Peter Simonischek es Winfried Toni Erdmann

Era difícilmente imaginable que de Alemania surgiera "la comedia más revolucionaria del siglo", según titulaba la portada de la revista Film Comment, dedicada en septiembre a Toni Erdmann. Otras voces autorizadas de la cinefilia global también han aupado el filme al olimpo de las epifanías cinematográficas de los últimos años, con la infrecuente y misteriosa capacidad de aunar el gusto popular (el filme alemán más visto en su país) con el juicio de la crítica (premio FIPRESCI de Cannes). En todo caso, los misterios de esta insólita y exuberante película son otros. Para empezar, su procedencia alemana, a cuya cinematografía (de Lang a Fassbinder a Herzog) nunca la ha caracterizado su sentido del humor.



Toni Erdmann es un objeto insular, inclasificable, desmesurado y versátil, tan cercano en su tono a Buñuel y a Cassavetes como a Señora Doubtfire. Si eso es posible. Es una película que transcurre en Rumanía pero en la que solo se habla alemán. Este factor aireó la indignación de determinada crítica detractora, que vio en ello un gesto de superioridad y colonialismo económico, cuando precisamente esa circunstancia (o código nacional) es la que la película, dirigida con admirable transparencia y misteriosa sensiblidad, quiere poner de manifiesto. La protagonista, Ines (Sandra Hüller), es una ejecutiva de una multinacional que vive en la burbuja germana de Bucarest, siempre atrapada en reuniones laborales debido a un trabajo estresante. Su vida personal, acaso inexistente, es otro misterio. La visita de su padre Winfried (Peter Simonischek), un profesor de música en horas bajas al que no quiere tener cerca, pone en marcha la función.



Como en sus anteriores filmes -Los árboles no dejan ver el bosque (2003) y Entre nosotros (2009)- la clave del cine de Maren Ade reside en los personajes y en su incapacidad para conectar. La cómica impostura de Winfried como el embajador Toni Erdmann, en su propósito de hacer reír a su hija (lo que consigue es avergonzarla), reivindica la excentricidad creativa frente a la grisura neocapitalista. Una clase de extravagancia que se apropia del filme, cuya simple premisa implica la emoción y el desconcierto del espectador, que no podrá imaginar hacia qué despertares catárticos camina el filme cuando llega a su glorioso tramo final. No se recuerda ningún otro pase en Cannes en el que la prensa aplaudiera dos veces durante la proyección, aparte de las constantes carcajados de llanto. Lo dicho, la comedia más revolucionaria del siglo.



@carlosreviriego