a su país de origen para volverse centroamericana. Su salida de Nicaragua fue, en sus palabras, "preventiva". Pesaba lo que significaba ser estudiante y artista en un país donde las protestas sociales fueron respondidas con una dura represión estatal.

"Yo me fui por una semana a Costa Rica y me quedé siete años", dice la artista. Allí rehízo su vida, trabajó, construyó vínculos, desarrolló su carrera y dejó de ser solo una cantautora nicaragüense en el exilio para convertirse en una voz reconocida en la región.

Pero el riesgo no desapareció del todo. Vinculada a un entorno que el régimen de Daniel Ortega percibía como una amenaza, y expuesta por una obra que dialogó con la denuncia de la represión, Ceshia se vio obligada a huir otra vez.

Hoy busca reconstruir su carrera en España, nuevamente bajo el estatus de refugiada.

A veces una persona logra levantar una vida, encontrar trabajo, construir vínculos y hacer que las cosas por fin empiecen a encajar, y aun así tiene que volver a comenzar.

Cruzar el Atlántico

En el vuelo directo que la trajo a España junto a cientos de nicaragüenses reasentados desde Costa Rica viajaban también el miedo, la ilusión y una forma inmediata de comunidad.

Había personas que nunca se habían montado a un avión y otras que eran plenamente conscientes de que cruzar el Atlántico también significaba alejarse más de la familia y de la vida conocida.

Cuando la aeronave despegó, recuerda Ceshia, ella y las otras dos personas de su fila se tomaron de la mano, cerraron los ojos y dijeron en coro una sola palabra: "Fuímonos".

El caso de Ceshia no es excepcional. Su llegada a España no fue una migración regular. Ocurrió a través de un programa de reasentamiento, un mecanismo de protección internacional que permite el traslado voluntario, seguro y regulado de personas refugiadas desde un primer país de acogida hacia otro Estado que acepta recibirlas y brindarles protección.

España participa en estos programas desde 2011 y aprobó para 2026 un plan nacional de reasentamiento con 1.200 plazas.

No es un programa al que se pueda aplicar, la agencia de la ONU para los refugiados identifica los casos de mayor riesgo, pero la decisión final de admisión la toma el país receptor.

Desde 2022 y hasta marzo de 2026, 5.472 personas nicaragüenses fueron reasentadas desde Costa Rica hacia distintos países, según cifras de ACNUR. La mayoría a Estados Unidos y 892 a España.

Refugio, carrera y riesgo

Ceshia empezó a abrirse camino en Nicaragua. A los 20 años ya tenía mánager, banda y equipo de trabajo. Su primer disco, Con los ojos del alma, miraba al país desde las infancias y las mujeres, con la intención de ponerlas en el centro de una tradición folclórica que casi siempre las había dejado como musas, y no como autoras.

Pero fue en el exilio, en Costa Rica, donde su carrera se volvió más sólida, profesional y visible. Allí aprendió otras formas de hacer música, amplió sus redes y empezó a mirar más allá de Nicaragua.

Sus canciones dejaron de hablar solo desde la herida del exilio y empezaron a dialogar con una región más amplia. Los reconocimientos llegaron y le dieron visibilidad. Su nombre empezó a circular hasta convertirse en una de las voces más reconocibles de la música independiente centroamericana.

Ceshia no se piensa solo como artista. También es psicóloga. En Costa Rica trabajó con personas refugiadas en procesos psicosociales vinculados al duelo migratorio, la prevención de violencia y los derechos humanos.

Desde allí también participó en actividades para hablar de lo que ocurría en Nicaragua. Fue entonces cuando entendió algo que antes no había dimensionado. "No dimensioné que pudiera haber represión transnacional", dice.

No era una sospecha aislada. Un informe del Grupo de Expertos de la ONU sobre Nicaragua, publicado en marzo de 2026, documentó la expansión de la represión transnacional nicaragüense contra personas exiliadas.

La vida en España

En España, una parte de esa nueva vida empezó en los espacios de acogida, Ceshia convivió con otras personas reasentadas y escuchó historias llegadas de África, Palestina y distintos países de América Latina.

Allí entendió que el desarraigo no tenía una sola cara. "Cada realidad es particular, aunque a los seres humanos les duelen las mismas cosas", agrega.

Antes de viajar, a ella y al resto del grupo de refugiados les hablaron de la crisis de vivienda, de los salarios y de una España menos idealizada que la del imaginario migrante.

Ceshia Ubau actúa en la calle.

Ceshia Ubau actúa en la calle. Roberto Souza

Llegó sabiendo que el reasentamiento no era una promesa de abundancia ni una postal de primer mundo. Trabajó cuidando a personas mayores, un oficio duro y frecuente entre mujeres migrantes.

En esas casas encontró jornadas pesadas, pero también una intimidad inesperada. Pensaba en su abuelo, en sus padres, en lo que significa acompañar a alguien en una etapa frágil de la vida.

"Yo también necesitaba el calorcito fraterno", dice. A veces, ese calor llegaba en la mesa compartida, en una bufanda, en una frase sencilla: "Abrígate, muchachita, que está frío".

En su primera Navidad, Ceshia escuchó unos villancicos que conocía de memoria. Su madre los ponía cuando ella era niña, en Nicaragua. Esta vez, al oírlos de nuevo, entendió algo que no había sabido entonces, eran villancicos gallegos.

"Me puse a llorar", recuerda. Por un momento, en medio de una vida recién empezada, el país nuevo le devolvió algo parecido a su infancia.

Otro día le sorprendió la calle. Un vendedor pasó gritando frutas desde una camioneta —bananas, kaki, patatas— con ese tono alto, de barrio, que ella creía haber dejado atrás en Centroamérica.

El acento era otro, pero el bullicio le resultó familiar. También la alegría de la gente en la calle, que le hizo pensar que incluso tan lejos seguían existiendo formas reconocibles de la vida cotidiana.

España ha empezado a tomar la forma de una rutina sencilla: caminar, entrar, preguntar, presentarse otra vez. "He pasado estos meses presentándome todos los días", dice.

No lo vive como una derrota, sino como una forma consciente de volver a empezar. "Nadie va a venir a hacer el trabajo por mí. Vamos de nuevo, pero con experiencia y con estrategia".