Image: Del álbum de un cazador

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Letras

Del álbum de un cazador

Turguéniev

27 mayo, 2011 02:00

Turguéniev, obra de Iliá Repin (1879).

Traducción de J. y M. Womack. El Aleph. Barcelona, 2011. 515 páginas. 24 euros


Hace cuatro años, nos quedábamos con la miel en los labios con las escasas doscientas páginas de genuina gran literatura que entonces se nos ofrecían bajo el título de La reliquia viviente. Se trataba de una selección de seis de los veinticinco relatos de ambientación venatoria que Ivan Turguéniev (Orel, Rusia, 1818-París, 1883) empezó a publicar por entregas en 1847, para reunirlos finalmente en 1852 bajo el título de Del álbum de un cazador que ahora por fin se traduce íntegramente.

En varias literaturas europeas, entre ellas la española, las narraciones costumbristas de la primera mitad del siglo XIX constituyeron el caldo de cultivo que propiciaría la consecución de la novela realista, más allá de los romances históricos del Romanticismo. Proporcionaron una cantera de realidad en la que afinar las herramientas narrativas, a la espera del momento en que aquel pintoresquismo de limitado aliento diera paso a que, como quería Galdós, la "sociedad presente" se hiciese "materia novelable".

Amén de la dimensión internacional de quien merece ser calificado como el más ruso de los grandes realistas europeos, la trayectoria de Turguéniev lo dotó de una inconfundible visión perspectivística en cuanto a su propio país, con el mantuvo una relación intensa pero no exenta de desencuentros. Con estos relatos comenzaba una carrera que no tardaría en dar sus mejores frutos con novelas como Padres e hijos (1862), Humo (1967) y Tierras vírgenes (1874). Pero lo verdaderamente extraordinario es que Del álbum de un cazador, lejos de ofrecer una suma de tanteos a la espera de logros mayores, encierra todas las virtudes exigibles a un talento novelístico en sazón.

Por lo general, la extensión de estas piezas es mayor que la de un cuadro o estampa, en la línea de las novelas cortas, o povesti, de la literatura rusa. Ello da pie a un desarrollo más cumplido no solo del propio espacio descrito sino también de los personajes en los que el narrador se fija y de los que nos ofrece siempre logrados retratos. Yo destacaría a uno de ellos, un enano sin pelos en la lengua, que en "Kasián de Krasívaia Mech" acusa de pecado imperdonable a los cazadores del urogallo porque todas las criaturas del bosque "deberían estar sobre la tierra hasta que llegue su hora de forma natural" (p. 153). Su filosofía vital, ecologista avant la lettre, nos hace recordar al Cayo de Delibes tanto como el "secretario" de caza de "El turón y Kalínich" al Paco el Bajo de Los santos inocentes. Pero también hay espacio textual para verdaderas "escenas" en las que, mediante el diálogo, la voz del narrador en primera persona da paso a la de sus criaturas, y estas se definen a sí mismas por lo que hacen y dicen, con una objetividad que destaca en el relato más breve de todos, "El ermitaño", donde un guardabosques implacable demuestra su auténtico natural, humanísimo, ante unos leñadores furtivos.

El joven terrateniente que narra es un alter ego del escritor. No dudamos de su pasión cinegética, pero en definitiva su afición no es otra cosa que una coartada para conocer gentes diversas, observarlas y captar finamente su psicología, muy lejos del esquematismo propio de los "tipos" pintorescos; para expresar con palabras certeras un sentimiento casi lírico del paisaje y, sobre todo, para diseccionar con un escalpelo comprensivo la estructura de una sociedad en la que la nobleza, a la que el escritor pertenecía, vive a cuenta de la miseria de los vasallos. La dureza revestida de objetividad con que se describe aquí el estatuto servil de los mujiks, y la violencia inmisericorde con que los tratan los señores, auténticos amos de sus vidas, tuvo inmediata influencia en la ley de manumisión que el zar Alejandro II promulgó en 1862.