Ensayo

Cartas entre un padre y un hijo

V.S. Naipaul

7 septiembre, 2006 02:00

V.S. Naipaul. Foto: Chris Ison

Traducción de Flora Casas. Debate. Barcelona, 2006. 348 páginas, 20 euros

Gillon Aitken, el compilador de este epistolario publicado originariamente tres años antes de la concesión del Nobel a V. S. Naipaul, es a la vez el agente literario del escritor y con su iniciativa nos proporciona un documento de primera mano sobre la lucha de un joven hindú nacido en la isla caribeña de Trinidad por realizar su vocación a lo largo de los años de su estadía universitaria en Oxford. El propio Naipaul había narrado ya esta experiencia en una obra muy posterior, Finding the Centre (1984), que desde su propio título encierra gran significación.

Encontrar, mantener y evitar que los demás le roben su centro es el consejo que el escritor en ciernes recibe de su propio padre Seepersad Naipaul, un oscuro periodista que murió prematuramente en 1953, soñando con ver impreso en Inglaterra un libro de relatos que había publicado por su cuenta en 1943. Paradójicamente, el gran éxito internacional de su hijo le llegará en 1961 con Una casa para el señor Biswas en cuyo protagonista se encarna inconfundiblemente el fracaso de Seepersad Naipaul por hacerse con "su centro": la escritura literaria.

Cuando los Naipaul comenzaban a cartearse se plantea ya la posibilidad de que aquel trajín epistolar acabase dando lugar a un libro titulado exactamente como éste. No cabe duda de que son ambos, Seepersad y Vidiadhar, familiarmente conocidos como Vidia o Vido, los principales protagonistas de este epistolario, pero Cartas entre un padre y un hijo no hace justicia a lo que estas páginas nos ofrecen. Vidia escribe la gran mayoría de las suyas a Seepersad, pero aunque él sea su interlocutor privilegiado las encabeza con un "queridos todos" que integra al clan familiar. Otras veces, sin embargo, su corresponsal es la mayor de sus hermanas, Kamla, a la sazón estudiante becada en la Universidad Hindú de Benarés, como también lo serán esporádicamente su madre o su hermana más joven Satti. Esta polifonía de interlocutores se enriquece cuando las cartas cruzadas lo son entre algunos de ellos al margen de Vidia, aunque hablen de él.

Lo más fascinante del caso es ver aquí cómo se entretejen dos vocaciones literarias y cómo los Naipaul se intercambian consejos, al tiempo que el padre confía en su hijo como lector, mecanógrafo, corrector y agente literario de su libro que, de ser publicado en Inglaterra, haría de él un verdadero escritor. Cuando sus ánimos decaían, no dudaba en proponer un proyecto absurdo: fundir relatos de sus dos autorías y firmar el libro al alimón. Y para contribuir a levantárselos, el joven le recordaba el ejemplo de Joyce Cary, el mejor novelista de la Inglaterra de entonces, que conoció el éxito ya sesentón. Seepersad no llegó a cumplir esta edad, por lo que, cuando muere, su hijo se da cuenta de que "siempre he considerado mi vida una continuación de la suya, una continuación que llegaría a una culminación, o eso esperaba" (pág. 321).

No es mucho, aunque sí muy interesante, lo que encontramos aquí de referencias al oficio literario, que, muy al modo anglosajón, los Naipaul computaban en el número exacto de palabras que hacían una novela (unas 70.000) o el mínimo que cumplía escribir cada jornada (medio millar). Todo relacionado con una preocupación máxima: el dinero. Parte de los ingresos familiares proceden de la BBC, que a menudo acogía en su programa Caribbean Voices relatos de los Naipaul.

Junto a éstas hay también muchas otras obviedades domésticas, pero ello no impide que el texto nos dé a conocer el modo de pensar de un clan de características tan peculiares como éste. En este sentido, hablando no ya del centro de cada uno de los Naipaul como individuos sino de todos ellos en conjunto, es muy ilustrativo que Kamla y Vidia abandonen el hogar para formarse en las metrópolis que les sirven de referencia, Inglaterra e India, y que ambos acaben repudiándolas. En el caso del escritor, esto coincide con el afianzamiento de su personalidad aristocrática, con una suerte de complejo de superioridad à rebours que le permite despreciar la experiencia de Oxford al tiempo que rechaza el regreso a Trinidad donde la familia contaba con él como su salvación. El Naipaul veinteañero le exigía ya a cualquier país en el que vivir que "fuese grande", pues en patrias pequeñas, como la suya, "todos los valores están al revés, y la gente es mezquina" (pág. 329).