Image: André Malraux y la leyenda española

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Letras

André Malraux y la leyenda española

31 octubre, 2001 01:00

André Malraux, brigadista. Ilustración de Grau Santos

Malraux jamás quiso ver la realidad detrás de la leyenda. Al revés, defendió los estalinistas procesos de Moscú, el proceso del POUM en Barcelona, y demás manifestaciones del terror comunista, hasta que se calló, desapareció, y volvió con otro uniforme, como en una obra de Ionesco.

Es una pena que el célebre restaurante Luis XIV, en la plaza de las Victorias de París, haya cerrado, ignoro por qué motivos. El caso es que su "libro de oro" desaparecido nos hubiera permitido ver la firma de André Malraux, después de placenteras comilonas, junto a otros famosos, en 1936 y 1937, mientras que el mismo Malraux, y al mismo tiempo, combatía en España, en las más álgidas batallas de nuestra Guerra Civil. No se trata en este caso, como en otros episodios de la leyenda, de una mera invención personal, sino de la mentira oficial de la Internacional comunista. Esto, para un escritor, sería lo de menos, porque pese a sus diferentes caretas de aventurero, de ministro y de profundo pensador del destino y del arte, es el escritor, a secas, quien ha dejado algunas brasas, en medio de la ceniza de sus infinitas peripecias.

En 1936, Malraux es un propagandista (agit-pop, se decía en su jerga) de la Internacional Comunista, a las órdenes de Stalin, pero sin carné; no hubo muchos en su caso, aunque se mostró tan disciplinado como los demás. Cuando estalla la sublevación militar, en julio de 1936, le envían a España. Allí organiza la famosa escuadrilla de avionetas, que la leyenda pretende que dirige, como si fuera un Guynemer, u otro de los ases de la aviación de la guerra 14/18, cuando no sabía pilotar, ni siquiera conducir un coche. Pero bueno, organizó dicha escuadrilla, con voluntarios franceses y belgas, y los pocos y mal armados aviones, combatieron como pudieron. En diciembre de 1936, Malraux se marcha de España, cena en el Luis XIV y, a principios de 1937, está en los EE.UU., para una gira de conferencias y colecta de fondos, a favor de la España republicana, o sea de algo que ya no existe, que es mera ficción. Si ha logrado crear esa escuadrilla lo debe a sus apoyos comunistas y soviéticos, y, claro, a Pierre Cot, ministro de Aviación del gobierno del Frente popular francés, "hombre de Moscú", hasta que en 1945, fue diputado en las listas del PCF. A partir de enero de 1937, Malraux realiza varios viajes a España, participa en diversos congresos de "intelectuales antifascistas", y monta otra "escuadrilla", en este caso cinematográfica, la torpe película Sierra de Teruel, en realidad realizada por Max Aub.

Queda el aparente enigma, que muchos citan sin elucidarlo, porque al hacerlo sus propias estatuas se derrumbarían, con sus tenderetes de fresas y de derechos de autor: ¿por qué el agit-pop Malraux, quien actuó y escribió a las órdenes y en defensa del comunismo, encarnado por la URSS y Stalin, al terminar nuestra guerra, se calla, no publica, no actúa, hasta que en 1944, reaparece como coronel Berger, resistente, combatiente de verdad, y luego como ministro del general de Gaulle, primero de Información, luego de Cultura, responsable gaullista y anticomunista? Este silencio se explica fácilmente. Malraux y su doble legendario, Malraux escultor de su propia estatua, no puede afirmar a la vez: yo fui un gran combatiente a las órdenes de Moscú, y el comunismo es un totalitarismo monstruoso comparable al nazismo. Fue precisamente durante nuestra guerra civil cuando se fraguó la alianza nazi-soviética, que luego se descubrió en 1939, con el famoso Pacto. Malraux no ha aludido a este asunto, hábilmente lo capea y se convierte en anticomunista sin la menor autocrítica, porque prefiere mantener su leyenda de combatiente antifascista y de as de la aviación. Siempre me ha extrañado que prácticamente nadie haya recalcado el hecho de que grandes escritores, como Dos Passos, Hemingway, Koestler o Paz, comunistas o simpatizantes, se convirtieran en anticomunistas precisamente durante la guerra de España, porque fue allí donde vieron por primera vez el verdadero rostro del totalitarismo. Orwell fue un caso aparte, porque nunca fue comunista, pero fue en tierras españolas donde se convirtió en anticomunista decidido.

La reciente biografía de Malraux, de Olivier Todd, que tiene aspectos interesantes y desvela algunas de las mentiras del personaje, es, en cambio, desastrosa en todo lo referente a Malraux en España. Tratándose de Orwell, precisamente, nota malevolamente que estaba ausente en 1937, de un congreso de intelectuales antifascistas, cuando por aquellas fechas, Orwell, después de un año en el frente de Aragón, tuvo que huir clandestinamente de España, para que los "intelectuales antifascistas", la policía comunistas, o el NKVD, no le asesinaran, como asesinaron a otros milicianos del POUM, y no sólo del POUM.

En su prólogo a Santuario, de William Faulkner, Malraux escribe que el autor había introducido la tragedia griega en la novela policíaca. Es el tipo de afirmaciones que impresionan, pero que no significan gran cosa. Al Malraux escritor, siempre le ha fascinado "el sentimiento trágico de la vida", y creyó ver en el comunismo, sus guerras y revoluciones, la tragedia moderna, pero jamás quiso ver la realidad detrás de la leyenda: el Gulag detrás del golpe bolchevique de 1917, o las torturas en la Lubianka, detrás de las floridas frases de Neruda, pongamos. Al revés, defendió los estalinistas procesos de Moscú, el proceso del POUM en Barcelona, y demás manifestaciones del terror comunista, hasta que se calló, desapareció, y volvió con otro uniforme, como en una obra de Ionesco.