La mayor parte de los ciudadanos dedica a los asuntos políticos espacios esporádicos y residuales de su tiempo. Sé que esto incomodará a los defensores del "todo es política", pero la realidad es que, según las estadísticas, en torno a un tercio de la población se considera apática: personas totalmente indiferentes a la política y a sus manifestaciones. Los llamados "espectadores", en la terminología de la ciencia política, representan hasta un 60 % de la ciudadanía; observan la política desde la distancia y su interés es intermitente. Finalmente, solo entre un 2 y un 10 % de los ciudadanos sitúa los asuntos políticos entre sus principales preocupaciones: son los llamados "gladiadores".
Así que no, la mayoría de las personas no concibe que toda su vida sea política. El domingo por la tarde y sus silencios, la extraescolar del chaval, ese viaje pendiente y el abuelo —ay— que ya no nos recuerda: ahí tiene puesto el corazón la inmensa mayoría. De vez en cuando, esa mayoría pone un tuit o desliza el dedo por la pantalla, riendo con desgana ante la última atrocidad de un ministro, pero lo habitual es que su participación política acabe reducida a la urna.
Y lejos de escandalizarnos o, peor aún, de insultar a esas personas, conviene aceptar este marco sociológico si uno no quiere vivir alejado de la realidad o engañado por el estridente espectáculo de ruido, furia y moqueta en el que solemos pastar políticos y periodistas. Dicho esto, y ante el inminente ciclo electoral al que estamos abocados, harían bien los partidos políticos en recordar este ecosistema antes de diluir sus mensajes en campañas abrumadoras que casi nadie entenderá. ¿Por qué Isabel Díaz Ayuso logró una mayoría impensable? Porque dibujó un terreno de juego sencillo: comunismo o libertad. ¿Por qué Pedro Sánchez sorprendió el 23-J? Por lo mismo: avance o retroceso.
La teoría política utiliza un término peculiar para definir estos ejes divisores: los cleavages. Son brechas profundas y duraderas dentro de una sociedad que estructuran la competencia política. No se trata de simples diferencias de opinión —más o menos impuestos—, sino de fracturas en la manera de entender el mundo: campo frente a ciudad, globalización frente a soberanía, élites frente a pueblo. Ese elector que tiene su alma en lo cotidiano, en su rutina de afectos, acaba orientando su voto según la divisoria principal que se le plantea en cada elección.
¿Cuál puede ser ese cleavage en los comicios autonómicos de 2027? Esta es la pregunta que unos y otros harían bien en empezar a formularse. Las ruedas de prensa, los argumentarios y los programas electorales son elementos estructurales de indudable importancia, sobre todo para ese pequeño grupo de gladiadores que a veces condiciona una elección. Sin embargo, las elecciones no suelen decidirlas los más ruidosos, sino quienes votan desde esa divisoria sencilla que les permite seguir viviendo, sin estridencias, su vida al margen de la política.