Los recientes temporales han puesto de relieve algo que, por desgracia, viene pasando desapercibido. Y es que las presas y demás infraestructuras hidráulicas son esenciales para nuestra seguridad y bienestar, por lo que su mantenimiento no puede abandonarse al olvido.
Estas construcciones actúan como guardianes frente a inundaciones, reguladores de caudales y garantes de la producción de alimentos y abastecimiento de la población. Es decir, ignorar su mantenimiento es arriesgar la seguridad y calidad de vida de millones de personas.
En España, hay alrededor de 2.500 presas (incluyendo grandes, medianas, diques y balsas), de las que entre 1.000 y 1.200 son estructuras de mayor altura y capacidad. Es decir, el parque es amplio y diverso, incluyendo grandes embalses, balsas de regulación y otras instalaciones hidráulicas.
Desde un punto de vista estructural, las presas suelen encontrarse en buen estado gracias a estrictos reglamentos de inspección y revisiones periódicas. Sin embargo, la verdadera amenaza no radica en la estructura en sí, sino en los elementos mecánicos e hidráulicos que permiten que la presa funcione correctamente.
Esto es, compuertas, aliviaderos, drenajes y sistemas electromecánicos. Son estas piezas móviles las que garantizan que la infraestructura cumple su función, y con el paso del tiempo muchas han ido perdiendo capacidad operativa debido a la sedimentación y a la antigüedad de estos elementos.
La sedimentación es un fenómeno silencioso pero crítico. Los sedimentos arrastrados por lluvias intensas, la erosión de los vasos de los embalses e incluso los restos derivados de incendios forestales van llenando progresivamente las presas, reduciendo su capacidad de almacenamiento.
Según el informe del CEDEX para el Ministerio de Transición Ecológica, España ha perdido entre un 10 y un 15% de su capacidad total, cifra que alcanza hasta un 40% en embalses construidos entre los años 50 y 70 en cuencas más áridas como las del Ebro, Segura, Júcar o Guadalquivir. Esta pérdida no solo limita la retención de agua, sino que compromete la capacidad de laminar avenidas y garantizar caudales ecológicos esenciales para la fauna y la vegetación.
El mantenimiento de estas infraestructuras no debería tener color político, pero es cierto que compete al titular de cada instalación. En la mayoría de los casos, corresponde al Ministerio de Transición Ecológica, a través de las confederaciones hidrográficas, aunque también participan administraciones autonómicas, locales y concesionarios privados en el caso de presas destinadas a la producción de energía eléctrica.
Las tareas necesarias incluyen inspecciones visuales diarias, revisiones técnicas anuales, limpieza de drenajes y aliviaderos, control de filtraciones y mantenimiento de los equipos electromecánicos cada seis meses o un año. Además, las presas requieren una monitorización constante, comparable a la vigilancia de un paciente crítico en un hospital, para garantizar que cualquier fallo pueda detectarse y corregirse antes de que se convierta en un riesgo real.
Sin embargo, las restricciones presupuestarias han limitado estas labores. Desde la crisis económica de 2008, los recursos destinados al mantenimiento de infraestructuras hidráulicas han sido insuficientes. Si bien existen partidas anuales, a menudo no alcanzan a cubrir todas las necesidades de conservación y modernización. De hecho, SEOPAN cifra en más de 100.000 millones de euros la inversión necesaria para mantener, actualizar y ampliar la red hidráulica española.
Pero mantener las presas no es solo una cuestión de seguridad; es también un asunto de sostenibilidad y adaptación al cambio climático. España enfrenta periodos alternos de sequía y lluvias extremas, y disponer de infraestructuras hidráulicas eficientes permite captar el exceso de agua en momentos de abundancia y almacenarla para épocas de escasez. Así, cada presa bien mantenida se convierte en un escudo contra inundaciones y en un recurso vital para la agricultura y el consumo humano.
Tras las devastadoras inundaciones de este invierno, resulta incomprensible que este verano podamos enfrentarnos a restricciones en el uso del agua debido a la sequía. Evitar este sinsentido sería posible mediante una adecuada planificación hidrológica. Así como se anuncian inversiones inmediatas y reactivas en ferrocarriles tras tragedias como la de Adamuz o desastres como el de Rodalies, y se destinan recursos, insuficientes, todo sea dicho, a carreteras, ¿por qué no ocurre lo mismo con las obras hidráulicas?
***Leonardo Benatov es consejero delegado de Euroconsult Nuevas Tecnologías.