La tragedia se mascaba en el aire. Galería Ponce + Robles. Alameda, 5. Madrid. Comisario: Tiago de Abreu Pinto. De 1.500 a 6.100 €. Hasta el 29 de octubre

A comienzos de año, la galería Ponce + Robles nos sorprendía con un programa muy sugerente con el que celebraba el aniversario de sus directores al frente de galerías (Raquel Ponce cumplía 30 años y José Robles, veinte). Sucedía, además, en un momento singular, con el confinamiento todavía fresco, sin ferias de arte a la vista y con una necesidad acuciante de replantearse el modelo de galería. Su solución fue hábil, pasarles el testigo a cuatro comisarios –David Barro, Susanna V. Temkin, Tiago de Abreu y Pily Estrada– para que, siguiendo una partitura, hablaran de uno de los cuatro elementos de la naturaleza, armonizando esta melodía con artistas propios e invitados.

El tema de la naturaleza, ya lo decía el crítico José María Parreño en estas páginas, es ya casi un género contemporáneo, algo así como las marinas hasta el siglo XIX, pero lo interesante del acercamiento de La tragedia se mascaba en el aire, la tercera de estas muestras dedicada ahora al elemento gaseoso, es que tiene su germen en una propuesta coral anterior que orquestó Tiago de Abreu, el comisario de la exposición, en pleno confinamiento de 2020. Invitó a varios artistas chilenos, primero, brasileños y mexicanos, después, a montar sus obras en dos días concretos, creando un proyecto físico dislocado en el espacio pero que coincidía en el tiempo.

Hilada con maestría, esta muestra nos recuerda nuestra fragilidad pero también la potencia de la vida

Este aire libre es el germen de la exposición que podemos ver ahora en la galería Ponce + Robles, en la que participan cinco artistas, cuatro de ellos procedentes de este experimento previo, y en el que la presencia del aire, hasta ahora un espacio de libertad, se convierte en un lugar peligroso solo filtrado a través de nuestras mascarillas. Es la fuerza que mece tímidamente las Birutas, una serie de esculturas entre veleta y cometa, que Carlos Nunes (São Paulo, 1969) construye con materiales precarios –palos de madera, plásticos y hasta un plumero–, ilustrando con su sutil movimiento nuestra propia fragilidad.

Otros artistas participan con trabajos más antiguos. Ding Musa (São Paulo, 1979) toma el cielo como telón de fondo en un vídeo y una fotografía que sintetizan a la perfección dos constantes de su trabajo: el cuidado en cada una de las composiciones y el compromiso político. En el vídeo, varios buitres sobrevuelan nuestras cabezas en el cielo, girando alrededor de una montaña de basura que no alcanzamos a ver. El simbolismo asociado a la muerte que acompaña a este animal adquiere aquí nuevas capas y conecta a la perfección con las fotografías en blanco y negro de Elza Lima (Belém, 1952) en las que otros cuatro buitres situados en lo alto de unas almenas, se preparan para emprender el vuelo.

Vista de la exposición

El tiempo pasa lentamente en el vídeo de la mexicana Chantal Peñalosa (Tecate, 1987) que se detiene en una mosca apresada en el interior de un bar. Y se despliega en una explosión de color y vida en la obra más potente de esta exposición tan finamente hilada: unas piezas textiles con forma de instrumentos musicales que se enroscan y abrazan a las columnas y barandillas del espacio. Con forma de fliscorno, una especie de trompeta, sus autores, Pilar Quinteros (Santiago, 1988) y Patricio Blanche (Coyhaique, 1990), los pasearon por las calles de un Madrid casi desierto del que habían desaparecido hasta los músicos callejeros. Es el homenaje que rinden a un músico fallecido por Covid y, sobre todo, un canto a la fusión entre la alta cultura y la popular.

@LuisaEspino4