En el 14,2% de los casos de ciberacoso ya interviene la inteligencia artificial.

En el 14,2% de los casos de ciberacoso ya interviene la inteligencia artificial. iStock

Historias

Las redes y la IA amplifican la violencia entre menores como un "modo de reconocimiento": hay un 18,5% más de asesinatos

La "lógica de la viralidad" transforma la violencia juvenil en España: se graba, se comparte y se consume como contenido, mientras crece el uso de la IA.

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12.563 delitos de lesiones cometidos por menores en 2024. Un 8% más que en 2022. 120 causas por homicidio o tentativa, con un incremento del 18,8% en un solo año. 1.196 casos de acoso escolar registrados. De ellos, un 61% de los agresores pertenece al entorno cercano de la víctima.

El 66,4% de los episodios de acoso se difunde en WhatsApp, el 50,5% en Instagram y el 49,5% en TikTok. Y en el 14,2% de los casos de ciberacoso ya interviene la inteligencia artificial.

Los datos, recogidos en la Memoria de la Fiscalía General del Estado de 2025 y en informes de organizaciones como la Fundación ANAR y Save the Children, reflejan un incremento cuantitativo de la violencia entre menores en España, así como una mutación cualitativa. Pues, la agresión ya no termina en el acto, sino que se graba, se comparte y se convierte en contenido.

En paralelo, la Fiscalía alerta de una tendencia preocupante: el aumento de la gravedad de los delitos y su vinculación a dinámicas grupales. Y es que la violencia, lejos de ser un comportamiento aislado, se está integrando en las formas de socialización juvenil donde la notoriedad se ha convertido en incentivo.

La digitalización ha eliminado barreras de difusión y ha ampliado la audiencia potencial hasta límites inéditos, generando una exposición pública que prolonga el daño en el tiempo.

Además, la infradenuncia sigue siendo un factor determinante. Las cifras oficiales solo recogen los casos que llegan al sistema judicial, mientras que muchos episodios se resuelven dentro de los centros educativos o permanecen ocultos por miedo, vergüenza o desconocimiento.

En este contexto de transformación acelerada, la violencia entre menores ya no puede entenderse sin el entorno digital. Ya no es solo un canal, sino un espacio donde se redefine el propio significado de la agresión, donde el reconocimiento social puede depender de la visibilidad de la violencia y donde los límites morales se ven tensionados por la lógica de la viralidad.

La violencia como reconocimiento

"Estamos viendo cómo la violencia se está convirtiendo, en algunos contextos, en una forma de obtener reconocimiento social entre iguales", explica Claudia Caso, directora de la fundaciónSOL. "Cuando un menor aprende que agredir a otro le da visibilidad y notoriedad, algo está fallando en los referentes que le rodean".

La afirmación no es retórica. Responde a un cambio estructural en la forma en que los jóvenes interactúan. La socialización, cada vez más mediada por pantallas, introduce nuevas dinámicas de validación. "La socialización entre los jóvenes hoy ocurre, cada vez más, en entornos digitales donde la crueldad puede recibir aplausos en forma de likes".

La llamada "lógica de la viralidad", en palabras de Caso, está alterando los códigos tradicionales de comportamiento. "Muchos adolescentes están creando y compartiendo contenido con el único objetivo de ganar popularidad, aunque eso implique agredir o humillar a otras personas".

A ello se suma la normalización. Y es que "el consumo masivo y continuado de violencia en redes nos está llevando a naturalizarla, a verla como algo normal".

El 66,4% de los episodios de acoso se difunden en WhatsApp, el 50,5% en Instagram y el 49,5% en TikTok.

El 66,4% de los episodios de acoso se difunden en WhatsApp, el 50,5% en Instagram y el 49,5% en TikTok. iStock

Este proceso de banalización convierte la violencia en un elemento más del ecosistema digital. Ya no sorprende, no genera rechazo automático, y en algunos casos incluso se premia. Es ahí donde, según los expertos, reside el riesgo de la pérdida de conciencia sobre el daño real.

En este nuevo escenario emerge con fuerza el fenómeno del Happy Slapping. Surgido en el Reino Unido en 2005, describe agresiones que se graban y se difunden con fines de entretenimiento o notoriedad. Aunque el término pueda sugerir ligereza, la realidad es que implica una doble victimización, física o verbal primero, y pública después.

"Cuando una agresión se graba y se difunde, la humillación se multiplica. No se trata solo del daño físico o verbal, sino de la exposición pública, los comentarios crueles y la imposibilidad de olvidar", señala Caso. "Y lo más preocupante es que muchos jóvenes llegan a percibir estas agresiones como contenido, no como violencia".

La existencia misma de este fenómeno está ligada al ecosistema digital. "El Happy Slapping existe porque hay una plataforma donde difundir la agresión y una audiencia que la consume. Sin esa difusión, la dinámica sería completamente distinta".

WhatsApp, Instagram y TikTok se han consolidado como los principales canales de propagación. Permiten compartir el contenido de forma inmediata y, además, amplifican su alcance y prolongan su vida útil. Cada visualización, cada interacción, contribuye a reforzar la lógica que sostiene estas conductas.

En este sentido, el papel de las plataformas resulta determinante. "No se trata de demonizarlas, sino de exigirles una responsabilidad real en la detección y eliminación de contenidos violentos".

Responsabilidad compartida

A la complejidad del fenómeno se suma la irrupción de la inteligencia artificial. "La IA añade una capa de daño completamente nueva y enormemente preocupante", advierte Caso. "Ya no hace falta ni siquiera que haya una agresión real para causar un daño devastador: se puede destruir la reputación de un menor con un contenido fabricado que parece completamente real".

El uso de esta tecnología para crear imágenes, vídeos o audios falsos introduce un escenario en el que la violencia puede ser completamente sintética, pero igualmente dañina. La dificultad para desmontar estos contenidos y eliminarlos agrava el impacto sobre las víctimas.

Al mismo tiempo, la detección sigue siendo uno de los grandes desafíos. "Gran parte del acoso ocurre en espacios digitales a los que los adultos no tienen acceso, y los menores, por miedo o vergüenza, raramente lo cuentan".

Los centros educativos, pese a su papel clave, operan en muchos casos sin herramientas suficientes, mientras que las familias se enfrentan a un entorno que desconocen.

"El error más frecuente es el silencio", señala Caso. "Muchas familias no hablan con sus hijos sobre la violencia que circula en redes porque no saben cómo hacerlo o porque simplemente desconocen lo que está pasando".

Frente a esta realidad, la respuesta solo puede ser colectiva. Desde la Policía Nacional, el inspector Juan Cristóbal Cabiedas advierte de que estas conductas pueden tener consecuencias penales a partir de los 14 años y subraya la necesidad de fomentar el uso responsable de la tecnología.

El mensaje final es claro: "Grabar o difundir una agresión no es un acto pasivo ni inocente: es participar en ella". Una idea que resume el núcleo del problema y que marca también el punto de partida para su solución.