Poesía

Otras voces

19 julio, 2007 02:00

La poesía contemporánea incumple Kioto. Los poetas maltratan la naturaleza al reducirla a mero trasunto de lo humano. En Arqueología del trino (Almería: Instituto de Estudios Almerienses, 2006), Julio Alfredo Egea devuelve al paisaje su autonomía con imágenes sorprendentes y -literalmente- justicia poética: "Un dios menor el hombre, altivo y bello, / la lágrima de un sol entre las manos" (p. 33). Es Prometeo, no ese Narciso -profano patrón de los malos poetas- que no vio agua, sino su propio reflejo. Una rareza interesante.

"Uno escribe poemas / porque está vivo" (p. 80). Tal es la radical poética de Hugo Padeletti. La paradoja de este Renaissance man reside en que sus mejores versos no son los más visuales, sino los estrictamente literarios: desde la intertextualidad dickinsoniana de "Sin comprender un néctar" hasta el homenaje a Rimbaud ("Une saison en enfer"), pasando por la cita de Emerson ("La elocuencia") o el clasicismo de "Demetrius on style", esta Antología poética (1949-1980) (Valencia: Pre-Textos, 2006) nos da una medida aceptablemente exacta del artista total. ¿Por qué leer a Padeletti? Porque estamos vivos.

Estamos fuera de nuestra jurisdicción: para reseñar última sangre (1968-2007) de Félix de Azúa (Barcelona: Bruguera, 2007) no se requiere un crítico literario, sino un forense. En este osario yacen las obras completas del barcelonés, unas publicadas, otras inéditas, todas muertas. En el año 2007, experimentos como el poema Assimil no son transgresión, sino autoparodia. Y es que la de Azúa siempre ha sido poesía-yogur, con fecha de caducidad inminente. Versos difuntos que ninguna reedición es capaz de resucitar. por A. Sáenz de Zaitegui