Hay tradiciones españolas que nunca fallan: el debate sobre la tortilla con o sin cebolla, la operación salida en agosto… y el enésimo llamamiento a la "unidad de la izquierda". Cada cierto tiempo, algún dirigente se sube a la tribuna y, con gesto trascendente, anuncia que ha llegado el momento histórico de sumar, confluir, abrazarse y caminar juntos hacia el horizonte progresista. Después, por supuesto, se pelean por quién sujeta la pancarta y quién se apunta el tanto.

La unidad de la izquierda es algo así como el unicornio de la política española; todos hablan de él, nadie lo ha visto y, cuando parece que asoma la crin, resulta ser un pony con resaca. La teoría es preciosa. La práctica consiste en una sucesión de escisiones, reproches cruzados y ruedas de prensa donde se proclama el amor fraternal mientras se afilan los cuchillos bajo la mesa.

El mejor ejemplo lo encontramos en el idilio fallido entre Sumar y Podemos. Aquello iba a ser la gran reunificación del espacio alternativo, el nuevo comienzo, la madurez política y acabó como casi siempre: con reproches, acusaciones de traición y un "no eres tú, soy yo" versión Congreso de los Diputados.

El problema no son las ideas compartidas, que, sobre el papel, existen, sino las ideas que los separan y, sobre todo, los liderazgos. En política, el espacio a la izquierda del PSOE tiene más candidatos a encabezar el cartel que escaños disponibles. Todos quieren la unidad, sí, pero encabezándola ellos. La unidad está muy bien… siempre que lleve mi nombre en negrita.

Ahora aparece en escena Gabriel Rufián proponiendo, poco menos, que se recomponga el frente. Resulta enternecedor. Hablamos de un dirigente independentista que llegó al Congreso "para unos meses" y que, desde mediados de 2016, parece haberle cogido gusto al escaño. Nada que reprochar; el hemiciclo tiene buena calefacción y parece que el asiento del escaño es bastante cómodo, supongo que pensará, "con lo mal que está el empleo, como para salirse de aquí".

Lo verdaderamente fascinante es la aritmética electoral implícita. ¿De verdad alguien cree que un proyecto de "unidad de la izquierda" con el alter ego político de Rufián va a cosechar entusiasmo en Valladolid, en Albacete o en Zaragoza? Si el objetivo es expandir el voto más allá de Cataluña, quizá empezar con un rostro asociado al independentismo no sea la estrategia más expansiva del mundo; pero oye, igual es una innovadora campaña de nicho.

Mientras tanto, el resto del tablero observa. Cuando un bloque político dedica más energía a discutir el orden de los apellidos en la candidatura que a ensanchar su base social, la oposición puede permitirse el lujo de sentarse y esperar. No hace falta dinamitar nada cuando el adversario ya está entretenido levantando muros internos.

En medio de todo, Pedro Sánchez sigue a lo suyo. Con esa habilidad suya para mirar en todas direcciones menos hacia el elefante en la habitación. La fragmentación a su izquierda no es un problema; es, en términos estrictamente estratégicos, un ecosistema. Cuantos más actores compitan por el mismo espacio, más sencillo resulta ejercer de eje imprescindible.

La unidad de la izquierda volverá a invocarse. Habrá manifiestos, fotos conjuntas y apelaciones épicas y, como siempre, al primer desacuerdo serio, que lo habrá, alguien recordará que sus principios son irrenunciables y que no puede traicionarse por un simple reparto de puestos.

Así que sí, la unidad llegará. Llegará el día después de que los egos adelgacen, las siglas desaparezcan y los liderazgos acepten no ser protagonistas, es decir, cuando los unicornios vuelen en escuadrón sobre el Congreso.

Hasta entonces, la derecha puede ir preparando las palomitas y la izquierda, el siguiente comunicado sobre la urgente necesidad de permanecer unidos; pero eso sí, cada uno por su lado.