Ignacio Echevarría



Me enteré tarde de la muerte de Héctor Bianciotti, el pasado 12 de junio. Siento un gran aprecio por sus libros, y me entristeció la noticia, acompañada de algunos detalles deprimentes: la relativa pobreza de sus últimos años; la prolongada agonía en un hospital de París, víctima del Alzheimer; cierto relegamiento de su obra y de su figura -añado yo- al que, casi inevitablemente, lo abocó su resuelta condición de tránsfuga cultural, de escritor que renegó tardía y alevosamente de su país y de su lengua natales.



Esta condición de tránsfuga la compartió Bianciotti con otros dos portentosos escritores argentinos con los que tuvo relación: Rodolfo Wilcock y Copi. Wilcock fue quien, a mediados de los cincuenta, le señaló el exilio a Europa como vía para librarse de la asfixia moral que lo atenazaba, para dejar atrás la desolación de la infancia transcurrida en la pampa y una adolescencia marcada por el miedo y por la culpa, dos sentimientos que en Bianciotti atizaban su educación religiosa (fue seminarista) y su inclinación homosexual (eran, recuérdese, los años del peronismo más ramplón).



En cuanto a Copi, viene a constituir una contrafigura de Bianciotti. Su espíritu irreverente y transgresor, imbuido de estridente loquerío, lo sitúan en las antípodas del reflexivo, delicado y ceremonioso culturalismo de Bianciotti, quien, tras cosechar en Francia importantes distinciones, mereció el codiciado honor de ingresar en la Academia de ese país, y que durante las últimas semanas de su vida oía sin parar -parece que lo tranquilizaba- a María Callas.



El culto del que tanto Copi como Wilcock son hoy objeto en la literatura argentina, el ascendente que en ella irradian, le han sido negados a Bianciotti. Alrededor de la obra de este último persiste un cerco de silencio y de generalizado desentendimiento que lo excluye de casi todo panorama o recuento. Pese al magisterio decisivo que sobre él ejerció Borges, Bianciotti apenas consta como escritor argentino, tampoco como escritor latinoamericano, ni siquiera como escritor en español, lengua en la que, sin embargo, publicó cinco libros notables.



Parece como si Bianciotti hubiera quedado abducido por la lengua y la literatura francesas hasta el extremo de no ser reconocido por los suyos. Y ello a pesar de que su obra indaga sin descanso y con dolorosa lucidez las claves de una identidad -de una memoria- que termina por remitirlo fatalmente a los escenarios de los que pretendió escapar.



Bianciotti se apropió con maestría consumada de los recursos que la tradición de la gran prosa francesa le brindaba a la hora de emprender una aventura introspectiva en la que el rigor intelectual se alía con el más trémulo lirismo. Así ocurrió -importa decirlo- mucho antes de que se resolviera a escribir directamente en francés. Su obra en castellano injerta en esta lengua sutilezas y esplendores que la elevan a alturas que no le son familiares y que sólo han escalado escritores de tan concentrada ambición como la suya.



Resulta injusto, y no sólo mezquino, tratar a Bianciotti como un epígono de Proust, y tacharlo desdeñosamente de "afrancesado". No, el desentendimiento del que ha sido objeto Bianciotti en su país de origen y en el ámbito general de la lengua en la que se forjó como escritor, no alcanza a justificarse por su apasionada y en cierto modo extemporánea manera de abrazar una cultura crepuscular como la francesa.



Las razones de dicho desentendimiento deben buscarse más bien en las susceptibilidades acaso inconscientes que despierta su implacable apostasía, inspirada por un repudio radical, un absoluto aborrecimiento de las marcas de una cultura (la española, en toda su extensión) que se le antoja insufriblemente zafia y dañina (nadie debería perderse el relato que en El paso tan lento del amor hace Bianciotti de su paso por la España de Franco, a finales de los cincuenta). Apostasía reafirmada por la determinación de no conformarse con el remedo de cultura que le ofrecía su entorno inmediato, el de la comunidad de italianos desarraigados a la que él mismo pertenecía, y acerca de la cual llegó a decir: "Soñábamos con ser lo que éramos: europeos en el exilio".



Careciendo de la ironía y de la displicente soberbia con que Borges sacó partido de esta condición; incapaz de reconocer ningún camino que lo insertara en la compleja novedad del continente en que fue a nacer, Bianciotti convirtió su propio exilio en un camino de regreso a la cultura de la que sentía heredero y que heroicamente reivindicó para sí. Ésa fue su hazaña, y su traición.