Rodeada de sus nietos de entre tres y diez años, Kadaya Walet es el pilar de su familia. En su pequeña casa en Tinwilan, en la región de Gao, Malí, los niños se agrupan a su alrededor mientras ella vela por ellos. Su hijo es pastor nómada y suele pasar largas temporadas fuera buscando pastos para el ganado, lo que la deja a ella al cuidado de los más pequeños.

Es Kadaya quien se encarga de su supervivencia diaria. A pesar de los obstáculos y de las cosechas reducidas que limitan las reservas de alimentos, conserva su sentido del humor, que se refleja en sus palabras y en la manera en que habla con sus nietos.

A pesar de las dificultades cotidianas, esta abuela se mantiene erguida, asumiendo la responsabilidad diaria de su familia en un contexto profundamente incierto.

La historia de Kadaya es una de tantas. En los países del Sahel, África Occidental y Central, millones de personas viven hoy una crisis alimentaria que rara vez ocupa titulares. Hoy sabemos que 53 millones de personas en países como Níger, Chad, Mauritania o Nigeria se enfrentarán al hambre aguda este año. Son cifras enormes, difíciles de imaginar.

Pero cuando uno trabaja sobre el terreno, esas estadísticas se convierten en escenas muy concretas: madres que reparten una única comida al día entre varios hijos, agricultores que miran al cielo esperando unas lluvias que no llegan, familias que venden sus últimos animales para poder comprar cereales cuyo precio no deja de subir.

En estos países, el acceso a los alimentos depende en gran medida de algo tan imprevisible como la lluvia. Cuando las precipitaciones fallan, las cosechas se reducen. Y cuando las cosechas se reducen, las reservas familiares se agotan mucho antes de la siguiente temporada agrícola.

Por eso, cuando Kadaya recibe una bolsa de arroz de 50 kilos durante una distribución de alimentos, ese gesto aparentemente sencillo tiene un significado enorme. Para su familia de seis miembros, esa ayuda puede representar aproximadamente dos meses de comida.

A pesar de su edad, Kadaya sigue desempeñando un papel central dentro de su familia. Agarra las bolsas de arroz con la determinación de una mujer que ha aprendido a seguir adelante, incluso cuando su entorno ofrece pocas certezas.

Ese saco de arroz no es solo comida. Es tiempo: tiempo para que su hijo regrese con el ganado, tiempo para que los niños sigan creciendo, tiempo para esperar la próxima temporada de lluvias.

Para quienes trabajamos en acción humanitaria en África, historias como la de Kadaya no son excepcionales. Son, lamentablemente, la norma. Después de años recorriendo diferentes comunidades africanas, he aprendido que la llamada "crisis alimentaria" es mucho más que una cuestión de comida.

Es una crisis climática, porque las sequías prolongadas y las lluvias cada vez más irregulares están debilitando sistemas agrícolas y pastorales que durante generaciones permitieron sobrevivir a estas comunidades.

Es una crisis económica, porque el aumento del precio de los alimentos reduce cada vez más el poder adquisitivo de los hogares. Y es también una crisis de seguridad, porque los conflictos obligan a miles de familias a abandonar sus tierras y sus medios de vida.

Todos estos factores se combinan y se refuerzan entre sí. El resultado es una crisis que ya no puede considerarse temporal. Se ha vuelto estructural.

Desde 2022, el número de personas que enfrentan niveles graves de inseguridad alimentaria en la región no ha dejado de aumentar.

Y, sin embargo, no se habla de ello.

En un mundo dominado por conflictos geopolíticos y emergencias que acaparan titulares, esta crisis rara vez ocupa espacio en la conversación internacional. Pero sobre el terreno la situación es clara: las necesidades aumentan mientras los recursos humanitarios y la financiación disponible se reducen.

La ayuda humanitaria, cuando llega, funciona. Lo vemos cada día. Un saco de arroz puede significar que una familia no pase hambre durante semanas. Un programa de nutrición puede salvar la vida de un niño gravemente desnutrido. Un apoyo a agricultores y pastores puede ayudar a comunidades enteras a recuperar su capacidad de producir alimentos.

Pero también sabemos que responder tarde o con recursos insuficientes tiene consecuencias muy reales.

Cuando pienso en esta crisis, vuelvo a menudo a la imagen de Kadaya rodeada de sus nietos. Ella no habla de estadísticas ni de tendencias globales. Habla de comida, de lluvias, de la preocupación de no tener suficiente para mañana.

Su historia nos recuerda algo esencial: detrás de cada cifra hay una familia que intenta resistir.

La pregunta que debemos hacernos no es si el mundo puede evitar que esta crisis empeore. Puede. La pregunta es si elegimos hacerlo.

*** Paloma Martín de Miguel es responsable de operaciones de Acción contra el Hambre en África.