Hay momentos en la vida de los partidos en los que se pierde el sentido de la proporción y, cuando eso ocurre, lo primero que desaparece no es la coherencia ideológica, sino la memoria.
Resulta asombroso que dirigentes del actual PSOE se permitan sugerir, insinuar o directamente reclamar que Felipe González debería abandonar el partido. No discrepar. No debatir. No matizar. ¡Irse! ¿Esto va en serio?
El hombre que lideró el mayor ciclo de modernización de España desde la Transición. El presidente que consolidó el Estado del bienestar, que impulsó la entrada en la Comunidad Económica Europea, que ancló definitivamente a España en Occidente. El socialista que gobernó durante 14 años y convirtió al PSOE en un partido de gobierno, no de pancarta, ¡ahora resulta que estorba!
Lo verdaderamente revelador no es la discrepancia política, perfectamente legítima, sino el grado de egocentrismo que exhiben algunos líderes actuales. Se comportan como si la historia del PSOE comenzara con ellos. Como si la tradición socialdemócrata española fuese un accesorio prescindible. Como si la autoridad moral pudiera adquirirse por decreto orgánico.
Conviene recordar algo elemental: cuando Felipe González ya era presidente del Gobierno, muchos de quienes hoy reparten carnés de pureza ideológica todavía se orinaban en el pañal. La diferencia no es generacional; es de densidad política.
El PSOE que gobernó España durante décadas entendía el poder como responsabilidad histórica. El actual parece entenderlo como trinchera identitaria. Antes se aspiraba a ampliar mayorías; hoy se compite por reducir el perímetro ideológico hasta convertirlo en un club.
Se puede discrepar con González y cuestionar su visión actual, pero resulta profundamente ridículo, insinuar que sus posiciones lo sitúan más cerca del PP que del socialismo. Esa acusación revela una preocupante confusión: creer que cualquier apelación a la institucionalidad, a la estabilidad o a los pactos de Estado es automáticamente conservadora.
No. Eso es cultura de gobierno.
Quizá el debate real sea otro. Quizá la pregunta no sea si Felipe González debe irse del PSOE. Quizá la pregunta sea si quienes hoy lo cuestionan representan realmente la tradición socialdemócrata que convirtió al partido en fuerza central del sistema político español.
Expulsar a su padre fundador cuando se sienten inseguros no es fortaleza; es señal de fragilidad.
Y, por supuesto, si lo anterior ya resulta preocupante, lo ocurrido con Javier Lambán entra directamente en el terreno de lo indecente.
Se puede discrepar de un dirigente en vida, se puede combatir su línea política; eso forma parte del juego democrático, pero criticar con acritud a un compañero fallecido, y hacerlo además desde posiciones de aparato, no es valentía política, es una demostración de miseria moral.
Lambán fue presidente de Aragón, dirigente de peso territorial, voz propia dentro del socialismo español y, se podrá estar más o menos de acuerdo con sus planteamientos, pero nadie puede negar su trayectoria ni su compromiso.
La verdadera decadencia del partido sanchista, que no es el PSOE, no comienza cuando se pierden votos, sino cuando se pierde el respeto y quizá ahí esté el síntoma más inquietante que tiene actualmente Pedro Sánchez.