Ante su inminente jubilación, el profesor Carlos Vizuete dictó su última lección en la Facultad de Humanidades de Toledo el pasado 14 de mayo. Frecuento el campus desde hace décadas y no conocía la lectio postrema, esa costumbre tan edificante que el renovado y enérgico centro toledano se propone instaurar.
Porque tiene que ser hermoso despedirte de la docencia, cuando le has dedicado la vida, ante amistades, familia, colegas y quienes han sido o son tus estudiantes, beneficiarios al fin de tu impronta imborrable.
Pensé en todo esto mientras me alejaba de los fastos: pocas veces la academia detiene su ritmo frenético para mirar atrás y reconocer en voz alta lo que alguien ha construido con paciencia y con pasión. La lectio postrema es, en ese sentido, un acto de justicia.
Conocí a Carlos en 2005, cuando tuvo la generosidad de admitirme como oyente en sus clases de Paleografía. Como profesor, destilaba amor por las humanidades, pero además nos enseñó a cultivar la amistad y a perseguir la belleza. Casi el mismo legado que dejaba a sus nietos en la última lección.
Recuerdo aquellas mañanas ante manuscritos medievales y epitafios romanos, intentando descifrar cursivas, carolinas o albalaes mientras él señalaba con vocación auténtica cada rasgo, cada abreviatura o cada silencio. Era como hacer arqueología del pensamiento, escuchar lo que gentes antiguas nos querían decir.
Vizuete es también el responsable de que yo peine el mundo en busca de advocaciones marianas relacionadas con plantas. Suelo viajar con la esperanza vana de sorprenderlo, porque siempre que descubro una, él ya la conoce. Y hay más de 200.
Sabe de historia moderna, de la universidad y de la Iglesia; de mamuts, de momias, de generales cartagineses y de naves de Star Wars. Y lo sabe todo, absolutamente, sobre patrimonio y vida conventual, un territorio en el que reina sin corona.
Posee un océano de conocimiento de notoria profundidad e ignota extensión, tal y como aseveraba su mejor compañero de trinchera, el profesor Juan Pereira, a las puertas de esa última lección. Ante un auditorio tan perplejo como fascinado, Vizuete desgranó las múltiples relaciones de Tintín con las humanidades, exaltando una pasión "tintinesca" de la que también se sirvió para entretener a sus nietos durante el confinamiento.
Hay algo muy suyo en esa elección. Podría haber optado por un tema solemne o difundir resultados de investigación. Sin embargo, escogió un cómic. Y en esta decisión está toda su filosofía: la seriedad más genuina, la que no necesita disfrazarse de gravedad.
En su última lección hubo lagrimillas discretas y risas abiertas. Y hubo, sobre todo, la sensación de estar asistiendo a algo que no se repite: el momento en que un maestro deja de serlo de manera oficial y pasa a serlo para siempre.
Querido Carlos. Sabemos que no va a ser la última, porque tienes la autoritas, tremenda curiosidad y mucho por contar. A tus colegas, a esos nietos que dibujan falcatas y a quienes queremos seguir aprendiendo contigo y disfrutando de tu amistad.