No es frecuente que las cinco películas más votadas del cine español sean todas ellas rara avis, incluso la de Pedro Almodóvar, ignorando así un cine más normativo, lo que explicaría la ausencia “académica” de El buen patrón. Tampoco es frecuente que dos óperas “primas”, Espíritu sagrado y Destello bravío, encabecen lo mejor del año de nuestro cine. Y el caso es que hay varias resonancias entre las extraordinarias propuestas de los debutantes Chema García Ibarra y Ainhoa Rodríguez, como si algunos de sus registros fueran intercambiables, aparte de sus respectivos gestos de intuición, audacia y excentricidad para capturar cierta singularidad identitaria y sus ancestros socio-culturales (Elche y Extremadura) en combinación con poéticas surrealistas, evocaciones sensoriales y desvíos paranormales, proponiendo una constante y fructífera tensión entre lo telúrico y lo cósmico. En esa búsqueda de cierto código genético que ha emprendido el cine español este año (de la que participa también Madres paralelas), llamada a diluir las fronteras de lo real y lo fabulado, o de hacerlas convivir con gran organicidad, ambos han trabajado con actores no profesionales y en base a la improvisación, del mismo modo que lo ha hecho Jonás Trueba en Quién lo impide y Neus Ballús en Seis días corrientes.

La deslumbrante, mastodóntica propuesta de Trueba, filmando la cotidianeidad de un grupo de adolescentes a lo largo de varios meses, se sitúa asimismo entre la ficción y el documental para retratar los anhelos y las indecisiones de la juventud, mientras que Ballús se acerca al espíritu generacional de nuestros tiempos para, desde el rincón opuesto a cómo lo ha hecho Fernando León (la caricatura grotesca), celebrar la solidaridad en la clase trabajadora. Es como si en este 2021 discutiblemente post-pandémico hubiéramos necesitado más que nunca un “cable a tierra” para situarnos en el mapa de nuestro territorio, parafraseando el álbum de Vetusta Morla que ha puesto música a otra muy estimable producción de este año, La hija de Manuel Martín Cuenca. Si bien ese arraigo a los ancestros –también Almodóvar con su operación fílmica de desenterrar las fosas comunes– viene necesariamente acompañado de un vuelo de extravagancia y de misterio que aporta enorme personalidad a todas estas películas, que en definitiva aspiran a que nuestro desenfocado presente salde deudas con el pasado.

Este 2021 ha dado rienda suelta a propuestas poéticas cargadas de intuición, audacia y excentricidad

En el paisaje internacional, adquiere un enorme sentido que la conmovedora crónica de los colonos de Kelly Reichardt, First Cow, donde el hallazgo accidental de unos huesos en el siglo XXI nos traslada a la simiente del capitalismo en Estados Unidos en el siglo XIX, ocupe el puesto de preferencia de la crítica en un año en el que varios western, dirigidos por mujeres, han reformulado el clasicismo del género al vaciarlos de violencia e introducir narrativas insólitas, enfoques sutiles y mayor complejidad dramática. Si Reichardt regresa en parte a los territorios emocionales de Old Joy poniendo el foco en las tensiones de una profunda amistad masculina, Jane Campion con El poder del perro hace detonar los márgenes del género con una suerte de melodrama psicológico que encuentra su raíz en los traumas sociales de la pedofilia. Por su parte, Chloe Zhao con Nomadland absorbió con gran criterio estético las poéticas y los paisajes del cine del oeste para radiografiar una red de economía sumergida que a duras penas mantiene a flote a los elementos “prescindibles” del mercado estadounidense.

En esa necesidad de transgredir, hibridar y cruzar géneros de toda índole, la apuesta “transgénero” de Julia Ducournau con la controvertida Titane se posiciona como verdadero eje rupturista del año, así como la fábula musical, no menos impactante y extraordinariamente bella, de Leos Carax. En Annette, el autor de Holy Motors regresa desde la épica a un lugar poco frecuentado de extrema intimidad en los márgenes del musical. A su vez, otro gran autor europeo, Paul Verhoeven, encuentra el equilibrio perfecto entre un cine histórico de prestigio y un nunsplotation tan radical como salvaje. Por su parte, Cristi Puiu también viaja al pasado en su primera incursión de época, donde las reflexiones filosóficas de Vlaidimir Solovyov están tejidas desde la noción naturalista característica del cineasta rumano, que propone un verdadero tour de forcé al espectador que aún cree en el cine como un espacio de debate en cuya pantalla caben las complejidades de un mundo que, efectivamente, necesita más que nunca un cable a tierra.

@carlosreviriego