Image: El mundo desde Venecia

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Arte

El mundo desde Venecia

53 Bienal de Venecia

12 junio, 2009 02:00

Moshekwa Langa: Stage, 1997, 2009

Construyendo mundos es el título de la exposición que Daniel Birnbaum ha ideado para la 53 edición de la Bienal de Venecia. Un conjunto que huye del lenguaje grandilocuente y museístico para centrarse en la fragilidad y la austeridad en tiempos de crisis. Miguel Fernández-Cid ha paseado por todos los rincones de una ciudad convertida, hasta el 22 de noviembre, en la gran sede del arte.

Aunque resulte una obviedad recordarlo, la Bienal de Venecia tiene, al menos, dos partes: un grupo de pabellones en los que una serie de países muestra una selección de su arte actual, y una exposición general, con un comisario encargado de plantear una reflexión sobre el momento. Lo expuesto en los pabellones no responde a criterios afines, con mucha frecuencia priman los intereses políticos, pero como presencia y propaganda funcionan, ya que se añaden espacios paralelos por la ciudad, en ocasiones en los rincones más apartados, convirtiendo la visita en un recorrido imposible.

Daniel Birnbaum es el responsable de la exposición Fare Mondi (Construyendo mundos), sobre la que recae el peso de esta edición. Dejará un poco frío a quien espere una propuesta rompedora pero el tono general es grato, no sólo por el acierto en la inclusión de algunas obras sino por las reflexiones a las que invita. Unas reflexiones que surgen y acompañan al visitante por las salas, matizando el discurso teórico previo, más general y previsible.

Birnbaum reclama sensatez: trata de hacer una buena exposición, sin seguir el patrón de las que preparan los museos; quiere referirse al proceso de trabajo y promete protagonismo para la obra sobre papel, en una atractiva reivindicación de lo aparentemente leve, de la idea, de lo frágil, del poema frente al exceso escenográfico de los últimos años. La propuesta es, en principio, seductora. Birnbaum parte de la certeza de que existe un cambio y hay que buscar nuevas formas y procedimientos de hacer visible el pensamiento del arte. Tal vez donde mejor lo consiga es en el modo de percibir las imágenes: se renuncia a toda retórica escenográfica (por exceso o defecto) y se dejan espacios como los del Arsenale desnudos. El peligro está en que algunas obras se pierdan, pero como conjunto se percibe la idea de taller, de búsqueda de nuevos mundos. Resulta atractiva la filosofía de la que parte al seleccionar artistas consagrados, algunos fallecidos, para provocar momentos de tensión en la muestra: no existe un planteamiento histórico ni se pretende que todo encaje o se explique, sino que se persiguen referencias, y no disgusta que sean obvias.


Entre el Arsenale y el Palazzo
En ese sentido, Fare mondi se abre elocuente en sus dos espacios, rescatando una soberbia instalación de Ligia Pape, titulada Ttéia I, C (2002), que transforma en penumbra y misterio la entrada al Arsenale, con sus geometrías de hilos de luz a modo de constructivo dibujo en el aire, evocando una anunciación; y otorgando el protagonismo inicial en la entrada al antiguo Pabellón de Italia, convertido en Palazzo della Biennale, al argentino Tomás Sarraceno, con una instalación en la que funde tres metáforas: las galaxias, la red y la tela de araña. Como arranques resultan muy esperanzadores, porque de inmediato juega al contraste visual, en lo que es uno de los grandes aciertos de Birnbaum: indicándonos el modo de ver el mundo por parte de los artistas, pone énfasis en proponer otras maneras de mirar esas obras.

En el Palazzo, con su diseño interior fragmentado y difícil, Sarraceno tiene de inmediato su guiño de complicidad en üyvind Fahlstrüm, cuyo mundo de fragmentación y diálogos sirve de imagen perfecta de esta Bienal. De inmediato, nos encontramos -con tratamiento museal en la elección de obras- con buena parte de los rescates que le sirven a Birnbaum para indicarnos por dónde quiere llevar el debate: los Gutai como proceso, Lygia Pape, Sherrie Levine, Blinky Palermo, Gordon Matta-Clark... La novedad reside en que las obras están seleccionadas para crear climas, momentos, zonas de tensión o reflexión. Y se van encadenando los encuentros estéticos, como el cuidado espacio dedicado a Tillmans o la aparición de obras de André Cadere, en un emotivo homenaje. En esos detalles y en ese tono se hace fuerte Fare mondi: aunque no faltan obras que quedan en la retina inicial, como las proyecciones de Hans-Peter Feldmann, la novedad es el paso de los papeles pintados (Yellow Movies) por Tony Conrad en el 1973, dejando vacío el espacio central, a modo de proyección, al vídeo en el que Baldessari no sabemos si pinta de rojo una habitación o simula la representación de ese espacio sobre una superficie blanca. Como las obras están realizadas en 1973 y 1977, respectivamente, explican el interés del comisario por sugerir al espectador que mire de otro modo, que no sea pasivo.


El silencio del Arsenale
Algo parecido ocurre en el Arsenale, con la diferencia de que al dejar desnudo el espacio -de verdad: sin crear esa retórica escenografía adicional tan frecuente en propuestas de este tipo- el conjunto tiene un aire más experimental pese a que la filosofía se mantiene. Porque tras reclamar silencio la obra de Lygia Pape, llega Pistoletto con un amplio salón de espejos, que crea en el espectador la sensación de que se trata de maneras de ver y mostrarse. La disposición de las obras provoca diálogos intencionados, como el que se establece entre Jan Hafstrüm y Pascale Martine Tayou, pero deja espacio a obras que requieren un entorno casi privado, como las irónicas postales de Aleksandra Mir, capaces de integrar en Venecia todos los paisajes posibles; las fotografías de Carsten Hüller de casas intervenidas, en un espíritu muy post-Matta-Clark; o los bastones aéreos -escultura que es dibujo- de Richard Wentworth, en diálogo con fotos un tanto epigonales de Amy Simon.

Tras una pieza de Paul Chan, que reitera el efecto de la de Feldmann en el Palazzo, obras muy frescas de los españoles Bestué/Vives y Sara Ramo, una de las sorpresas más agradables, con una proyección de dos imágenes que se unen prolongando y creando un único espacio que, sin embargo, lo percibimos casi opuesto en cada proyección (Quase cheio, quase vazio).

La obra de Sara Ramo puede verse como un modo de construir la imagen, lo que ocurre con las de Cildo Meireles -seis estancias coloreadas con una pantalla plana en uno de sus ángulos, reproduciendo la imagen que oculta, en otro momento estelar de la Bienal- o Jorge Otero Pailos, quien rescata en látex la pared de un palacio veneciano. Uno representa el espacio desde el color, el otro duplica la piel de la arquitectura restada de color…

En ese juego de relaciones podemos incluir a Ulla von Braadenburg, o entrar en el que se establece entre Thomas Bayrle, cuyas imágenes se componen de fragmentos de otras a partir de una composición muy medida, y el tibetano Gonkar Gyatso, aparentemente más desordenado pero fascinante en su modo de crear microcosmos y emplear esos recursos casi primarios a partir de los cuales Fahlstrüm creó un mundo propio.

La luz, la fragmentación de la imagen, su proceso de gestación, o el sonido -éste se hace evidente al final de la muestra, tras los videos de Grazia Toderi- son referencias constantes en Fare mondi, una exposición que obtiene sus mejores momentos en la selección de obras históricas, en la manera de incluir una decena de propuestas novedosas y, especialmente, en la sensación final de haber mantenido un diálogo con lo visto.

Donde Birnbaum se muestra cauto y sabio es en la elección de los artistas que diseñan los espacios educativos, la cafetería y la librería, optando por Massino Bartolini y dos artistas hacia los que se nota la total complicidad de anteriores colaboraciones, Tobias Rehberger y Rirkrit Tiravanija, que intercambian sus espacios naturales.

La Bienal de Venecia es, también o sobre todo -si atendemos al efecto final o al despliegue de espacio- una ocasión para sopesar el verdadero momento que vive el arte en un país, la política cultural que lo rige, los debates que ocupan al medio artístico, sus relaciones con el entorno, sus posibilidades, sus apoyos...


Paseo por los pabellones
Como ejemplo, basta con recorrer los pabellones del Giardini, capaces de marcar el tono oficial. Estados Unidos dedica el suyo a Bruce Nauman, con una selección espléndida de obras -de pequeña escala pero intensas, poéticas- y un montaje sencillo, tranquilo, perfecto, sin energías adicionales. Como apoyo, dos exposiciones complementarias en la ciudad. Gran Bretaña trae otro nombre fuerte, Steve McQueen, con su película Hunger, premiada como mejor opera prima en Cannes 2008. Una única pero importante dificultad: el aforo limitado dificulta la visión de una obra realmente esencial. Algunos países -Holanda, Alemania, Dinamarca y países nórdicos, incluso España, aunque de forma más cauta- abren sus pabellones a artistas nacidos en otros lugares. La propuesta holandesa es espléndida: confesada mi debilidad por el trabajo de Fiona Tan, da gusto que en una ocasión como ésta se ofrezca una verdadera síntesis de sus preocupaciones e intensidades de voz, uniendo pequeñas secuencias que actúan como poemas breves -en blanco y negro, pero en extremo plásticos-, con grandes videoinstalaciones, sin que se interfieran. En Alemania el protagonismo es para un Liam Gillick -otra devoción personal- que se encierra dándole en exceso vueltas a una idea inicial brillante. Los artistas Elmgreen & Dragset son los comisarios del pabellón de Dinamarca y países nórdicos, mostrando su ya conocido dominio al resolver espacios, plantear equívocos y jugar con la ironía y lo explícito con notable desparpajo. Resulta grato encontrar, entre sus artistas seleccionados, a Pepe Espaliú.


La austeridad de Bächli
Otro de los lujos de la Bienal es el pabellón central de Suiza, dedicado a Silvia Bächli, una artista al fin valorada: creadora de un mundo que juega a reproducir lo cotidiano, lo más próximo, centrándose en un detalle casi siempre en fuga; que recurre a lo mínimo, a una línea que adelgaza, a una tinta que pierde intensidad y juega con distintos tonos, a cierta austeridad con las gamas de color, a mucha contención; capaz de sopesar los formatos, ocupar la pared o mostrarse sobre la mesa, recreando los rincones del estudio. No está presente en la propuesta de Birnbaum pero sintetiza esa exaltación de lo leve, del proceso, a la que hace referencia. Como otros artistas perdidos en sus pabellones, caso de Carlos Garaicoa (Cuba) y sus mágicas construcciones desde un plano recortado; el vídeo de Elisa Sighicelli y la videoinstalación de Valerio Berruti, dos precisos rincones mágicos de un pabellón italiano un tanto excedido; los dibujos de Pavel Pepperstein y el mural de Alexei Hallima en el pabellón ruso… La lista podría seguir, entrando en los matices personales, pero en ese punto mejor que cada uno añada sus preferencias, porque este año la Bienal anima al paseo y renuncia a los dogmas.

Las dudas de Barceló

ágil y comunicativo, Miquel Barceló debe de ser consciente del momento difícil que atraviesa su pintura. Quizá por eso proclama el peligro de la mirada digital, mientras se preocupa en dar luz a los espacios del Pabellón español, creando un recorrido cercano y cálido. También quiere arroparse, planteando la selección de obras como una especie de buceo en la última década. Incluso el hecho de dedicar un pequeño espacio al escritor y artista François Augiéras -gesto que entra dentro de su comportamiento natural-, puede ser visto como una manera de reclamar hilos de conexión.

No parece estar en su mejor momento, pero la selección final no acompaña a quien, siendo pintor, se sabe en un camino difícil y se muestra desigual y sin ese punto de agilidad que le permitía cautivar con una imagen, con un papel, con un casi nada. Creo que el protagonismo dado a la cerámica y su escala es un error; que la selección de cuadros debería haber sido más estricta y cómplice; y, sobre todo, que es consciente de estar empeñado en una búsqueda esquiva, pero cuesta creer que haya perdido la frescura comunicativa que tenían sus imágenes.