Filipinas es un país que ha caído en una trampa climática. El actual fenómeno de El Niño no solo implica sequía; antes de que la falta de agua sea crítica en octubre, el archipiélago se enfrenta a un periodo de lluvias torrenciales e inundaciones extremas entre junio y septiembre.
Este ciclo de "inundaciones antes de la sed" golpea a comunidades que aún no se han recuperado de tifones previos, como el tifón Tino. Aunque el pico del fenómeno El Niño se espera para finales de año, ya se han registrado pérdidas agrícolas de casi 30 millones de euros, pudiendo afectar el sustento de 4 millones de agricultores.
Cuando recorro las comunidades de la Región Autónoma de Bangsamoro o hablo con familias en Siargao y Zamboanga, no veo datos ni gráficos.
Veo a un padre mirando su campo de arroz agrietado, preguntándose cómo pagará las deudas de una cosecha que ya está perdida antes de empezar. Veo a una madre caminar durante horas bajo un sol implacable porque el pozo de su aldea se ha secado, cargando el agua que sostiene la salud de sus hijos y de toda su comunidad.
Para muchos, El Niño es una cifra en un informe o un titular lejano. Para quienes vivimos y trabajamos sobre el terreno, es una realidad que ya está golpeando a las familias más vulnerables.
Y lo que vemos hoy —26 provincias en condiciones de sequía y millones en pérdidas agrícolas— es solo el inicio. Las previsiones apuntan a la llegada de un súper El Niño, uno de los más intensos de la historia reciente, que se agravará a finales de 2026.
Las familias filipinas aún no se han recuperado del impacto de tifones recientes y ya se enfrentan a una nueva amenaza. Hoy tratan de proteger sus viviendas y sus escasos bienes frente a inundaciones; mañana tendrán que sobrevivir a una sequía devastadora. Es una crisis que no da tregua.
Familias al límite de la supervivencia
En nuestras visitas diarias vemos cómo la vida se estrecha cada vez más para millones de personas. El aumento del precio del combustible y del transporte encarece los alimentos básicos hasta hacerlos inalcanzables para muchas familias. Al mismo tiempo, la pérdida de cosechas y de ingresos deja a comunidades enteras sin medios de vida.
Pero no hablamos solo de hambre. Hablamos de salud, de seguridad, de dignidad. La escasez de agua obliga a muchas personas a recurrir a fuentes inseguras, aumentando el riesgo de enfermedades.
Y, como ocurre en tantas crisis, son los más vulnerables quienes soportan la mayor carga: kilómetros de caminatas diarias para conseguir agua o comida, con un desgaste físico enorme y con riesgos crecientes de violencia y protección.
Llegar antes: la diferencia entre resistir o caer
Ante esta realidad, nuestra respuesta se basa en una idea sencilla: estar presentes antes de que la crisis alcance su punto más crítico. En Acción contra el Hambre trabajamos junto a las comunidades para anticiparnos, evaluando el impacto de la sequía y activando mecanismos de respuesta temprana que permitan proteger sus medios de vida y su acceso al agua.
Traducimos las previsiones climáticas en la planificación de acciones concretas: desde apoyo a agricultores hasta programas para garantizar agua segura. Todo ello en coordinación con autoridades locales y socios internacionales, porque sabemos que lo que hagamos hoy marcará la diferencia mañana.
Los meses más duros aún están por llegar. Pero la pregunta no es solo qué ocurrirá, sino qué estamos haciendo ahora para evitarlo. Cuántas mesas quedarán vacías y cuántos niños verán comprometida su salud dependerá de la capacidad de actuar a tiempo.
No podemos detener El Niño. Pero sí podemos evitar que se convierta en una crisis de dignidad humana. No podemos permitirnos mirar hacia otro lado mientras la tierra se agrieta y las oportunidades desaparecen. Porque detrás de cada cifra hay una familia que lucha por salir adelante. Y esa es una realidad que no podemos ignorar.
*** Suresanathan Murugesu es director nacional de Acción contra el Hambre en Filipinas.