La editorial Caro Raggio ha reunido tres novelas cortas de Pío Baroja (1872-1956), correspondientes a los últimos años de vida del escritor y publicadas originalmente en 1954 por Biblioteca Nueva con el título de Los contrabandistas vascos y con alguna variante en la selección.



Ahora se utiliza el mismo título, el del segundo relato, que condensa bien la esencia del libro, aunque, a mi juicio, es el más embarullado, con una trama muy poblada, con idas y venidas no fáciles de seguir, lo cual no importa demasiado porque el placer de la lectura de Baroja -al menos en mi caso- se deduce de las pequeñas observaciones y descripciones, de los diálogos cortos, de los apuntes rápidos sobre los comportamientos y caracteres de los personajes.



Es magnífico el primero, Marcos el del molino, en el que, a través de un médico rural -lo que fue Baroja durante un tiempo breve-, el escritor se asoma al mundo marginal de la minoría de los agotes y a las brujas. El tercero, Los amores de Antonio y Cristina, también está muy bien, y es la historia de un pintor envuelto en un amor romántico de curso lento y algo tórpido -quizás reflejo de los modos con los que Baroja condujo algún amorío en su juventud-, con un telón de fondo que ofrece trazos de episodios de la Guerra Civil en Irún y sus cercanías.



Estamos, claro, en el País del Bidasoa, al nordeste de Navarra, zona culturalmente vasca, el territorio vivido y recreado literariamente tantas veces por Baroja, tierra de frontera envuelta en brumas y en verdes oscurecidos que marcan la personalidad de sus habitantes y de quienes transitan por ella en su itinerancia hacia un destino incierto y asediado.



Es un Baroja en estado puro, algo deslavazado, propenso a las digresiones y poco dispuesto a sujetar con mano férrea la estructura y el ritmo de sus narraciones. Pero todos los textos aquí reunidos se disfrutan enormemente, más en las partes -incluso en cada párrafo o línea- que en el acabado del conjunto, sea por una adjetivación que sorprende o por los muchos juicios sobre esto y lo otro o por la visión del paisaje, sea, sobre todo, por la inmensa galería de tipos humanos y por los acontecimientos -chuscos o enormes- que protagonizanen un terreno marcado por la dureza de vivir y, con frecuencia, por la violencia y la miseria.



Escribe Baroja en el primer relato: "Respecto a las víboras, Marcos contó la historia de un cazador de estos reptiles, que los vendía a los boticarios y que los tenía guardados en un barril. Una noche que estaba en la cama, al despertar, se encontró con que los venenosos animales se habían escapado de su prisión y, buscando el calor, le rodeaban el cuerpo. El hombre no perdió la cabeza; llamó a su mujer y le dijo que colocara en medio de la alcoba una caldera llena de leche caliente. Las víboras, al sentir el olor, comenzaron a desenrollarse del cuello, de los brazos y de las piernas del cazador hasta que su cuerpo quedó libre. Todas abandonaron la cama y fueron cayendo a la caldera. Allí quedaron medio hartas y medio ahogadas. El hombre cogió unas pinzas, las sacó de la caldera y luego les cortó la cabeza".



Hay un Baroja de las aventuras y un Baroja realista, por simplificar, pero, en efecto, cuántas veces, aquí o allá, surgen en sus textos microrrelatos como éste, acogidos a lo fantástico, a lo mágico.