"¿Cómo preparo a mi hijo para la IA?". Esta pregunta preocupa a los padres de toda Europa. Los titulares advierten de que la inteligencia artificial transformará todas las profesiones. Las universidades se apresuran a incorporar módulos de IA. Las plataformas online multiplican los cursos y los certificados que prometen preparar a los adolescentes para la IA. El mensaje es claro: la IA es una habilidad y quienes no la posean se quedarán atrás.
Este planteamiento es comprensible. Pero también es erróneo. Y es un error importante, porque está determinando cómo preparamos a toda una generación para un mundo en transformación.
La IA no es una herramienta en el sentido convencional. Pensemos en lo que hace que una herramienta sea tal cosa: requiere formación para manejarla, tiene un propósito específico y exige conocimientos técnicos. Un torno, una hoja de cálculo, un lenguaje de programación... cada uno tiene barreras de entrada y aplicaciones definidas.
Pero la IA no tiene ninguna de estas características.
La IA supone una revolución sin barreras. Cualquiera que sepa hablar o escribir puede utilizarla. No hay que aprender sintaxis, ni dominar interfaces, ni obtener certificaciones. Un niño puede utilizar ChatGPT con la misma eficacia que un ingeniero. No se trata de un error, sino de su característica fundamental.
La IA es inteligencia que habla nuestro idioma. Las habilidades necesarias para utilizarla bien no son habilidades técnicas. Son habilidades de pensamiento: claridad de intenciones, juicio crítico, creatividad, capacidad para replantear los problemas cuando algo está atascado.
Estas son las capacidades que siempre han sido importantes para el trabajo intelectual. La IA no cambia lo que es un buen pensamiento, sino que amplifica la diferencia entre un buen pensamiento y un mal pensamiento.
Estamos ante la revolución de la versatilidad. Un martillo clava clavos. Una calculadora calcula números. Pero la IA escribe poesía, analiza contratos, depura código, da clases particulares a niños, elabora estrategias y compone música, a menudo en la misma conversación.
Esta versatilidad hace que la IA se parezca menos a una herramienta y más a la electricidad o a internet: es una capacidad de uso general que transforma todo lo que toca.
Entonces, ¿en qué debería centrarse realmente la educación?
En primer lugar, en el arte del diálogo. Trabajar bien con la IA significa saber lo que se busca, o reconocer con honestidad cuando no se sabe. Significa explorar posibilidades antes de llegar a las respuestas, cuestionar los resultados en lugar de aceptarlos y reformular las preguntas cuando las conversaciones se estancan. Estas no son habilidades de IA. Son las habilidades de un buen pensador.
En segundo lugar, en la independencia crítica. La facilidad de uso de la IA es muy seductora: ¿por qué esforzarse cuando la máquina puede hacerlo sola?
Pero generar un resultado no es comprender. Los estudiantes deben desarrollar el juicio para saber cuándo la IA acelera su pensamiento y cuándo sustituye al pensamiento que deberían hacer por sí mismos. Esta metaconciencia, saber cuándo no utilizar la IA, puede ser la competencia más importante de todas.
En tercer lugar, la creatividad. La IA destaca en la comparación de patrones y la recombinación. Produce mediocridad fluida sin esfuerzo. Lo que no puede hacer es crear ideas nuevas genuinas, asumir riesgos intelectuales o perseguir ideas que aún no han sido validadas.
La educación debe cultivar el coraje de crear en lugar de limitarse a conservar, de aventurarse más allá de lo que la IA puede generar con seguridad.
Las instituciones que se apresuran a añadir 'módulos de IA' a sus planes de estudios están planteando la pregunta equivocada. La pregunta correcta no es '¿Cómo enseñamos a los estudiantes a utilizar la IA?', sino '¿Cómo desarrollamos las capacidades de pensamiento que la IA hace más valiosas que nunca?'
Claridad de propósito. Honestidad intelectual. Valor creativo. Juicio crítico. La capacidad de entablar un diálogo genuino, con máquinas y con humanos.
Estas capacidades siempre han sido el núcleo de la educación. La IA no las hace obsoletas. Las hace esenciales.
Las instituciones educativas que entienden esto no enseñarán la IA como una asignatura, a menos que su objetivo sea formar a futuros ingenieros de IA. Aprovecharán el momento de la IA para recuperar lo que la educación debería haber sido desde siempre: la formación de mentes capaces de pensar con claridad, cuestionar con audacia, crear con originalidad y juzgar con sabiduría.
De todo lo demás, se encargarán las máquinas.
*** Boris Walbaum es fundador y CEO de Forward College.