Tiene su gracia que este año el inicio oficial, o semioficial, de la Semana Santa, que es este viernes de Dolores —aprovecho para felicitar a mis dos tías, mi prima y a todas las Lolas que andan por mi vida— coincida con el Día Mundial del Teatro.
No quiero ofender a nadie —les recuerdo, de vez en cuando, que gran parte de mi familia es creyente y yo vengo de tradición católica—, pero no me negarán que el mundo de las procesiones, los pasos, los nazarenos, los capirotes, incluso las saetas, los tambores y las marchas procesionales tienen mucho de teatral.
Las procesiones son un espectáculo al aire libre, con un elenco enorme de "actores" —pónganlo con muchas comillas—que ya le gustaría a la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Escenifican distintos papeles, durante muchas horas, y encima "trabajando" —también entre muchas comillas— de gratis. Sí, porque la fe mueve montañas y hace que todos los participantes en los recorridos procesionales no solo no cobren por ello, sino que paguen.
🎭 ¿Procesiones o una gran obra de teatro? 🤔
— EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha (@elespanolclm) March 26, 2026
La nueva columna de @suerteasi no deja indiferente… justo en el arranque de la Semana Santa✝️
✝️Fe, tradición y un punto de reflexión
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Sé que no es lo mismo, pero hagan ustedes el ejercicio de pensar que su procesión favorita es una gran obra de teatro. Costaría una pasta ese montaje; sería algo así como una de esas antiguas producciones de Hollywood. En las procesiones pasa lo contrario, la producción es gratis y los que gastan dinero son los que procesionan... y los espectadores, claro.
Los que participan en el espectáculo o recorrido procesional, como quieran llamarlo, tienen que tener un buen bolsillo: trajes, velas, mantillas, cuota de pertenencia a las cofradías o hermandades, sesiones de fisioterapia para los costaleros o banceros después del esfuerzo... y un largo etcétera.
Y los que quieren ver las procesiones, si quieren estar en primera fila, en la mayoría de las ciudades tienen que pagarse una silla para poder disfrutar de cada detalle. Sillas que, por cierto, no son baratas ni fáciles de conseguir.
Las procesiones de Semana Santa son un espectáculo. De hecho, las podemos considerar una variante del Teatro Sacro, que se utilizó durante la Edad Media como herramienta didáctica para expandir la fe. Las procesiones son también en su origen una forma de enseñar la religión de forma visual y, tal y como me recordaba hace unos días mi amigo Pablo, una forma de hacer más hegemónicos a los católicos cuando la ola de los protestantes, que rechazaba el culto a las imágenes, empezó a llegar a España.
Por eso, al margen de la fe, creo que deberíamos tomarnos las procesiones como lo que son, un espectáculo del que disfrutar si nos gusta la Semana Santa y un importante aliciente turístico, sobre todo en algunas ciudades.
Ni en el ranking de la fe, ni en el del resto de valores católicos, debería puntuar ser o no ser de procesiones. Me llamo Ángeles y estos son mis demonios.