A mi alrededor están pasando cosas inquietantes. Saber que la chavalería "se habla por fotos" en Instagram y que ellas exigen regalos cuando inician el cortejo (sin saber lo que significa la palabra "cortejo"). È un mondo difficile esto de la juventud y las redes sociales, pero como la gran Ángeles Sánchez-Infantes ya ha compartido en este periódico una opinión que suscribo plenamente, no voy a repetirme.

Me inquieta asumir que me cae bien Bad Bunny e, incluso, que me gustan algunas de las cosas que dice (cuando consigo entender lo que dice). Eso de "debí tirar más fotos" es un canto al amor y una llamada a la acción que voy a fijar como mantra. Será que ha pasado San Valentín y mis neurotransmisores andan cautivos.

También ha pasado el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia y me inquieta (mucho) que, a pesar del tremendo esfuerzo institucional por conmemorarlo, en Castilla-La Mancha todavía hay menos universitarias en el área de Ingeniería y Arquitectura y todavía hay menos mujeres en empleos relacionados con la tecnología.

Cada año, cuando se aproxima el 11 de febrero, proliferan los actos que tratan de visibilizar el aporte de las mujeres al sistema científico-tecnológico, de sublimar el talento femenino con el objetivo de incentivar vocaciones y de fomentar el acceso de niñas y adolescentes a las asignaturas de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas.

Los centros educativos, desde primaria a la universidad, acogen charlas, talleres, exposiciones y obras de teatro que, a pesar de la persistencia o de las buenas intenciones que a veces no pasan de un efímero y frágil posicionamiento, no consiguen reorientar el camino de las niñas. Están igual o mejor cualificadas que ellos, pero eligen aproximarse a la ciencia solo desde el cuidado. Por eso en la universidad son mayoría en Ciencias de la Salud, especialmente en titulaciones como Medicina o Enfermería.

En esto influyen los sesgos, los estereotipos y la falta de referentes, pero ha llegado el momento de plantearse que algo de lo que hacemos no está funcionando. Tal vez no hemos encontrado la manera de comunicarnos con estas niñas llamadas a romper la brecha. Tal vez haya que redefinir el mensaje y, desde luego, hay que sostenerlo. No basta con celebrar en febrero y, en el mejor de los casos, conectar con el 8 de marzo. Tal vez hayamos equivocado el canal e incluso debamos repensar los emisores, porque la realidad actual, presa de la temible polarización, es que no avanzamos.

He tenido el privilegio de acompañar a científicas e investigadoras que se afanan por ofrecer referentes reales en colegios de la región. Cuando preguntan a las niñas cuántas científicas conocen, con suerte alguna responde "Marie Curie", sin percibir que esa señora con bata que les habla lleva media vida en el laboratorio. Por suerte, algo ha empezado a cambiar y quiero pensar que hay esperanza. Mi amiga María, bioquímica y profesora universitaria, suele iniciar su intervención pidiéndoles que dibujen a una científica. Hace años las niñas echaban al vuelo la imaginación. Ahora la dibujan a ella.