Nos estamos acostumbrando a tener un Gobierno cuyo mayor -o casi único- éxito es que no gobiernen los otros. Aunque eso suponga que no pueda gobernar nadie, ni siquiera quienes están en la Moncloa.
Es cierto que el mérito no es significativo, porque nos estamos acostumbrando a tantas innovaciones democráticas que esta parece casi irrelevante en comparación, pero de fondo significa una parálisis legislativa que únicamente se interrumpe cuando deben entregar nuevas cesiones al nacionalismo o para aprobar decretos de extrema necesidad y sin carga ideológica alguna.
Siendo justos, es lo que se votó. En campaña, el lema de "parar a la ultraderecha" fue sin duda el que más movilizó al votante de izquierdas. Lo inesperado fue que la victoria acabara siendo el fin en sí mismo y no el inicio de una legislatura.
Para el Gobierno, las excusas son innumerables. Pandemias, crisis, guerras, volcanes… hasta el apagón se presenta casi como una causa externa. Un supuesto cúmulo de mala suerte, de coincidencias internacionales complejas que hacen imposible presentar presupuestos o abordar el problema de la vivienda.
Para colmo, Sánchez parece hacernos creer que ha tenido que sufrir que uno tras otro sus secretarios de organización acabaran en la cárcel. Entrando y saliendo (y parece que volviendo a entrar). No se siente responsable a pesar de haberlos nombrado, haber tenido a Ábalos como ministro, haberlo puesto de nuevo en las listas. Todo resulta ser ajeno, inconvenientes que le impiden gobernar, pero no mantenerse en La Moncloa.
Durante mucho tiempo, la fuerza del PSOE, frente a otros partidos de izquierdas, era su capacidad de gobierno. Mientras buena parte de la izquierda se perdía en debates infinitos sobre lo que se debía hacer, el Partido Socialista se centraba en lo que se podía hacer.
Llegar al poder, ganar elecciones. Esa era la diferencia que aportaba dicho partido. Ellos no eran un espacio minoritario absolutamente puro que mantenía las esencias intactas, era un partido que llegaba a la Moncloa. Eso tenía un valor esencial, pues los socialistas siempre entendieron que era desde ahí donde todo podía cambiar. Lo demostraron durante años.
Desde la mayoría en el Parlamento se pudo transformar España, modernizarla, hacer que fuera irreconocible incluso para su propia madre. Estar en el poder tenía sentido, permitía cambios y el desgaste de gobernar tenía la enorme recompensa de los cambios logrados. Con el tiempo, se acababa apreciando.
Ahora Sánchez ha convertido la capacidad de llegar al Gobierno en una mera cuestión de resistencia. No se cambia nada, se está para que no lo cambien otros. Se sale a empatar el partido, a tener suerte en los penaltis, en ver si el rival se mete un gol en propia mientras se mantiene al equipo fuera del descenso porque se van apropiando de los puntos de sus socios. Una resistencia que no es otra cosa que un desgaste de siglas, sin avances políticos o sociales que las pongan en valor con el paso del tiempo.
Si no se puede ejercer el poder, no tiene sentido ocuparlo, pues el coste para la izquierda será enorme y aquello que prometías parar, lo terminas por impulsar.