David López-Rey, meteorólogo de Canal Extremadura nacido en Polán hace cuarenta y seis años, acaba de publicar La riada, un exhaustivo estudio de la tormenta ocurrida un siglo atrás que causó la muerte de cinco personas en este municipio toledano y otras siete en diferentes localidades de la provincia.

Se trata de un libro detalladísimo, donde David ha dejado lo mejor de sí mismo durante toda una vida. La pasión que le pierde por su pueblo, la profesionalidad como meteorólogo y la vitalidad que lo anima a seguir nuevos retos.

La Historia es madre de la sabiduría y por eso conviene sabérsela para apreciar con cierta clarividencia lo que pueda venir más adelante. No es que se repita inexorablemente, pero sí parece claro que determinadas claves son persistentes en el tiempo. Las tormentas y el clima no son, precisamente, una excepción.

Se cumplen estos días tres y cuatro años de las dos últimas Danas que cayeron sobre Toledo y provocaron graves daños en barrios como Santa Bárbara o localidades como Burguillos y Cobisa.

Al final, es una frase recurrente pero verídica, las aguas reivindican su cauce y las escrituras de la tierra. Por eso me gusta tanto el trabajo de David. Porque ha dedicado parte de su vida a estudiar, saber, conocer qué pasó en el pueblo cuando sus abuelos y bisabuelos sufrieron una de las principales catástrofes naturales del siglo. Sólo aprehendiendo lo que ocurrió es posible evitar nuevos desastres.

Cien años más tarde habría que determinar si el cauce del arroyo baja limpio y está preparado para un nuevo aluvión de agua. Igual que una legislatura después, habría que pensar qué se ha hecho en la Rosa, la Degollada, Burguillos o Cobisa para que no vuelva a ocurrir. También en Cebolla, donde hemos visto ya varias veces cómo los cauces de los ríos y arroyos se desbordan cuando llega septiembre. La gota fría, la Dana o el cambio climático deben ser acicates y no excusas para prevenir estos comportamientos tan extremos del clima.

El caso más evidente es el de la Dana de Valencia. Dos años después, aparte de la dimisión de Mazón, qué ha cambiado. ¿Acaso han encauzado el barranco del Poyo? ¿Cuenta la confederación del Júcar con algún mecanismo para avisar de la creciente subida de los niveles?

Lo que es terrible, pavoroso, infausto es pensar que siguen las cosas igual, que sólo un teatrillo político interesado e infecto es el que se superpone a los problemas reales de los españoles. Lo sabe el galgo de Paiporta y por eso permanece agazapado ahora en Ceuta. Estudia las señales y divisa la forma de surfear los problemas sin que las olas le tiren la tabla. Y junto a él, una clase política indolente que ha hecho de la supervivencia su principal y único problema. De ahí que las tertulias en los medios sólo traten de desacreditar al oponente y al partido contrario o indicado por quien reparte la guita. No en todos, claro… Pero el ruido y la furia no dejan espacio acaso para las melodías.

Las tormentas de toda índole se repiten inexorablemente si nadie hace nada por cambiar los parámetros y las circunstancias. Como también sucedió en Letur, Albacete. Por eso me impresiona que haya compañeros como David que tanto tiempo y cuidado hayan dedicado a conocer lo que fue y explicárselo a sus vecinos. Si vuelve a pasar, que no digan que no se advirtió.

Igual que en el Poyo, Valencia. Santiago Posteguillo dijo al Senado que el Estado se ausentó y nadie acudió cuando debía ir. Cuestión similar parece ocurrir en Ceuta también. Como no creo en las casualidades, alguien trama algo relacionado con el cuanto peor, mejor. Como la única posibilidad de que el río de la Nación no se lo lleve por delante.