Cruce peatonal de cruce peatonal, vista superior.

Cruce peatonal de cruce peatonal, vista superior. iStock

Historias

Las ciudades "expulsan" a sus habitantes para convertirse en productos: "Hemos dejado de reconocer nuestra propia casa"

Pedro Bravo, autor de 'Antes todo esto era ciudad', analiza la deriva de las urbes y plantea una reconstrucción basada en la naturaleza y la comunidad.

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"Antes todo esto era ciudad, ahora no tenemos ni idea de lo que es, pero sabemos que, a la mayoría, nos repele". Esta es la idea desde la que Pedro Bravo resume la sensación de ruptura que atraviesa hoy la vida urbana basada en un entorno cada vez más ajeno, difícil de reconocer y de relacionarse.

En su última obra, Antes todo esto era ciudad. Por qué la vida urbana se ha vuelto extraña y qué podemos hacer para transformarla (Debate, 2026), propone una radiografía incómoda de la vida urbana contemporánea, una que mezcla "despiste, indefensión y desamor" y que deja una sensación persistente de extrañeza en quienes las habitan.

Y es que pese a que Bravo lleva años investigando y reflexionando sobre temas sociales, medioambientales y culturales, ahora ha optado por dar un paso más allá al conectar estas dimensiones en un mismo escenario: la ciudad.

"Cada vez más gente siente que se ha vuelto un territorio hostil. Casas que no hay manera de habitar, precios que no es posible pagar o espacios que no se pueden compartir", escribe.

La cuestión es que esas urbes, que durante décadas fueron sinónimo de progreso y oportunidad, se han convertido en algo tensionado, donde vivir es ya una carrera de obstáculos.

El autor sitúa una de las claves de esta transformación en una "confusión" que ha redefinido el propósito mismo de estos espacios.

Considerar "la ambición de ser una ciudad atractiva para visitantes e inversores como el único objetivo" ha provocado que los habitantes queden relegados a un segundo plano.

Ese giro, dice, ha hecho que muchas simplemente se transformen en "máquinas de atraer capitales y expulsar personas", alimentando problemas como la crisis de vivienda o la homogeneización de los espacios urbanos.

Multitudes de personas caminando a través de un concurrido cruce peatonal en Nueva York.

Multitudes de personas caminando a través de un concurrido cruce peatonal en Nueva York. iStock

El resultado es un fenómeno que Bravo define como "extrañamiento". "Es como si no conociésemos nuestra propia casa, como si no supiésemos dónde guardamos el menaje o por qué nos llegan facturas cada mes", describe.

La dimensión del problema es, además, global. Porque, como recuerda el autor, "la humana es ya una especie urbana". Y esta cuestión solo irá a más, ya que, para 2050, se estima que el 70% de la población mundial vivirá en urbes.

Sin embargo, ese crecimiento no ha ido acompañado de un aumento equivalente en bienestar, tal y como advierte el propio Bravo: "Estos espacios están dejando de ser comunidades que promueven encuentros entre distintos para convertirse en productos".

La soledad en la multitud

La paradoja es evidente. Nunca las ciudades habían estado tan pobladas ni, al mismo tiempo, sus habitantes se habían sentido tan solos.

La hiperconexión digital, por ejemplo, genera una ilusión de contacto que no se traduce en relaciones reales. "Nos hace creer que estamos en la red cuando eso es imposible", afirma.

A la par, esa conexión constante favorece la creación de burbujas ideológicas que reducen la tolerancia al conflicto, justo lo contrario de lo que históricamente definía la vida urbana.

A esta dinámica se suma la presión económica, lo que, menciona Bravo, incentiva "la necesidad de trabajar muchas horas para pagar una vivienda cada vez más inaccesible o tener que vivir lejos rompiendo los lazos comunitarios".

Y es que el tiempo, convertido en un recurso escaso, no hace sino dificultar la construcción de relaciones y erosiona la vida colectiva.

El espacio urbano tampoco ayuda. "Hay cada vez más sitios donde consumir, pero cada vez menos donde estar", indica Bravo.

La desaparición de lugares de encuentro gratuitos ha debilitado lo que el autor denomina "infraestructuras sociales". Y, sin ellas, la ciudad pierde su capacidad de generar vínculos.

En ese sentido, el libro sitúa esta transformación en el contexto de la globalización. Pues, desde los años 80, con el auge de la "ciudad global", las urbes han entrado en una lógica de competición.

Carrer Ferran, Barcelona.

Carrer Ferran, Barcelona. iStock

"El deseo de ser una marca que brille en todo el mundo" ha impulsado políticas centradas en el crecimiento y la atracción de inversiones. El problema, según Bravo, es que ese modelo tiene costes, y "la concentración, el desplazamiento y la precarización de las comunidades vulnerables" son alguno de ellos.

A ello se añade el impacto de la tecnología. Aunque, lejos de demonizarla, el autor introduce ciertos matices.

"No es ni buena ni mala", sostiene, pero advierte de sus efectos recientes. "Nos está quitando parte de la percepción del mundo". A raíz de GPS, por ejemplo, "ya no te conduces tú a través del mapa, es el mapa el que te dirige", explica.

La cuestión es que detrás de esa aparente comodidad se esconden intereses económicos. Porque, una vez más, "el desarrollo tecnológico está muy condicionado por objetivos de rentabilidad", lo que plantea dudas sobre si realmente está diseñado para el beneficio colectivo.

Repensar la ciudad

Frente a este diagnóstico, Bravo no se limita a señalar problemas. Propone una transformación profunda que pasa por "recuperar las ciudades" en plural. "Los futuros son en plural", insiste, subrayando que existen múltiples caminos posibles.

Uno de los ejes centrales de esa reconstrucción es el urbanismo feminista. Y es que, como explica Bravo, "las ciudades han sido diseñadas desde el punto de vista del señor ilustre".

Ahora bien, cambiar esa perspectiva implica poner a los colectivos más vulnerables —niños, mayores o personas con dificultades de movilidad— en el centro, porque "cuando el eslabón más débil está protegido, la cadena completa lo está". Por ese motivo, diseñar la ciudad desde esa lógica no solo la hace más justa, sino también más habitable para todos.

Otro pilar es la relación con la naturaleza, donde cuestiona la idea de que lo urbano y lo natural son mundos separados.

Esta desconexión, advierte, está en la raíz de la crisis climática. Y es que las ciudades consumen alrededor del 70% de la energía mundial y generan más del 75% de las emisiones. "El problema es que lo que vemos como un proceso de dominación puede estar siendo un trayecto hacia la debilidad".

En ese sentido, pese a que la adaptación ya está en marcha, parece que no se está realizando al ritmo requerido. "Se están haciendo cosas, pero no las suficientes ni a la velocidad que las circunstancias requieren", señala Bravo.

La cuestión es que la renaturalización urbana, es decir, contar con más sombras, menos cemento y más espacios verdes, no es solo una cuestión ambiental, también afecta al bienestar psicológico. "Cuanto más tranquilidad tengamos alrededor, más calmados estaremos y más posibilidades tendremos de encontrarnos", comenta el experto.

Rebelarse para encontrarse

En el trasfondo de todas estas propuestas hay una idea de fondo, y esta es la necesidad de recuperar la agencia colectiva. "No pensar que esto es una evolución natural de las cosas", advierte". Pues, para Bravo, el cambio requiere "una rebelión en el buen sentido de la palabra", tanto desde la ciudadanía como desde las instituciones.

En esa línea, el autor considera que esa rebelión empieza por lo cotidiano: "Darnos cuenta de qué queremos realmente, cómo queremos vivir". A partir de ahí, reconstruir los vínculos: con vecinos, con el barrio y con la comunidad.

Multitud de personas caminando en el paso de cebra.

Multitud de personas caminando en el paso de cebra. iStock

Para él la clave está en "volver a encontrarnos, aunque no pensemos igual", con el objetivo de influir en políticas públicas y redefinir el modelo urbano.

Y es que, aunque el horizonte que plantea Bravo no es utópico, sí resulta exigente. Pues, frente a la "rueda del deseo" que empuja a las ciudades a competir sin descanso, el autor recupera la idea de la "resonancia": elegir vivir bien en lugar de ser atractivos, es decir, que las ciudades identifiquen "el vivir bien como sinónimo de éxito".

"Puede que, como en esas gigantescas discusiones de pareja, encontremos el amor detrás de la frustración y decidamos que los únicos que merece la pena es seguir. Eso sí, aprendiendo de los errores y tomando un nuevo camino. Juntos", concluye.