Desde el inicio de este siglo hemos debatido sobre por qué seguimos encontrando en nuestros botiquines envases de medicamentos que contienen más dosis de las que realmente necesitamos.

Un concepto que se ha puesto de manifiesto en la reciente decisión del Ministerio de Sanidad de ajustar el tamaño de los envases de antibióticos a la duración real de los tratamientos, que ha vuelto a poner el foco en una cuestión que, aunque pueda parecer menor, tiene implicaciones profundas.

El caso de los antibióticos es especialmente revelador. Adecuar los envases a las pautas prescritas no solo evita acumulaciones innecesarias en los hogares; también reduce el riesgo de automedicación —uno de los factores que alimentan la creciente resistencia antimicrobiana— y disminuye la generación de residuos.

Pero, sobre todo, nos recuerda algo esencial: en la industria farmacéutica, cada decisión de diseño tiene un impacto sanitario y ambiental al mismo tiempo.

En el entorno farmacéutico, la sostenibilidad no empieza al final del proceso de producción, sino en el origen. En cómo concebimos un producto desde el inicio, en qué materiales decidimos utilizar, en cuánta cantidad dispensamos en cada frasco, caja, blíster… y en cómo optimizamos su ciclo de vida completo.

Y en un sector tan regulado como el nuestro, donde la seguridad y la eficacia son innegociables, estas decisiones deben tomarse con rigor, evidencia y visión de largo plazo.

A diferencia de otros sectores, la industria farmacéutica opera bajo estándares extremadamente exigentes. Cada modificación —por muy pequeña que sea— debe validarse para garantizar que no altera la calidad ni el comportamiento clínico de cada medicamento. Esto hace que la transición ecológica avance de una forma más pausada, pero también más sólida.

Aquí no caben los atajos: las mejoras deben ser progresivas, basadas en datos y sometidas a los controles más estrictos. Y deben involucrar a todos y cada uno de los eslabones de la cadena de valor.

Porque la huella ambiental de un medicamento no depende solo de su fabricación. Empieza en la obtención de materias primas, continúa en los procesos industriales y llega hasta la logística final. Cada etapa tiene un impacto que debemos entender y gestionar.

Por eso, avanzar hacia modelos más sostenibles implica extender estos criterios a proveedores y socios estratégicos, fomentando relaciones más responsables y alineadas con los objetivos globales de sostenibilidad.

El marco regulatorio europeo está acelerando esta transformación. La exigencia de una mayor transparencia, la incorporación de criterios ESG (por sus siglas en inglés, Environmental, Social and Governance) y la obligación de medir el impacto ambiental están redefiniendo la forma en que operamos.

Pero el cambio más determinante no es normativo: es cultural. La sostenibilidad debe integrarse en la toma de decisiones, no añadirse después. La doble materialidad nos obliga a mirar en dos direcciones: cómo impacta nuestra actividad en el entorno y cómo ese entorno condiciona la viabilidad futura de nuestras organizaciones.

En este contexto, la innovación es clave. Y no hablo solo de nuevos tratamientos, sino de nuevas formas de producirlos: formulaciones más eficientes, envases optimizados, procesos industriales que consumen menos recursos.

Es decir, que a veces decisiones aparentemente pequeñas —como es el ajustar el número de comprimidos de un envase— generan un impacto enorme cuando se aplican a gran escala.

Avanzar hacia un modelo más sostenible no es una opción; es una responsabilidad. Y en un sector como el farmacéutico, esa responsabilidad exige rigor, coherencia y una visión que combine salud pública y sostenibilidad ambiental.

Porque cuidar de la salud de las personas también implica cuidar del entorno en el que viven. Y ese compromiso empieza, muchas veces, en algo tan sencillo —y tan importante— como decidir cuántos comprimidos debe contener un envase.

*** Marisa Berenguer es CEO de Farmalider, ThyTech e IDEA Tx.