Image: Los manuscritos del Mar Muerto

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Ensayo

Los manuscritos del Mar Muerto

Stephen Hodge

5 septiembre, 2002 02:00

Traducción de Carola García Díaz. Edaf. Madrid, 2002. 278 páginas, 12 euros

Hay temas que parecen inagotables y éste es uno de ellos. Por suponer, se han supuesto incluso historias distintas acerca de cómo aparecieron los manuscritos de Qumrán, un asentamiento humano cercano al Mar Muerto, actualmente en territorio palestino-israelí: se han escrito páginas de verdaderas aventuras, desde el siglo XIX hasta hoy.

Según Stephen Hodge, no ha sido tanto: la historia empezó en 1946, cuando un pastor beduino descubrió una cueva y, en ella, unos manuscritos casi deshechos. Luego se hicieron más hallazgos y se llegó a identificar una decena de oquedades donde quedaban restos de escritos trazados sobre pieles de oveja debidamente preparadas al efecto; todas ellas -las oquedades- en los alrededores de las ruinas de Qumrán.

Al tiempo en que se estudiaban esos manuscritos, se excavaron las ruinas y se releyeron los pocos textos que nos hablan de esa región tal como estaba en el lapso que corre entre el final del Antiguo Testamento y la destrucción de Jerusalén en el año 70 de la era cristiana. Con todo ello, se construyó una teoría que ha hecho correr ríos de tinta y que ahora Hodge echa por tierra: inmediatamente antes de Cristo, había en Israel una secta -la de los esenios- que llevaba una suerte de vida monástica; ella habría sido la que poblaba aquellas ruinas y habría escondido los manuscritos ante la amenaza de las legiones de Roma, por tanto entre el año 67 y el 70.

Por sí solo, el hallazgo era muy importante. Los manuscritos más antiguos de los textos bíblicos que se conocían eran del siglo IV y varios de estos textos de Qumrán, anteriores al año 70, son justamente textos bíblicos. Se brindaba a los estudiosos la posibilidad, por tanto, de contar con versiones muy anteriores. Pero los comentaristas advirtieron enseguida algo más importante aún, hasta trascendental. Y es ello que, en algunos de los demás manuscritos qumranianos se describen ritos parecidos a los cristianos; de manera que se echaron las campanas al vuelo y se afirmó que se habían hallado las raíces del cristianismo, la prueba de que no era una religión revelada sino producto de una de las líneas de evolución del judaísmo. Esto obligaba a vincular a Cristo con los esenios. Y, en ese punto, se echó a volar la imaginación y se arguyó que, probablemente, los cuarenta días que pasó en el desierto de Judea -según se nos relata en los evangelios- los habría pasado en realidad en Qumrán, con la comunidad esenia, de la que habría aprendido todo lo que después predicó. Eso, si no fue antes Juan Bautista quien residió con ellos. Hodge no es un experto en ciencias bíblicas; es un estudioso de religiones comparadas, sobre todo hinduismo y budismo. Pero, lector atento, en este libro pone al día el estado de la cuestión y da fe de los últimos estudios llevados a cabo, en los que, dice, se ha puesto en duda casi todo lo dicho: que fueran los esenios los habitantes de Qumrán; que Qumrán fuera una especie de cenobio; en fin, que tengan relación las ruinas con los manuscritos hallados cerca de ellas.

¿Entonces? Los escritos de Qumrán (aparte de los estrictamente bíblicos, que siguen constituyendo una joya por su antigöedad) serían una pieza más del enorme rompecabezas que era Israel en torno al año 1 de nuestra era. El mundo israelí era un hervidero donde apuntaban, por una parte, el enojo creciente por la presencia romana (que acabaría con la sublevación del año 67 y la destrucción del templo en el 70) y, por otra, una espera crispada del Mesías, que traería el final de los tiempos.

Así, las semejanzas entre el mensaje de Cristo y algunos textos qumranianos no serían fruto de la inspiración de unos en otros, sino de una fuente común, que era el clímax de la época. Lo que ocurre -arguye Hodge- es que el cristianismo es menos original de lo que creemos. Para el autor, Jesús fue sólo un judío culto y rebelde que expresó las inquietudes de su época. Hodge cita de pasada el problema que plantean algunos fragmentos hallados en la cueva 7 (yo creía que era sólo un fragmento, el 7Q5), que el jesuita José O"Callahan asegura que pertenecen al evangelio de San Marcos. Si fuera así, las cosas cambiarían por completo; por un lado, se comprobaría que ese evangelio estaba escrito ya en el año 70 y, por otra, se volverían las tornas en cuestión de influencias y habría que aventurar hipótesis de muy distinto orden. Pero Hodge se limita a decir la opinión de O"Callahan ha sido rechazada. En suma, un buen prontuario de lo que se sabe acerca de uno de los más atractivos enigmas de nuestro tiempo. Tendría que haberse cuidado más la edición; hay erratas demasiado llamativas y la traducción es un poco forzada.


PENAS PARA LOS QUE PECAN
Según una traducción moderna de los manuscritos de Qumrám, será castigado por un año quien replica a su prójimo con obstinación, quien haya hablado con impaciencia hiriendo los fundamentos de la vida fraterna.
Quien miente a sabiendas, sea castigado por seis meses. Quien a sabiendas y sin razón insulta a su prójimo sea castigado por un año.
Quien hubiere hablado con su prójimo con engaño será castigado por seis meses. Quien guarde rencor contra su prójimo sin razón, sea castigado por seis meses y al máximo por una año. Del mismo modo se haga con aquél que toma venganza a su arbitrio por cualquier cosa que sea.
El que haya pronunciado con su boca una palabra tonta, sea castigado por tres meses. A quien interrumpe el discurso de su prójimo, diez días. A quien se le vieran sus miembros debajo del vestido o si este es un andrajo tal que deja ver sus desnudeces, sea castigado por treinta días. Quien se ponga a reír estúpidamente haciendo oír su voz, sea castigado por treinta días.