Antes de empezar quiero pedir disculpas por esta columna que voy a comenzar a escribir, que más que columna es un desahogo. Lo confieso: estoy hasta el moño de las llamadas telefónicas a todas horas intentándome colar algún fraude. En estas últimas semanas llevo tres o cuatro, ya he perdido la cuenta. De momento, creo que las he ido sorteando, pero es sólo cuestión de tiempo que caiga en alguna. Es una mera cuestión estadística, tanto va el cántaro a la fuente…
Ya que me pongo en modo confesión, confieso que estaba yo buscando un tema para esta columna, cuando recibo un mensaje en mi móvil que me pone en alerta. El SMS me viene de una financiera con la que hace años gestioné una compra en unos grandes almacenes y que, 10 años después, sigue mandándome mensajes periódicos sobre sus 'maravillosas' ofertas. Me da por leerlo -porque el SMS me llega a su nombre- y su contenido por casi me cuesta un apechusque. Lo cito textual: "Cargo con importe de 1.439 EUR aprobado por defecto en 1 hora. Si no ha sido usted contacte de inmediato", y son tan amables que me dejan un enlace con número de teléfono para hacer la gestión.
Haciendo caso a la regla antifraude número 1, no pincho el enlace del número que me han mandado. Lo apunto en un papel -a la antigua- y paso a llamarlo. Me contesta un chico muy amable que me dice que, efectivamente, han hecho un cargo a mi nombre desde Lanzarote, que ya lo ha anulado y que me recomienda bloquear el terminal desde el que se ha realizado para evitar nuevos cargos. Aliviada, respiro y le doy mi DNI, dato necesario para comprobar mi identidad y pasar a bloquear al indeseable de turno, según me dice. Cuál es mi sorpresa cuando, mientras que estoy hablando con este chico tan amable, me llega un SMS a mi teléfono con un código, que me pide al momento, ya con cierta urgencia. Yo me niego -en el mensaje pone bien claro que no le dé este código a nadie- y el tono amable del chico va tornándose un poquito más borde, amenazándome con el hecho de que si no bloqueo ya el susodicho terminal, en un rato pueden volver a cargarme otros mil euros. Es ahí cuando saltan todas las alarmas antifraude que llevo dentro y le contesto, tranquilamente, que la Policía Nacional por activa y por pasiva recomienda no dar ningún tipo de código personal a nadie por teléfono. Mano de santo, el ex chico amable reconvertido en borde me cuelga el teléfono.
¿Una anécdota? Lo sería si el Miércoles Santo no hubiera recibido una llamada con el mismo tufo a estafa. Justo a la hora de comer, se pone en contacto conmigo mi supuesta compañía de distribución eléctrica contándome un rollo de conflicto de intereses entre operadoras y distribuidoras al que -tengo que reconocer- no hice mucho caso. No obstante, como me había insistido al principio que no era una llamada comercial sino del 'departamento de incidencias', me mantuve estoicamente al teléfono aguantando el chaparrón de leyes y decretos.
Reconozco que la cosa empezó a sonarme mal desde el principio. Y es que el gancho que utilizó para mantenerme al teléfono era algo demasiado bonito para ser cierto: la compañía se había dado cuenta de que mi contrato estaba hecho en Madrid y no en Toledo y que, por eso, se me había cobrado una tarifa más alta de la que me correspondía y que tenían devolverme el dinero. Incluso creo recordar que me llegó a hablar de una posible bonificación por el error.
En este caso tenían todos mis datos -seguramente de un robo a mi buzón o similar- y, mira tú por dónde, para que yo pudiera acceder a mi factura mi interlocutor me pidió un código que acababa de recibir en mi móvil a través de un SMS de mi compañía. El mismo interlocutor que llevaba mareándome cerca de 10 minutos, me urgía ahora a darle el código de inmediato. Ante mi negativa -"me has llamado tú, yo no me tengo que identificar"-, el tono pasó de la urgencia a la amenaza mafiosa: "vas a pagar una pasta toda tu vida por la luz y estás tirando a la basura la única oportunidad que vas a tener para cambiar tu tarifa". Ante esto, la que colgó en este caso fui yo.
Y puedo seguir contando batallitas… En esta misma Semana Santa, al comprar unas entradas, me suscribieron a un servicio que, por el módico precio de 12 ó 13 euros al mes, me daba ventajas para un montón de cosas que nunca voy a hacer ni he querido tener. Esto, me explicaron, no es un fraude, es una suerte de vacío legal. Lo bueno es que tiene fácil solución, mandar un correo pidiendo tu baja del servicio. ¿El problema? No darte cuenta de ello antes del primer cobro. No hay manera de recuperarlo.
¡Qué tiempos aquellos en que los mensajes de phishing eran hasta tiernos, llenos de faltas de ortografía y, en el caso de los mails, con logos cutres intentando imitar entidades financieras! Sinceramente, en los últimos meses he bloqueado más teléfonos que llamadas he hecho o recibido de mis contactos.
Antes de escribir esta columna he hablado con mi entidad financiera -me ha dicho que me quede tranquila- y, según ponga el punto final llamaré al 017, para reportar el fraude. Aunque, si le soy sincera querido lector, lo único que me apetece ahora es apagar el móvil hasta nueva orden. Quizá lo haga. Se verá.