Actualmente existen 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que orientan las políticas globales, pero ninguno está dedicado exclusivamente a la cultura. Aunque esta influye en educación, economía o bienestar, su carácter disperso ha contribuido a que siga percibiéndose como un elemento secundario.
Este vacío se puso sobre la mesa en la conferencia Mondiacult celebrada en Barcelona, donde más de 160 países debatieron el futuro de las políticas culturales. Allí se presentó el primer Informe Mundial sobre el Estado de la Cultura, centrado en su papel global.
El informe defiende dos ideas fundamentales: la cultura como bien público global y como pilar del desarrollo sostenible. Ambas perspectivas buscan reforzar su papel en las políticas internacionales y consolidar su reconocimiento como elemento imprescindible para afrontar los retos contemporáneos.
En este contexto, surge la propuesta de crear un ODS específico para la cultura en la agenda posterior a 2030. Esta iniciativa implicaría asumir que no puede existir un desarrollo verdaderamente sostenible sin integrar plenamente la dimensión cultural.
La cultura no solo acompaña otros ámbitos, sino que tiene un papel activo en desafíos globales como la crisis climática, los conflictos internacionales o la transformación digital. Su capacidad para generar sentido, cohesión e identidad la convierte en un recurso estratégico clave.
Vivimos en una cuarta revolución industrial marcada por tecnologías como la inteligencia artificial. Estos avances generan oportunidades, pero también una creciente brecha social entre quienes dominan estas herramientas y quienes quedan excluidos de sus beneficios.
En este escenario, la cultura resulta esencial para comprender el entorno digital. No basta con acceder a la tecnología, es necesario desarrollar pensamiento crítico y alfabetización mediática para interpretar la información y participar activamente en la sociedad digital contemporánea.
Además, en un contexto de automatización creciente, las capacidades culturales como la creatividad, la imaginación o la sensibilidad adquieren un valor diferencial. Estas habilidades, difícilmente sustituibles por máquinas, representan una ventaja clave en un mercado laboral en transformación constante.
Por otro lado, la cultura contribuye a reducir desigualdades. Frente a una digitalización que puede profundizar las diferencias sociales, el acceso cultural permite a las personas expresarse, crear contenido y participar en la vida pública, equilibrando la brecha entre productores y consumidores.
Asimismo, en un mundo globalizado, la cultura protege la diversidad y la identidad. Frente a la homogeneización digital, las tradiciones y lenguas ofrecen pertenencia y evitan la exclusión, reforzando la cohesión social en contextos cada vez más interconectados.
Además, la cultura es fundamental para abordar los dilemas éticos de la tecnología. Cuestiones como la privacidad, el uso de datos o los límites de la inteligencia artificial requieren reflexión y valores, aspectos que pertenecen al ámbito cultural y al debate social.
En definitiva, reconocer la cultura como un ODS supondría darle el lugar que ya ocupa en la práctica. Sin cultura, la digitalización amplía desigualdades; con cultura, puede convertirse en una oportunidad para un desarrollo más justo, inclusivo y humano.
*** Raquel Pérez García es CEO de ONVERSED.