Cada 23 de abril celebramos el poder de los libros y de las historias compartidas. Sant Jordi convierte las calles en espacios donde la cultura se regala, se recomienda y se vive. Pero en un momento como este, también conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿pueden todas las personas acceder realmente a esos contenidos?

Porque hoy la lectura ya no es solo papel. Es digital, interactiva y, en muchos casos, depende de cómo están diseñados tanto los contenidos como las plataformas que los reproducen. Y ahí es donde siguen existiendo barreras invisibles que dejan fuera a millones de personas.

Un libro digital, un artículo o cualquier contenido online puede ser inaccesible si no está pensado para todas las personas desde el inicio.

Imágenes sin descripción que no pueden ser interpretadas por lectores de pantalla, combinaciones de colores que dificultan la lectura, estructuras de texto que impiden una navegación clara o contenidos que no se adaptan a distintos formatos. No se trata de detalles técnicos, sino de decisiones que determinan quién puede acceder a la cultura y quién no.

Pero la accesibilidad no termina en el contenido. También depende de cómo lo consumimos. Hoy leemos en aplicaciones, plataformas, lectores electrónicos o servicios de streaming. Si esos entornos no están diseñados con criterios de accesibilidad, el problema persiste.

Interfaces que requieren el uso del ratón, aplicaciones que no permiten la lectura por voz o dispositivos sin opciones adaptadas siguen siendo barreras reales. Sin reproductores accesibles, incluso el mejor contenido queda fuera del alcance de muchas personas.

En Europa, este reto ya no es solo una cuestión de sensibilización, sino también de cumplimiento normativo. La Ley Europea de Accesibilidad, en vigor desde el 28 de junio, establece requisitos para que productos y servicios digitales, incluidos los libros electrónicos, las plataformas o los dispositivos, sean accesibles para todas las personas. Esto supone un cambio de paradigma: la accesibilidad deja de ser opcional para convertirse en una condición esencial.

El concepto ya no puede entenderse como un añadido o una mejora opcional, sino como una condición imprescindible en la forma en la que diseñamos contenidos y servicios. Es una responsabilidad compartida entre administraciones, empresas y creadores, que empieza desde el momento en que se concibe cualquier producto cultural.

No se trata únicamente de cumplir una norma, sino de garantizar que nadie quede fuera. La legislación europea ya ha marcado el camino hacia la eliminación de barreras en el entorno digital, pero el verdadero reto está en llevar ese avance a la práctica y convertirlo en una experiencia real para todas las personas.

En ese camino, contar con conocimiento y herramientas adecuadas resulta clave, y ahí iniciativas como AccessibleEU, el centro europeo de referencia en accesibilidad, ponen a disposición recursos como la guía de accesibilidad cognitiva para ayudar a que los contenidos sean realmente comprensibles y accesibles para todas las personas.

Sant Jordi nos recuerda que la cultura es uno de los grandes espacios de encuentro de nuestra sociedad. Pero ese encuentro solo es real si nadie queda fuera. Por eso, el verdadero reto no es solo compartir libros, sino asegurarnos de que toda la ciudadanía pueda leerlos.

Porque una historia solo cumple su propósito cuando llega a todas las personas. Y hacerla accesible no es complejo. Es, simplemente, hacerlo posible.

***Lourdes González Perea es Responsable de Accesibilidad Tecnológica de Fundación ONCE y miembro del equipo de gestión de AccessibleEU