Durante más de dos siglos, la economía mundial ha girado en torno a la energía. El crecimiento, la industria y el comercio se construyeron sobre una lógica sencilla: quemar recursos para obtener calor y movimiento.
Carbón, petróleo y gas fueron el motor de un sistema global interconectado y dependiente. Esa dependencia, sin embargo, se ha transformado en vulnerabilidad.
Los conflictos internacionales, la desglobalización y la creciente inestabilidad política han puesto en evidencia los riesgos de basar la prosperidad de una nación en la importación de combustibles fósiles. Hoy, la seguridad energética se ha convertido en un asunto de Estado.
En Europa, las consecuencias de esta nueva realidad son palpables. El continente, que llegó a importar más del 55% de su gas de Rusia, se ha visto obligado a reconfigurar su modelo energético. La respuesta ha sido clara: invertir en renovables como primera línea de defensa frente a la incertidumbre geopolítica.
Ejemplos como la isla energética Princess Elisabeth, en construcción frente a las costas de Bélgica, ilustran esta estrategia. Este proyecto conectará múltiples parques eólicos del mar del Norte, capaces de generar hasta el 20% de la demanda eléctrica total de la Unión Europea para 2050.
Las grandes potencias coinciden en el diagnóstico. China lidera el esfuerzo mundial hacia la autosuficiencia energética, con más del 40% de la capacidad global de renovables y más de 600.000 millones de dólares invertidos en proyectos de energía limpia solo en 2024.
India y Estados Unidos siguen caminos similares, combinando renovables con innovación tecnológica.
Pero esta transición también ha revelado un nuevo punto débil: la dependencia de los minerales críticos. China controla el 70% del refinado mundial de materiales esenciales como el litio, el cobalto o las tierras raras, imprescindibles para fabricar turbinas, paneles solares y baterías.
El riesgo ahora no es la escasez de energía, sino la concentración del suministro.
Ante ello, los gobiernos están reaccionando. La Unión Europea, con su Critical Raw Materials Act, busca garantizar que al menos el 40% del procesamiento de minerales se realice en suelo europeo antes de 2030. Estados Unidos, Canadá y Australia han puesto en marcha estrategias similares para asegurar cadenas de suministro locales.
La innovación tecnológica es otro pilar. Surgen proyectos de reciclaje de metales mediante biotecnología —como los impulsados en Alemania y Nueva Zelanda— y baterías de nueva generación, como las de sodio, que podrían reducir la dependencia del litio y democratizar el acceso al almacenamiento energético.
De hecho, la energía también representará un importante cuello de botella en la revolución tecnológica y en la carrera por la inteligencia artificial, que es altamente intensiva en consumo energético.
Los países ya están compitiendo por obtener una ventaja competitiva a través del acceso a una energía ilimitada y limpia, con un coste ambiental y económico marginal. Este tipo de energía será la gran ganadora, y solo las fuentes renovables y los sistemas eléctricos pueden proporcionarla.
Todo esto configura una nueva era: la seguridad energética como sinónimo de independencia y resiliencia. A medida que las potencias invierten en energías limpias, no solo buscan blindar sus economías, sino también abrir nuevos mercados: desde la exportación de electricidad renovable hasta la fabricación de cables de alta tensión o baterías sostenibles.
El siglo XXI no estará definido por la geopolítica del petróleo, sino por la geoestrategia de la energía limpia. Los países que logren equilibrar sostenibilidad, innovación y autonomía serán los que marquen el rumbo de la economía global en las próximas décadas.
*** Thomas Hohne-Sparborth es responsable de investigación en sostenibilidad de Lombard Odier.