Image: La invención de una nación

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Ensayo

La invención de una nación

Gore Vidal

3 febrero, 2005 01:00

Gore Vidal. Foto: Julián Jaén

Trad. Encarna Castejón. Anagrama. Madrid, 2004. 182 páginas, 14 euros

Una mañana radiante de 1961, en Hyannis (Massachusetts), a la orilla del mar frío, John F. Kennedy se recostó en su asiento, encendió un puro y le preguntó: ¿cómo se explica que un país provinciano como éste, con sólo tres millones de habitantes, haya producido a los tres grandes genios del XVIII: Franklin, Jefferson y Hamilton? "Les sobraba tiempo", respondió Gore Vidal.

"Querido Jack, en los cuarenta años transcurridos desde tu asesinato, he meditado sobre tu pregunta y este libro es mi respuesta, apenas definitiva", escribe en las últimas tres líneas del epílogo de su último libro traducido al castellano: La invención de una nación: Washington, Adams y Jefferson.

Lo consigue sólo en parte, pero, como no podía ser menos en Vidal, lo hace con una sagacidad, irreverencia, audacia y originalidad que, de haber vivido para leerlo, a JFK le habría encantado, y que engancha incluso a sus enemigos, que son casi todos los votantes de George W. Bush, es decir, uno de cada dos estadounidenses. En ciento ochenta y dos páginas, muy generosas en espacio blanco y sin citar fuentes, no es posible reinventar los orígenes de los Estados Unidos, ni escribir una buena biografía -mucho menos tres y comparadas- de los personajes citados, pero es difícil encontrar un relato tan rico en anécdotas de alcoba y salón, altas y bajas pasiones, de los héroes del Olimpo estadounidense.

Lo mejor del libro es la naturalidad con la que humaniza, desdramatiza y, en ocasiones, ridiculiza a personas y momentos que, para muchos, son sagrados. Lo peor, los continuos saltos en el tiempo (de la Grecia clásica a Napoléon, del Renacimiento a Lincoln, de la Roma imperial al imperio Cheney-Bush) y la crueldad con la que dicta sentencias de inocencia, muy pocas, y de culpabilidad sin pruebas suficientes.

Siempre provocador, Vidal ve en George Washington un general honesto, majestuoso y mediocre; en Thomas Jefferson, un consumado y rencoroso político, escritor, arquitecto y granjero, el único verdadero demócrata de todos los fundadores; en Adams, un monárquico obsesionado por el poder y la pela; en Hamilton, un intelecto agudo, hipergámico y virtuoso en su vida privada, pero pervertido por la influencia británica; en Franklin, un sabio empresario-editor-escritor-embajador más mujeriego incluso que Jefferson y tan afrancesado como él.

Con todos sus vicios -"hasta redactó unas notas para los jóvenes sobre las ventajas de tener como queridas a mujeres más mayores"-, Benjamin Franklin es, a juicio del vanidoso Vidal, el mejor de todos ellos, el más clarividente, riguroso y visionario. "Dos siglos y dieciséis años más tarde, la profecía rotunda y oscura de Franklin se ha cumplido: la corrupción popular ha originado, en efecto, aquel gobierno despótico que él previó inevitable en nuestro nacimiento".

Para un lego en la historia de los Estados Unidos resulta confuso porque da demasiadas cosas por sabidas. Llamar republicano al partido de Jefferson, sin aclaración alguna, es incomprensible para quienes sólo conocen a los republicanos que van de Eisenhower a George Bush. "Tiene suerte Bush", dice Vidal. "Con sus ideas, tan incompatibles con la democracia, los indignados fundadores le habrían echado a patadas de la Convención".