Dentro de la trayectoria del poeta estadounidense Charles Simic (Belgrado, 1938) El mundo no se acaba ocupa un lugar esencial. Su carácter de bisagra parece quedar subrayado por el hecho de que no aparece recogido en ninguna de sus antologías, ni en Selected early poems, con lo que parece separarlo de esa primera etapa, ni tampoco en La voz a las tres de la madrugada, libro que recoge parte de su producción última. Compuesto en su mayor parte por poemas en prosa, El mundo no se acaba (publicado por primera vez en 1989, premio Pulitzer de poesía) es en efecto un compendio de la imaginería del primer Simic y una especie de germen de todo lo que vendrá después. En él se mezclan todos sus ingredientes. Para empezar, las imágenes recordadas de la infancia en guerra, como en el primer poema:



Mi madre era una trenza de humo negro.

Me llevaba bien arropado sobre las ciudades en llamas.

El cielo era un inmenso lugar barrido por el viento para que un niño jugara en él.

Encontramos a muchos como nosotros. Trataban de ponerse sus abrigos con brazos hechos de humo.

En vez de estrellas, los altos cielos estaban llenos de pequeños y encogidos oídos sordos.



Otros elementos esenciales de este libro y de la obra posterior de Simic: las referencias culturales (con predilección por la filosofía), los fragmentos de discurso ajeno cazados al vuelo, las situaciones cotidianas miradas con las gafas del surrealismo. Queda aún en El mundo no se acaba algo de los poemas-objeto que caracterizaron sus inicios literarios, como en este paso:



La piedra es un espejo que funciona mal. Nada en ella sino penumbra. Tu penumbra o la suya, ¿quién sabe? En la quietud tu corazón suena como un grillo negro.



Estos ingredientes dan como resultado un volumen que parece un libro de horas alucinadas, una singular mezcla de memoria e imaginación desbordada en la que todo lo que parece tomado de la realidad parece inverosímil y lo verosímil a menudo es puro disparate. El mundo no se acaba es uno de los hitos de la poesía norteamericana (y por ende, universal) de las últimas décadas, y por ello no es extraño que sea el único libro (salvo involuntaria omisión de quien esto escribe) de un poeta extranjero contemporáneo que cuenta con dos ediciones distintas. DVD publicó en 1999 la traducción de Mario Lucarda, y Vaso Roto saca a la luz ahora la de Jordi Doce, quien fuera uno de los primeros traductores de Simic al castellano y probablemente su más entusiasta divulgador en España. Simic forma parte de una generación que, como él mismo escribe en un ensayo sobre Mark Strand, “descubrió y fue influida por la poesía europea y suramericana. Los 60 fueron un período de muchas traducciones. [...] Poetas como Pablo Neruda, César Vallejo, Vasko Popa, Henri Michaux, Paul Celan, Carlos Drummond de Andrade, Rafael Alberti, Rainer Maria Rilke, Fernando Pessoa, Zbigniew Herbert, Vicente Huidobro y Robert Desnos, además de muchos otros, fueron leídos a fondo e imitados. Nuestros historiadores de la literatura y críticos, que como mucho tienen un conocimiento superficial de las literaturas extranjeras, a menudo ignoran estas influencias importantes al tratrar este período. El reto para los poetas de cualquier edad es rejuvenecer el poema lítico, y en esos poetas encontramos muchas posibilidades inencontrables en la poesía norteamericana de nuestro tiempo”. Casi todo parece aplicable a nuestro contexto, y con certeza cualquier crítico que en el futuro hable de la poesía que ahora se escribe en España tendrá que hacer una lista similar a la anterior en la que no faltará, sin duda, el nombre de Charles Simic.