Irene y Miguel en su plantación de girasoles de pipa blanca en la Serranía de Cuenca.

Irene y Miguel en su plantación de girasoles de pipa blanca en la Serranía de Cuenca. Cedida

Sociedad

Dos jóvenes agricultores de un pueblo de Cuenca: "Recogemos entre 3.000 y 5.000 kg de pipas al año. Es un ingreso extra"

Recogen a mano entre 3.000 y 5.000 kilos anuales para mantener viva la calidad de la pipa blanca conquense.

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Pelar y comer pipas ya forma parte de la cultura española. Detrás de este fruto seco que monopoliza las terrazas de los bares y cualquier reunión social están agricultores como Irene y Miguel. Estos jóvenes recogen a mano "entre 3.000 y 5.000 kilos anuales" para mantener viva la calidad de la pipa blanca conquense frente a grandes productores como China.

Con apenas 24 años y tras haber estudiado para opositar a Agente Medioambiental, Irene Alepuz decidió quedarse en su pueblo, Boniches (Cuenca), e incorporarse como ganadera junto a su madre Victoria. "La calidad de vida que me da esto no me la da otra cosa", confiesa a EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha.

Aquel salto de fe con una explotación de ovejas tiene un nuevo capítulo al lado de su pareja Miguel, un agricultor de la vecina localidad de Cardenete. Juntos se han propuesto mantener el cultivo tradicional de la pipa blanca confitera. Se trata de la variedad de girasol autóctona que dio origen al popular aperitivo en España hace un siglo.

La realidad a pie de campo en una provincia golpeada por la despoblación no es salada, es más bien amarga. "Yo me dedico a la agricultura por mi padre, pero hoy en día es bastante complicado que cualquier persona joven quiera vivir en los pueblos. No va a venir ningún chaval a empezar de cero, es imposible económicamente", reflexiona Miguel.

Frente al desembolso desorbitado que exige iniciar cualquier explotación agrícola, la pareja busca la viabilidad diversificando su actividad entre la producción de pipas, la ganadería ovina y otras labores del sector primario. "Lo hacemos para tener un ingreso extra", afirman.

Irene separando las pipas de la planta.

Irene separando las pipas de la planta. Cedida

En las vegas de Cardenete, a unos mil metros de altitud, seleccionan las tierras más fértiles y ricas en nutrientes para sus girasoles. "En este caso tecnologías e innovaciones ninguna, es un cultivo muy rudimentario. Mi suegro nos contaba que antes sembraban a mano, el único avance es que ahora lo hace un tractor", explica Irene.

Tras la siembra en primavera, llega el agotador trabajo del clareo manual cuando la planta alcanza los 20 centímetros de altura. "Hay que ir quitando las matas intermedias a mano y dejar unos 60 centímetros entre una y otra. Esta pipa absorbe mucho alimento de la tierra y si dejas muchas juntas no crecen lo suficiente", matizan.

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Para la recolección, Irene y Miguel cortan las tortas del girasol una a una y las almacenan en un remolque. A diferencia de la negra, la pipa blanca posee una cáscara más blanda y acumula más agua y resina, por lo que las cosechadoras romperían el grano y arruinarían el fruto.

Una vez secas, las tortas se pasan por rodillos enganchados a una toma de fuerza para desgranar la pipa limpia que se deja sobre el suelo. Posteriormente arranca la fase más delicada y exigente: el secado al sol. Se extienden durante varios días y se rastrillan continuamente en la dirección de la luz.

Irene esparciendo las pipas para su secado.

"Por las noches tenemos que juntarlas y amontonarlas para que el rocío no les caiga encima, y al día siguiente volver a extenderlas", apuntan. A diferencia del estándar comercial que busca tamaños gigantescos, Irene y Miguel defienden la pipa de calibre mediano: "Las muy grandes al final se quedan vanas. Las medianas están rellenas enteras, son mejores"

Este enfoque choca con la presión de mercados como China, Turquía o Argentina, que inundan el mercado con pipas industriales de cáscara dura a menor coste. Sin embargo, para la pareja la diferencia en el paladar es abismal. "Las industriales llevan no sé cuánto tiempo cogidas, el sabor es muy pobre. Estás chupando casi solo sal", critican.

Plantas de girasol de la explotación de Irene y Miguel.

Plantas de girasol de la explotación de Irene y Miguel. Cedida

Gracias a la alianza con firmas como Sol de Castilla mantienen esta tradición. Julián, su responsable, lleva más de 40 años desplazándose a estos pueblos de la provincia de Cuenca para adquirir el mejor producto. "Ahora mismo somos los dos únicos productores de pipa blanca que quedamos en el pueblo. Julián prefiere pagar la calidad de aquí", subrayan.

Pipa de Cuenca Aguasal de Sol de Castilla.

Pipa de Cuenca "Aguasal" de Sol de Castilla. Soldecastilla.es

Pese a su juventud, Irene y Miguel demuestran que uno de los aperitivos más populares del país sigue teniendo defensores incansables en el corazón de la España rural: "Te comes una pipa de estas....y dices: esto es una pipa de verdad".