El 7 de julio conocí a Ángela, una niña de once años oriunda de La Guaira, localidad devastada por los terremotos del 24 de junio. Coincidimos en un espacio amigable para la infancia operado por World Vision en una iglesia de Maracay, Aragua, a dos horas de la capital, Caracas.

Allí, cientos de familias se refugian tras perder sus casas y a sus seres queridos. Ángela y sus tres hermanas dibujaban y jugaban al cuidado de nuestras facilitadoras.

Ella pintó una playa hermosa, con los colores cálidos del atardecer. Le pregunté dónde estaba ese lugar y respondió: "Esto es Catia La Mar, en la Guaira. Era hermoso, pero ahora es un cementerio".

Su mirada triste, casi perdida, enmarcaba la desolación de esta pequeña. Y sin que mediara palabra, añadió: "Este año no me pude graduar de sexto grado por el terremoto; tampoco pude graduarme de preescolar, por la pandemia".

En dos frases, Ángela trazó el mapa de una infancia marcada por la pérdida. Su duelo ejemplifica el de miles de niños, niñas y adolescentes venezolanos afectados por el trauma, el estrés agudo y un duelo demasiado pesado para su edad. Un duelo, que, desatendido, se convierte en una herida abierta en el cuerpo y el corazón.

Para dimensionar el peso del trauma, hay que recordar lo que ya cargaba la infancia venezolana antes del terremoto del 24 de junio: el país vive una de las mayores crisis de movilidad humana del planeta: cerca de 7,9 millones de personas han migrado, según la plataforma R4V.

Detrás de esa cifra hay otra más: se estima que cerca de un millón de niñas, niños y adolescentes quedaron al cuidado de abuelas, tíos, hermanos o vecinos porque su padre, su madre o ambos migraron, según la organización social CECODAP. Un millón de infancias que aprendieron, demasiado pronto, que las personas que aman pueden desaparecer de un día para otro.

A esa herida se suman las aulas vacías. El terremoto destrozó más de 400 escuelas según los recuentos de OCHA, pero antes de eso, el 22% de la infancia migrante proveniente de Venezuela no está matriculada en educación formal, según R4V.

Mishelle Mitchell, directora Regional Incidencia y Relaciones Externas, World Vision Latinoamérica y Caribe.

Mishelle Mitchell, directora Regional Incidencia y Relaciones Externas, World Vision Latinoamérica y Caribe. World Vision

Dentro del país, el sistema escolar acumula años de deterioro incluyendo la pérdida de docentes que decidieron salir de Venezuela en busca de mejores condiciones.

La neurociencia del desarrollo anticipa efectos devastadores: interrumpir de forma prolongada la escuela y los vínculos estables erosiona funciones cognitivas, la autorregulación y la salud mental. La escuela no solo enseña, sostiene.

Sobre una infancia ya frágil cayó el terremoto, y la ciencia obliga a atender el trauma con igual determinación que la reconstrucción de las infraestructuras.

El estudio de Experiencias Adversas en la Infancia de Felitti y Anda (1998), con más de 17.000 participantes, mostró una relación demoledora: cuantas más adversidades acumula un niño, mayor es su riesgo de padecer enfermedades crónicas.

Quienes vivieron cuatro o más episodios adversos multiplican por doce su probabilidad de intento de suicidio y elevan su riesgo de enfermedad cardiovascular. El trauma de la infancia no se queda en la infancia: cobra intereses durante décadas en la vida adulta.

Bessel van der Kolk lo resumió en el 2014 en con su obra: El cuerpo lleva la cuenta. El trauma no procesado queda inscrito en el sistema nervioso y se expresa en el cuerpo: taquicardia, tensión muscular, una alerta que quita el apetito e impide el sueño.

Es lo que revive Ángela y millares de niños y niñas con cada réplica que sacude el albergue, o al pensar en la escuela que ya no está. Su cuerpo y su mente siguen estremeciéndose, aunque la tierra se haya detenido.

La autora con niños y niñas que han sido víctimas del terremoto.

La autora con niños y niñas que han sido víctimas del terremoto. World Vision

La evidencia sobre los efectos de los desastres es contundente. Tras terremotos severos, el estrés postraumático y la depresión se disparan entre los sobrevivientes.

Un estudio realizado tras el huracán Katrina reportó que cerca de uno de cada tres adultos de Nueva Orleans mostraba evidencias de estrés postraumático, y las revisiones posteriores vinculan la exposición a desastres con mayor riesgo de ideación y conducta suicida, sobre todo cuando concurren pérdida de familiares, lesiones y bajo apoyo social.

Por eso la respuesta no puede reducirse a proveer agua, techo y alimento, por indispensables que sean. La ONG World Vision ha abierto Espacios Amigables para los Niños y las Niñas en albergues y puntos de distribución, porque el cuidado emocional también salva vidas.

Desde nuestro enfoque de Ternura no empezamos por explicar lo ocurrido, sino por ayudar a los niños y niñas a reencontrar un entorno seguro. Un adulto sereno permite la co-regulación, ese vínculo libera oxitocina, baja el cortisol y le señala al cerebro que hay seguridad.

El arte y el juego se vuelven herramientas para regular las emociones y nombrar lo que no se puede decir. En las primeras tres semanas hemos acompañado a 36.720 personas, un tercio de ellas son niños y niñas.

Pasado ya el primer mes, la conversación debe cambiar de tiempo verbal. La emergencia se mide en meses, pero la restauración de una infancia se mide en años. Es momento de pasar del alivio inmediato a la coordinación institucional a largo plazo y de reconocer que la mejor inversión para reconstruir Venezuela son sus niños y sus niñas.

Aquí la educación en emergencias es una prioridad estratégica. Devolverle a una niña como Ángela su escuela es devolverle una rutina, un entorno protector y un plan de vida. Una familia con sentido de esperanza y propósito está más resguardada frente a la migración irregular y tiene mejores perspectivas de salud a lo largo de su vida.

El trauma: el otro terremoto que estremece a la infancia en Venezuela.

El trauma: el otro terremoto que estremece a la infancia en Venezuela. World Vision

Por eso proponemos soluciones que contemplan el apoyo psicosocial para toda la comunidad educativa: niños, niñas, adolescentes, docentes y familiares; dotación de útiles y uniformes que devuelven la dignidad; la restauración de la infraestructura escolar e instalación de aulas temporales donde las escuelas ya no existen y protección de la infancia en cada etapa.

Nada de esto es posible en solitario: exige articulación sostenida entre gobiernos, cooperación internacional, sector privado y sociedad civil.

El mundo envía sus equipos de rescate a buscar sobrevivientes entre los escombros. La tarea que ahora nos convoca es más lenta y menos fotografiable, pero igualmente vital: rescatar el futuro de una generación herida por el terremoto.

Venezuela se construirá con vigas pero se sostendrá con un enfoque centrado en la infancia. Ángela dibujó un atardecer sobre el lugar que hoy llama cementerio; nuestra tarea es que viva para dibujar un amanecer.

* Ángela es un seudónimo. La identidad de la niña se protege conforme a los estándares de salvaguarda de la infancia de World Vision.

*** Mishelle Mitchell es directora regional de Incidencia y Relaciones Externas, World Vision Latinoamérica y Caribe.