Cine

Oscars 2006

El juego de Hollywood

2 marzo, 2006 01:00

Heath Ledger en Brokeback Mountain

Es la fiesta de las sonrisas y las lágrimas, de las decepciones y los sueños, de las vanidades y las envidias. La gran fiesta de Hollywood, que afronta su 78 edición, es también la fiesta de las ironías y contradicciones. Robert Altman se encarga este año de corroborrarlo. Artífice de obras maestras que cambiaron el curso de Hollywood, aquél que en los revueltos sesenta enterró los estudios y abrazó el cine independiente, padre indiscutible del cine moderno norteamericano -Mash, Los vividores, Un largo adiós, Nashville-, el insobornable director de Kansas recibirá a sus 81 años el Oscar que la Academia le ha negado sistemáticamente durante sus cincuenta años de carrera. Con el inevitable sabor agridulce de los homenajes, el director de El juego de Hollywood, que recientemente ha presentado su último trabajo en la Berlinale, subirá el domingo al escenario del Kodak Theatre de Los Angeles a recoger una estatuilla que su cine contestatario nunca necesitó para ocupar páginas doradas de la historia del séptimo arte. Su discurso de recepción, el único que supuestamente no estará sometido a las estrictas leyes del ‘timming’ televisivo, tiene visos de convertirse en el plato fuerte de la noche. Y es que nada hace pensar, como vuelve a demostrar en A Praire Home Company, que la edad haya conseguido domar su legendaria rebeldía.

La ironía política
No deja de ser irónico que sea precisamente el independiente señor Altman la estrella invitada a una edición especialmente contestaria, especialmente airada con el poder establecido y especialmente crítica con ciertas actitudes de la sociedad estadounidense. La Academia de Hollywood también quiere borrar su imagen conservadora y arcaica con un host de aura irreverente (el periodista televisivo Jon Stewart) y colocando al frente de las candidaturas películas cuyo mensaje se congracian con esa imagen. De entre las producciones que optan a mejor película, portadoras todas ellas de un considerable montante de candidaturas, tenemos por un lado dos alegatos casi institucionales en torno a la tolerancia y el respeto social: a la homosexualidad (Brokeback Mountain, 8 nominaciones) y a la diversidad étnica (Crash, 6 nominaciones). Por otro lado, no falta la nota política, muy relevante, que con mayor calibre cinematográfico se vuelca providencialmente en defender la libertad de prensa (Buenas noches y buena suerte, 6) y en reflexionar sobre las culpas y los efectos del terrorismo internacional (Munich, 5).

Pez fuera del agua
Sólo el interesante biopic de Truman Capote, que puede hacerse con cinco Oscar si la noche le sonríe, parece un pez fuera de las aguas políticas y sociales en las que nadan los largometrajes que optan a mejor película y a mejor director. La nominación a una de estas dos categorías es matemáticamente pareja a la otra, por lo que tres directores noveles como Bennet Miller, Paul Haggis y George Clooney (con su segunda película), se encuentran en disposición de pugnar por un Oscar frente a dos veteranos, probablemente los directores más camaleónicos de Hollywood: Ang Lee y Steven Spielberg (quien también participa con La guerra de los mundos, nominada a efectos visuales). Aunque sólo sea porque le preceden festivales, globos de oro, baftas y premios de la crítica estadounidense, las apuestas están en el director taiwanés y en su Brokeback Mountain.

Son pocas las estatuillas ya cantadas. Si acaso sólo la de Reese Whitherspoon dando el do de pecho en la piel de June Carter (En la cuerda floja), aprovechando que se han olvidado de Scarlett Johanssen y de Naomi Watts (¿por qué?); aunque en el apartado masculino de interpretación, si Heath Ledger lo permite y ya que Russel Crowe no ha entrado en el lote (cuando podría haberlo hecho por su papel en Cinderella Man), puede caerle tanto a Joaquin Phoenix (esforzado Johnny Cash) como a los otros dos actores que interpretan a sendos personajes reales -Phillip Seymour Hoffman a Truman Capote y David Strathairn a Edward Murrow-, igual de sublimes en sus papeles. Rachel Weisz (El jardinero fiel) y Katherine Keener (Capote) se disputarán seguramente el de actriz de reparto, mientras que Clooney tiene opción de triplete si le reconocen su excelente intervención en Syriana, película que también opta al guión original.

Será atractivo descubrir si en el apartado de documentales se deciden por las escalofriantes denuncias políticas y económicas (La pesadilla de Darwin, Street Fight y Enron, los tipos que estafaron a América), como pide la inercia de los tiempos, o si por crónicas más comerciales de superación y supervivencia (Murderball y El viaje del emperador). Aunque se agradece que este año los académicos hayan ignorado a Ron Howard (bastante tuvo ya con Una mente peligrosa), se echa en falta un mayor reconocimiento a los últimos y grandiosos trabajos de Woody Allen (Match Point), Peter Jackson (King Kong), David Cronenberg (Una historia de violencia) y Terrence Malick (El nuevo mundo). Las suyas son películas acaso demasiado escapistas para los tintes políticos que ha tomado esta 78 edición, o quizá demasiado conscientes de la reflexión cinematográfica inscrita en sus propuestas como para jugar con ventaja en el efímero juego de Hollywood.