Image: La celestina de Lope

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Teatro

La celestina de Lope

11 julio, 2001 02:00

Venganza, pasiones, resentimientos y una desmedida creatividad literaria se dan cita en La Dorotea, una de las pocas obras en prosa de Lope de Vega, que llega el próximo día 13 a las tablas de Almagro. A mitad de camino entre la ficción y la autobiografía, el "fénix de los ingenios" realiza una aguda reflexión sobre el desastre amoroso que le condenó a la cárcel y al destierro. La obra, dirigida por Joaquín Vida en versión de Luis García Montero, ahonda filosófica y estéticamente en el argumento que Fernando de Rojas creó en La Celestina.

La unión de Vida, Luis García Montero (adaptador de la obra) y Mistral no es para el público algo nuevo. Ya en La Celestina se vio el resultado de su trabajo conjunto y, por separado, montajes como El León en invierno, Café cantante, Simplemente Lorca o La malquerida avalan la calidad de este trío. Ahora le toca el turno a La Dorotea, uno de los trabajos más personales del genial Lope de Vega, con el que la compañía de Joaquín Vida estará presente en el Festival de Almagro el próximo viernes. Se trata de una reflexión del autor sobre los apasionados y tormentosos amores de juventud entre el propio Lope y la actriz Elena Osorio y su escandaloso final, consecuencia de las ansias de venganza de la familia Osorio y de la actuación de Doña Gerarda (Nati Mistral), una celestina más cercana a la figura de la madame actual que a la del personaje de Fernando de Rojas, en quien, sin duda, se inspira Lope de Vega.

Cuarenta años después de los sucesos, el poeta revisa sus escritos y logra exponerlo todo con una cierta serenidad. Aunque en su momento no gozó del mismo éxito que otras obras del autor, especialistas como Edwin S. Morby o Francisco Rico la consideran hoy la cima de la producción del Fénix de los Ingenios. Para Morby "Sólo una docena escasa de sus comedias y un tomo de su gran poesía lírica pueden medirse por su calidad estética absoluta con la gran acción en prosa" mientras Rico por su parte afirma que se trata "de la mejor obra del siglo XVII después de El Quijote".

Luis García Montero dice de ella que "es una de las obras más importantes del Siglo de Oro, un desmedido espectáculo de la creatividad literaria. La poesía, la prosa, la acción dramática, se unen en las manos de Lope de Vega y saltan libremente desde la tradición a la originalidad, desde las prestigiosas convenciones del pasado a la voz personalísima de su autor, haciendo que los recuerdos biográficos se transformen en arte y que las palabras se conviertan en una venganza de sí misma".

La venganza es ciertamente el motivo que impulsa a Lope a escribir esta novela, donde se funden casi la totalidad de los géneros literarios. Joaquín Vida, su director, afirma que se trata de "la única novela de Lope que no se ha resentido con el tiempo. Posee una visión irónica de la realidad de su tiempo y aporta, así, una mirada distinta sobre la España barroca". García Montero opina que "es verdad que en el argumento de La Dorotea está muy presente, como en buena parte de la obra de Lope, la desgraciada historia de amor con Elena Osorio, mantenida en la imaginación por los rescoldos de sus pasiones, pleitos, fugas, sentencias y consuelos repentinos. Pero la venganza cobra aquí un vértigo de forcejeo literario, en el que Lope de Vega se mide con la tradición."

Licencias y rigor

En un proyecto con las peculiaridades que impone a priori la obra de Lope (novela-teatro, prosa-lirismo, autobiografía-ficción...), la compañía se ha permitido una serie de licencias en su adaptación para la escena, sin dejar de ser rigurosos con la estética y el contenido de la obra original; según Vida "las mismas licencias que se hubiese permitido el propio Lope". Además de haber tenido que dejar forzosamente cosas en el tintero (las 500 páginas de la obra resultan imposibles de resumir en un máximo de tres horas sobre las tablas), Vida confiesa que la fórmula clásica de teatro occidental se le quedaba corta y acudió a las fuentes del teatro oriental: "la necesidad que el teatro occidental manifiesta por reproducir la realidad tal como es, ha sido borrada. En nuestro montaje rompemos la cuarta pared, nos dirigimos al público, que se sabe presente porque usamos el patio de butacas como escenario, e introducimos elementos un poco arriesgados, sorprendentes, como los ‘servidores de escena’, personas que ayudan a los actores, entre otras cosas, a vestirse en escena".

En la escenografía queda patente la poetización de la realidad, que Lope manifiesta en sus escritos, en simbiosis con el principio oriental de los símbolos. Vida comenta que se trata de un montaje "donde las evocaciones, las mismas que se pueden observar en los propios manuscritos de Lope, cobran protagonismo frente a la mera reproducción de la realidad". Para García Montero "la capacidad poética de Lope ocupa un lugar preferente en el espectáculo creativo de La Dorotea. Las andanzas amorosas de Don Fernando, un poeta despechado y zascandil, y las puntualizaciones del autor maduro, nos ofrecen algunos de los romances, sonetos y canciones más importantes de nuestra literatura clásica. Lugar oportuno encuentran también las polémicas con los versificadores ‘cultidiablescos’ de frialdad dogmática, extremos ridículos de un género que aparece desnudo en las curvas del argumento: ‘los poetas son hombres despeñados. Toda su tienda es de imposibles’. Y si arañamos un poco más, la poesía sirve asímismo para caracterizar a los personajes".

Acción frente a psique

La psicología de los personajes no fue en ningún caso el punto fuerte del teatro barroco y en esto, Lope no se distinguió de sus coetáneos. Se trata de arquetipos, embellecidos en su envoltura, lejos de la imagen de personaje "real", en consonancia con el estilo del "fénix de los ingenios", que da más importancia al dinamismo externo de la acción y a la intriga que al estudio del interior de los personajes. El propio Lope se "crea" a sí mismo, a su personaje, cuando, con 22 años, se encuentra en la cárcel y más tarde en el destierro por ese amor de juventud. Con 70 años, cuando escribe la obra, se critica también a sí mismo, alejándose de la dicotomía de "el bueno y el malo"; ninguno de los tres personajes principales (Don Fernando, Dorotea y Doña Gerarda) queda bien parado en el desenlace.

García Montero dice al respecto que "cuando Lope escribe La Dorotea, pasados cuarenta años de su pleito con la familia de Elena Osorio y cumplida la venganza en muchas páginas, la literatura está en condiciones de jugar con los intereses previsibles del propio autor. El relato se decide a comprender definitivamente a la protagonista femenina y a dudar de las verdades del poeta. Las palabras se vengan de sí mismas, muestran su mentira, su retórica, su teatro y buscan un horizonte nuevo".

Las similitudes con La Celestina son, para Vida, "evidentes. La Dorotea es un calco del libro de Rojas. Era el libro de cabecera de la época, lo mejor que se había escrito hasta ese momento. Además del personaje de Gerarda hay escenas que son casi idénticas, y Lope emplea en esta obra el ‘tu’ en lugar del ‘vos’ como hiciera Rojas en su libro". Pero la obra de Lope de Vega tiene también sus peculiaridades, como el traslado del contexto de la historia del campo a la corte. "Lope -dice Vida- era una persona mediatizada por la corte, por su sofisticación . Resulta evidente que tras sus improvisaciones existe una amplia base cultural".

En la intencionalidad también difieren ambos autores: mientras Rojas escribe para moralizar al público, Lope pretende fustigar a sus colegas, a todos aquellos que tachaban de "libelos" los ejercicios literarios que escribía aireando las intimidades de su amoríos como venganza. Nati Mistral añade que "la referencia absoluta de esta obra es la de Rojas, pero incluso el propio Shakespeare se basó en ella para su Romeo y Julieta".

Contenido autobiográfico

El interés que despierta la actualidad de algunos personajes históricos es, para Vida, algo consumado: "El éxito de películas como Shakespeare in love avalan un proyecto donde el contenido autobiográfico es tan importante como la parte de ficción que el autor añade". Esta contemporaneidad de Lope de Vega la proyecta la compañía sobre las tablas a través de recursos escenográficos como la mezcla de vestuario de fantasía con atrezzo actual. Asímismo, el personaje de Mistral, Gerarda, es -en palabras de Vida- "una madame de la corte. Quisimos que este personaje se diferenciase lo más posible del de Rojas, ya que no se trata de una trotaconventos, sino de una mujer actual".

Por su parte, la actriz afirma que su personaje, Doña Gerarda "es mucho más descarada, menos bruja que la Celestina de Fernando de Rojas. Hemos querido evitar así caer en la figura de la vieja alcahueta, para darle un aire más actual, pero al fin y al cabo no es más que una pervertidora de su época, los caracteres permanecen inmutables a lo largo de la historia".

La imagen que de sí mismo da Lope, un amante ofendido en su vanidad, ligero de cascos y más bien sinvergöenza, "constituye -según Vida- una moral más cercana a la imperante en los siglos XX o XXI que choca con el ‘mundo ideal’ que pinta el teatro barroco en general". Se trata, por tanto, de personajes que, aún en su estereotipada psicología, gozan de actualidad e interés, analizados bajo la óptica crítica de la perspectiva temporal. García Montero añade que "Las sorpresas iluminan el poder más fértil, más actual, menos sacralizado de Lope. Y este es el camino que hemos intentado seguir Joaquín Vida y yo a la hora de componer nuestra versión teatral de La Dorotea, jugando seriamente a darle la palabra (y la vuelta) a la literatura. Al leer a Lope como un clásico vivo y contemporáneo, asumimos la irreverencia como voluntad apasionada de homenaje".

Un largo aliento escénico

La formación teatral del granadino Joaquín Vida tiene sus orígenes en la dirección, a principios de los setenta, del departamento de Arte Dramático del Servicio de Orientación de Actividades para Escolares (SOAP). Durante este mismo período, y hasta 1980, colaboró también en TVE como guionista y ayudante de dirección de programas relacionados con el teatro, pero será en 1977 cuando comience su verdadera carrera en el campo de la dirección artística.

Tras un tiempo como ayudante de dirección de Miguel Narros, Fernando Fernán-Gómez, José Luis Gómez y, sobre todo, Adolfo Marsillach, con quien colaboró en la creación del Centro Dramático Nacional, comenzó a dirigir sus propios montajes. Debutará en la dirección con Hay que deshacer la casa, de Junyent (para la compañía de Amparo Rivelles).

Artryl Producciones S.A., la empresa gestora de las producciones de Vida, comenzó su andadura con el nombre de Teatro del Sol en 1987. Su primer montaje fue Madame de Sade de Yukio Mishima. En 1999, ya bajo la denominación actual (Compañía Joaquín Vida) y en conmemoración del V centenario de La Celestina, de Fernando de Rojas, llevó a cabo la producción del montaje de dicha obra, con Nati Mistral como protagonista.
Luis García Montero, catedrático de Literatura en la Universidad de Granada, poeta y ensayista, destaca también por sus adaptaciones teatrales. La Dorotea es su tercer trabajo para esta compañía. Vida dice de él que "posee un lenguaje barroco perfectamente inteligible, así como una increíble capacidad poética, que le cualifica para hacer comprensibles lenguajes ya arcaicos sin perder la belleza del texto original".