Ojeando la sección regional de este digital, me encuentro con una noticia que llama mi atención. Según Belén Arteaga, autora del cartel del Corpus de Toledo 2026, "los diseñadores usamos la IA a nuestro favor". Al parecer, con esto del cartel del Corpus ha habido una mini polémica (cómo no), porque Izquierda Unida se ha abstenido de participar como jurado en protesta porque las bases del concurso permitían el uso de la IA. Pues muy bien.
No me malinterprete, querido lector. El cartel está chulo, la noticia bien escrita, pero mi interés no recae en la noticia en sí, ni siquiera en el berrinche de IU con la IA. Lo que me ha traído a la cabeza esta noticia es el debate que en los últimos meses me encuentro de manera recurrente: ¿qué hacemos con la IA?
En poco tiempo, la IA se ha convertido en parte de nuestro día a día. No hay jornada laboral que no tenga un compañero que me hable de las bondades de esta herramienta… y también al contrario, señalando cuál hijos de satanás a los Chat GPT, Gemini u OpenIA de turno.
El debate -como todos últimamente- no entiende de grises. O todo es blanco (la IA va a solucionarnos la vida en un solo click), o todo es negro (nos está volviendo idiotas y estamos a un paso de vivir en Matrix). Paradójicamente, es la propia IA la que me da esa escala de grises que estaba buscando. A la pregunta de si es bueno usar la IA en el trabajo, la respuesta me deja asombrada. Según me dice, "la respuesta corta es sí, pero con estrategia. La inteligencia artificial no es una varita mágica que hace tu trabajo por ti, sino más bien un copiloto muy avanzado".
Es más, me da una lista de pros y contras de su uso by the face. La IA, según ella misma, supone el adiós a la "hoja en blanco", permite la automatización de tareas repetitivas, desde resumir hilos de correos eternos hasta limpiar datos en Excel, y facilita el análisis rápido, al poder procesar grandes cantidades de información en segundos. En cuanto a los contras, no se corta y avisa de sus propias "alucinaciones". "La IA puede sonar muy segura de sí misma y estar completamente equivocada", me avisa. Por no hablar de los riesgos para la privacidad (todo lo que le damos se lo 'come') y de la "pérdida del toque humano" en su redacción de textos. "La IA debe aumentar tu capacidad, no reemplazar tu criterio. El responsable final de lo que entregas eres tú, no el algoritmo", concluye la parrafada que le he solicitado a Gemini.
Vamos que el 'sentido común' de la IA viene a corroborar lo que venía sospechando. La IA ha venido para quedarse -por mucha burbuja que venga- y tenemos que aprender a convivir con ella. Y es, si los luditas de principios del siglo XIX no pudieron con cuatro máquinas de vapor, dudo mucho que los del siglo XXI puedan con todos los servidores que se han puesto a construir como locos las grandes tecnológicas.
Y tampoco tiene por qué ser mala esa convivencia. La clave es, en mi opinión, tener primero inteligencia natural para saber utilizar la artificial. Es decir, que la próxima vez que vea a sus hijos hacer los deberes con la IA ciérreles de golpe el portátil y enséñeles a buscar la solución a sus preguntas en el libro de texto.
Además, háganme un favor y no comentan la estupidez que acabo de cometer yo de usar la IA para preguntar cualquier chorrada. Según estudios recientes, los centros de datos consumen ya el 1 % de la energía eléctrica española. No está el planeta -ni la Red Eléctrica Española- para bollos. Y es que, a este paso, lo que va a terminar acabando con la IA es el apocalipsis climático… Se verá.