En Gaza, la ofensiva israelí no solo mata. También mutila, separa y condena a miles de niños y niñas a crecer sin padres, sin hogar y sin unas mínimas garantías de seguridad.
La historia de Meral, una niña de siete años que perdió a su madre y a su abuela, y a quien hubo que amputarle una pierna tras el impacto de un proyectil israelí en su casa, encarna el horror de una infancia destruida.
Su caso no es una excepción. Hasta octubre de 2025, en Gaza se habían practicado 4.900 amputaciones, de las cuales más de 1.100 fueron a niños y niñas. Gaza es el lugar con mayor número de niños amputados per cápita. Por si no fuera suficiente horror este dato, hay que añadir que muchas de esas cirugías se practicaron sin anestesia debido al bloqueo israelí a la entrada de ayuda humanitaria, entre ella material sanitario.
Pero la mutilación física no es lo único que define la catástrofe de la infancia en la Franja. Para miles de niños y niñas, la ofensiva israelí ha significado también la pérdida de sus seres queridos. Un informe reciente de una comisión de investigación de Naciones Unidas confirmó que, hasta octubre de 2025, 58.554 niños y niñas habían perdido a uno o ambos progenitores.
Además, entre 17.000 y 18.000 quedaron sin acompañante o separados de sus padres durante los reiterados desplazamientos forzosos a los que la población se ha visto sometida.
Estos menores se enfrentan al colapso total del sistema de asistencia social, la destrucción de orfanatos y la conversión de centros infantiles en refugios. Gaza es ya un lugar donde la mayoría de la población apenas malvive en tiendas de campaña.
Ante esta situación, la acogida informal por parte de familiares o incluso personas ajenas al núcleo familiar se ha convertido en la única alternativa posible. Más del 40% de las familias en Gaza cuidan de niños que no son biológicos, mientras cargan a su vez con las consecuencias de la ocupación, la ausencia de servicios básicos y la escasez extrema de agua, combustible y medicamentos.
Hay escenas que revelan con una crudeza insoportable hasta qué punto se ha quebrado la infancia en Gaza. Un cirujano del Hospital Al-Shifa explicó a la comisión de la ONU que el personal médico había empezado a usar la expresión "niño herido sin familiares supervivientes" para identificar a los menores que llegaban solos al hospital.
En algunos casos, los padres escribían el nombre de sus hijos en sus cuerpos para que, si morían, no lo hicieran sin nombre, y si ellos eran quienes fallecían, los niños pudieran ser identificados.
Imaginar el dolor que implica para una madre o un padre asumir como posibilidad la muerte de sus hijos o que queden desamparados es perturbador. No obstante, la realidad en Gaza es que más de 20.000 menores han sido asesinados, lo que representa el 30% del total de personas masacradas por Israel.
La muerte de niños no es un daño colateral: el informe de la comisión de Naciones Unidas ha concluido que los asesinatos y los graves daños físicos y mentales infligidos a niños palestinos "han formado parte de una estrategia destinada a destruir la continuidad biológica y la existencia futura del grupo palestino en Gaza".
Contar la historia de Meral es, en realidad, contar la historia de la infancia gazatí. Tras el ataque que acabó con la vida de su madre y su abuela, fue desplazada junto a su abuelo, también profundamente traumatizado. Ambos vivían en condiciones extremadamente difíciles y la niña quedó atrapada en un aislamiento físico y emocional cada vez mayor.
El 96% de los niños y niñas de Gaza sienten que la muerte es inminente. Hablan de la muerte y de morir, mientras les invaden pensamientos suicidas cada día. Así, prácticamente la totalidad de los 1,2 millones de niños y niñas gazatíes necesitan apoyo psicosocial y de salud mental para afrontar la depresión, la ansiedad y los pensamientos suicidas.
Frente a esta realidad, la atención a niños y niñas huérfanos o separados de sus familias se ha convertido en una prioridad para UNRWA, la Agencia de Naciones Unidas para la población refugiada de Palestina, que ha acompañado hasta la fecha a más de 6.500 menores en estas circunstancias.
Su labor incluye apoyo psicosocial, asistencia económica, rastreo y reunificación familiar, además de otras intervenciones de protección adaptadas a cada caso.
El caso de Meral fue identificado por UNRWA en Nuseirat, un campamento de personas refugiadas palestinas situado al sur de la ciudad de Gaza, en diciembre de 2024. A través de la Agencia, recibió asistencia económica para cubrir sus necesidades más urgentes, apoyo psicológico y sesiones educativas iniciales que facilitaron su integración social.
También se gestionó una silla de ruedas y una prótesis que le permitieran recuperar parte de su autonomía. La intervención incluyó además acompañamiento para su abuelo, que también necesitaba apoyo.
Meral es el rostro de una infancia convertida en objetivo de ataques deliberados por parte del ejército israelí, de acuerdo con Naciones Unidas. Por eso, proteger a los niños y niñas en Gaza no debería ser una cuestión secundaria ni una nota al pie de esta crisis humanitaria. Es una obligación moral que no puede seguir posponiéndose.
*** Raquel Martí es directora ejecutiva de UNRWA España.