Juan-Gómez-Bárcena

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El Cultural

Juan Gómez Bárcena: “El poder se enorgullece hoy de cosas que antes ocultaba”

'Ni siquiera los muertos', la nueva novela del escritor cántabro, narra la historia de una persecución que trasciende los siglos en pos de los ideales de justicia que en cada época han inspirado a la humanidad

16 marzo, 2020 09:02

“Para escribir prefiero el pasado o el futuro. Soy muy poco observador, algo raro en un novelista, por eso mis exploraciones son siempre intelectuales o incluso fantásticas, pues tengo que crear e inventar lo que no conocí”, explica Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984), que reclama como un valor definir una novela como literaria o de ideas. Formado como filósofo e historiador, el escritor combina ambas disciplinas en Ni siquiera los muertos (Sexto Piso), la historia de una persecución, la que comienza el soldado Juan de Toñanes en pos de un indio herético, el Padre; que trasciende los lugares y las épocas para condensar la huida hacia delante de toda la humanidad, esa carrera sin freno en pos de un ideal de progreso e igualdad que siempre termina amargamente frustrado.

Desde el México recién conquistado del siglo XVI hasta la actual América de Trump, discurren por este viaje alucinado conquistadores sin fortuna, indios sublevados, campesinos revolucionarios y migrantes que cabalgan los techos de la Bestia. Hombres y mujeres que son siempre los olvidados y desheredados de la Historia que claman por una esperanza llamada, según la época, Fe o Razón y también Comunismo o Capitalismo, utopías de justicia que nunca parecen ser suficiente.

Pregunta. El protagonista persigue durante toda la novela a ese mesías que cambia de forma en cada época, ¿cómo nacen esos mitos del profeta o del revolucionario, y para qué sirven?

Respuesta. En toda época necesitamos, de una manera casi religiosa e íntima, la idea de un mesías que nos traiga una utopía, una nueva esperanza de ruptura con el pasado y el presente. El libro recorre esas esperanzas que siglo a siglo han alimentado a la sociedad –la Fe, la Razón, el Comunismo, el Capitalismo– y muestra cómo todas ellas tienen elementos positivos. Sin embargo, también refleja cómo es muy fácil subvertir esos mensajes y conseguir que sistemáticamente ese discurso que se había creado para la emancipación acabe derivando en nuevas formas de dominación, a menudo mucho más sofisticadas e invisibles para el ojo común. Porque en los cinco siglos de búsqueda del protagonista ningún momento es el de ocuparse de los vencidos, su voz siempre queda enterrada.

P. Durante estos cinco siglos las ideas y los avances técnicos cambian y se suceden, pero no los hombres ni las luchas, ¿hay una genealogía de las revoluciones, de la lucha por la justicia?

"Existe un deseo de trascendencia en todos los seres humanos, ya sea encarnado a través de la religión, del arte o de una esperanza utópica política"

R. El espíritu revolucionario, la idea de que el orden tiene que ser subvertido, ha existido siempre, pero creo que hasta el siglo XVI todas las revoluciones jugaban con la idea de la restauración, de regresar a los valores tradicionales. Desde el XVI, uno de los elementos esenciales que trae el capitalismo es la idea de progreso, la idea de que del mañana podemos esperar cosas mejores que del pasado. Por lo tanto, a partir de entonces todo movimiento rupturista se asienta por un lado en el pasado pero también en la idea de que hay que romper con cosas y hacer algo nuevo.

P. El tiempo es objeto constante de reflexión y hay ciertos pasajes de la novela que, adaptados, se repiten en cada época, ¿qué supone el tiempo en la vida humana?

R. El tiempo es un catálogo de lo que permanece y lo que no. Un elemento muy presente en todos mis libros es la idea de trascendencia: ¿hasta qué punto podemos trascender al tiempo, hasta qué punto queda algo? El libro muestra cómo las ideas trascienden, pueden haber muerto todas las personas que las sostuvieron, pero estas permanecen. Y al mismo tiempo, retrata cómo existe un deseo de trascendencia en todos los seres humanos, ya sea encarnado a través de la religión, del arte o de una esperanza utópica política, donde siempre suele haber cierta idea de inmortalidad.

P. También se ocupa de la memoria y el olvido, ¿en qué grado deben combinarse?

R. Tengo una concepción pendular de la historia, de que volvemos a vivir momentos similares, a enarbolar los mismos discursos, a agitar los mismos fantasmas. Se les llama de otra manera, les damos otro barniz, pero muchos de estos elementos resucitan. Por ello creo que todo ejercicio de memoria es útil y necesario para no cometer ciertos errores. Y al mismo tiempo el olvido está muy presente en la novela en un sentido político, pues en todos los momentos históricos que recorre el protagonista, siempre hay una parte que habla de los olvidados, los ninguneados, los excedentes del sistema y de la historia. Con ellos hay que hacer un ejercicio de visibilización y reivindicación.

La historia de los olvidados

P. Precisamente se ocupa de la historia minúscula, la de los pobres y anónimos, ¿qué nos enseña esta historia frente a la que recogen los libros?

"Para entender la historia hay que mirar a otros pasados que no son los obvios e inmediatos y a otros enfoques que no son los repetidos"

R. Me interesa mucho la microhistoria, apartarnos de los relatos de reyes, batallas y élites y centrarnos en una historia de la vida cotidiana, la de personas como nosotros, donde podemos identificarnos y entender lo que fue cada época. En la novela los grandes hombres aparecen como un ruido de fondo y vemos cómo se materializan en la vida cotidiana los cambios que se dan en las altas esferas. Para entender la historia hay que mirar a otros pasados que no son los obvios e inmediatos y a otros enfoques que no son los repetidos.

La ambientación inicial en la época de la Conquista está lejos de ser casual, pues reúne varias características que resumen los puntos principales de Ni siquiera los muertos. Por un lado, Gómez Bárcena establece un paralelismo entre los inmigrantes actuales y los indios de entonces, “niños indígenas que fueron fanatizados en la religión cristiana estableciendo una clara cesura con su comunidad. Ya no eran indios ni españoles propiamente dichos. Un poco como ocurre con el inmigrante hoy, que es una persona que vive en dos tiempos: el del lugar de origen, al que no puede volver, y el del lugar de acogida, donde nunca es entendido y aceptado del todo”, explica el escritor. Además, también pesó la elección de México, marco realmente elástico que sirve parar retratar una realidad global, pues como defiende el autor “en México conviven hoy muchos estratos temporales simultáneamente. Se combinan elementos arcaicos del pasado con la expresión más terrorífica del capitalismo, que se ve en un lugar como Ciudad Juárez”.

P. Al narrar lo que fue la Conquista no escatima horrores ni tampoco buenas intenciones. ¿Tiene sentido juzgar hoy a aquellos hechos?

R. Habitualmente la gente es muy maniquea: o la Conquista fue gloriosa o un genocidio. Un genocidio siempre debe llevar una voluntad detrás y los españoles no tenían esa intención de exterminio. Sí hubo batallas, esclavitud encubierta…, pero también una voluntad sincera de llevar la fe y la civilización a los indígenas. En cuanto a las peticiones de disculpa de hace unos meses, a mí el comentario de López Obrador no me molestó en absoluto, pues es cierto que la corona española actual es heredera de la corona de los Austrias, bajo cuyo dominio se cometieron algunos actos que a ojos de hoy son terroríficos. Pero antes de repartir culpas, desde México habría que explorar muy bien cuál es la situación del indígena hoy y la población mexicana debe hacer un autodiagnóstico sobre su sociedad actual antes de buscar culpables fuera.

La resurrección de la xenofobia

P. Esta es también una historia de migrantes, desde los castellanos que van al Nuevo Mundo hasta quienes cruzan hoy a EE. UU. ¿La migración es algo intrínseco al ser humano?

R. Toda la historia de la humanidad, incluso la prehistoria, está marcada por la migración y los movimientos de población. El ser humano es migrante por naturaleza y los emigrantes lo que buscan al fin y al cabo es una idea de utopía. El México del XVI y los Estados Unidos del XXI comparten ese valor de región mítica y deseada. Hay fuertes paralelismos entre los conquistadores de entonces y los centroamericanos que viajan en la Bestia, todos van en busca de un sueño y a menudo ninguno de ellos encuentra nada más que terror.

"En menos de un siglo Europa ha perdido su hegemonía, tenemos algo de vieja idea, de sueño un poco polvoriento, y esta sensación de declive genera el miedo en que vivimos"

P. Sin embargo, hoy la inmigración es vista como amenaza.

R. Tras muchos siglos en sentido inverso ahora estamos viendo una inmigración hacia nuestros propios países, lo que alimenta la turbación y el miedo de ciertos sectores y está despertando sentimientos xenófobos que parecían dormidos. Además, estamos inmersos en una gran crisis. En el espacio de un siglo Europa ha dejado de ser la primera potencia mundial, tenemos algo de vieja idea, de sueño un poco polvoriento y algo de esta sensación de permanente declive genera ese miedo. Lo que hace que volvamos a ideas que, hace 10 o 15 años, hubieran sido impensables. Siempre pongo el ejemplo del “barco de la vergüenza”, esa embarcación de judíos que en 1939 fue vagando por todo el Atlántico sin que ningún país les quisiera dar cobijo. A todo el mundo le parece algo atroz. Y sin embargo hoy vemos en las noticias barcos llenos de refugiados sirios que nadie acepta y entendemos que hay una fuerte diferencia. Pero yo no soy capaz de verla.

P. En todas las épocas vemos atrocidades enormes justificadas por un ideal, ¿es el precio a pagar por buscar un futuro mejor?

R. Isaiah Berlin planteó el dilema de a cuánta gente sería uno capaz de matar por la felicidad suprema de la humanidad. Es una idea muy peligrosa pues en aras de un ideal se puede sacrificar, incluso hoy, a la humanidad entera. Hay que evitar tratar a los humanos como medios para conseguir un fin. Ese es el límite.

P. Quizá por eso últimamente han aparecido multitud de libros que reflexionan sobre la migración y la condición del migrante, como los de Hernán Díaz o Valeria Luiselli, ¿por qué la literatura pone ahí su mirada?

R. Creo que la situación actual en Occidente, en particular el gobierno de Donald Trump, hace que estas realidades salten a la luz. Se dice mucho que ya Clinton, Bush u Obama habían emprendido el cierre de la frontera, el famoso muro, pero aunque eso fuera cierto, algo muy peligroso de nuestra época es que un presidente como Trump se considere legitimado para decir ciertas cosas, no sólo para hacerlas. Que esto se hiciera en el pasado en la trastienda, en la sombra, porque no podía ser dicho, es un buen síntoma de una sociedad. En cambio, para Trump es positivo verbalizar los crímenes de la política migratoria. El poder se enorgullece hoy de cosas que antes ocultaba. Quizá esa es la diferencia que lleva a la literatura a poner el foco en ese territorio hostil que es toda migración.

"En aras de un ideal se puede sacrificar, incluso hoy, a la humanidad entera. Pero el ser humano no debe ser un medio para conseguir un fin"

P. Pese a todo, el mundo actual disfruta de grandes progresos a todos los niveles.

R. Hemos logrado indudablemente un progreso material, pero hay una degradación de los niveles de felicidad por culpa del capitalismo sin frenos. Sí, nos ha traído más democratización individual y colectiva, hay más países en los que se producen tomas de decisiones, pero también es verdad que los mecanismos de poder siguen operando y que ahora son más invisibles y difíciles de detectar. La gente no se da cuenta de que no hay verdadera igualdad de condiciones en esta cerrera en que se ha convertido la vida.

P. Y más allá del capitalismo, ¿cuál es el ideal que vislumbra para el siglo XXI?

R. En todas las épocas hay cierta sensación ambivalente de que todo está por ocurrir y a la vez todo ha ocurrido. Sin ir más lejos, tenemos el ejemplo del "Fin de la Historia" de Fukuyama, que 30 años después nos hace sonreír con cinismo. Estoy convencido de que el capitalismo, como expresión humana que es, será sustituido por otra cosa que ahora nos parece inimaginable. Quizás porque hoy en día tenemos la conciencia de que todos los sistemas nos han fallado, ya no existe esa esperanza inocente en el cambio a mejor que existía en los 60. Cada vez tenemos más un pensamiento destructivo y no constructivo. Pero tengo una infinita curiosidad por el futuro, porque las épocas destructivas suelen ser seguidas por épocas en extremo constructivas. Seguramente desde el futuro sea muy fácil ver qué elementos del hoy están ya construyendo los mimbres del nuevo paradigma, pero desde el presente es imposible.