Image: España, ¿un éxito efímero?

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Ensayo

España, ¿un éxito efímero?

Emilio Contreras. Biblioteca Nueva. Madrid, 2014. 238 páginas, 18 euros

14 febrero, 2014 01:00

Manifestación en Madrid de los afectados por las preferentes

No es fácil presentar en poco más de doscientas páginas una interpretación interesante de los últimos siglos de la historia de España. Para lograrlo no sólo hay que estar dotado de una buena pluma y un buen bagaje cultural, sino que es necesario escoger un hilo conductor que permita prescindir de muchos aspectos de esa historia para centrarse en una tesis específica. Ese es el enfoque adoptado por el periodista Emilio Contreras, fino analista de la actualidad en el programa radiofónico Hora 25, de la SER, que ha abordado con éxito la empresa en España, ¿un éxito efímero? De lo que ha costado el progreso y la estabilidad, y del riesgo de perderlos. Su tesis es sencilla, quizá demasiado, pero efectiva: España se descolgó de la vía modernizadora seguida por sus vecinos europeos a partir del Renacimiento, no logró reencontrarse con ellos hasta finales del pasado siglo y se encuentra hoy ante el riesgo de que las dificultades económicas le hagan perder el norte.

La necesidad de simplificación que implica un libro semejante, lleva que su autor deje de lado factores importantes de nuestro devenir histórico y a recurrir en ocasiones a clichés históricos gastados. El peor de esos clichés es el que atribuye a "una nueva clase, la burguesía", el mérito de la modernización. A veces pienso que la calidad de la escritura histórica mejoraría bastante si los autores se impusieran la siguiente obligación: nunca escribiré una frase cuyo sujeto sea "la burguesía". Un factor olvidado resulta en cambio muy visible en la fotografía por satélite que aparece en la portada del libro: el norte de Europa aparece verde y con grandes formaciones nubosas, mientras que en la península Ibérica predomina el ocre y no hay nubes. En la Europa lluviosa la agricultura es más productiva, los ríos son navegables y es fácil construir canales, mientras que en las tierras peninsulares a la sequedad que limita las cosechas se une la ausencia de vías de agua, que en siglos pasados representaban la forma más económica de transporte. Ello suponía un gran obstáculo a nuestra prosperidad, pero la tesis que Contreras defiende, que atribuye nuestra marginación a partir del siglo XVI respecto al progreso económico e intelectual europeo a la pervivencia de valores medievales, ligados al desprecio hidalgo hacia las actividades productivas y a la desconfianza religiosa hacia las ideas nuevas, identifica un factor crucial de nuestro atraso.

De comienzos del siglo XIX a mediados del XX, la modernización española, recuerda Contreras, se vio obstaculizada por dos factores: el ritmo lento del desarrollo económico y la incapacidad de lograr un consenso que estabilizara el orden liberal. La transición democrática de los años setenta representó por ello una novedad sustancial, pues por primera vez en nuestra historia se llegó al consenso desde la libertad. Contreras subraya que no fue fácil, que la transición se vio amenazada por la cerrazón de algunos sectores franquistas, por la prolongada provocación terrorista y por las dificultades económicas del período. Sin embrago, fue posible llegar a acuerdos sustanciales porque "el consenso político que respaldó la Constitución fue consecuencia de un consenso social que le precedió".

La crisis económica que comenzó en 2008 nos ha devuelto a una etapa de incertidumbre. Las dificultades que vivimos han surgido de un impacto exógeno inicial, derivado en último término de los errores del sistema financiero estadounidense. Y también de errores propios, en concreto de la burbuja inmobiliaria y financiera, cuya responsabilidad atribuye Contreras, aunque no resulte popular decirlo, tanto a la inoperancia de los reguladores públicos como a la codicia ciega de muchos empresarios y a la complacencia de la ciudadanía. La incapacidad demostrada a lo largo de tres décadas para dar al Estado de las autonomías una estructura coherente y para frenar la fuga hacia delante de los nacionalistas periféricos nos ha cobrado además factura, al aprovechar la Generalitat catalana las dificultades de España para intentar la secesión. El peligro mayor sería sin embargo que perdiéramos la confianza en las instituciones democráticas, abriendo el paso al tipo de demagogos que asoman la cabeza en algunos países europeos. Evitarlo, concluye Contreras, está en nuestras manos.