Javier Vallhonrat. La sombra incisa.

Real Jardín Botánico. Plaza de Murillo, 2. Madrid. Comisarios: Javier Vallhonrat y Ángeles Imana. Hasta el 1 de septiembre

La fotografía de alta montaña es un subgénero que se desarrolló en la segunda mitad del siglo XIX a través de dos perspectivas: la científica y la deportiva-turística. En Europa, la meca de los amantes de la montaña fueron los Alpes, figurando entre los pioneros allí los hermanos Bisson, que los recorrieron desde 1853 y produjeron panorámicas, formato muy habitual incluso hoy, y las primeras fotografías de la cima del Mont Blanc, usando nieve derretida para revelar las placas. Poco después, Ernest Edwards se unía a la expedición de 1865 del Alpine Journal para el estudio de los glaciares. Compartía el tono escenográfico habitual en la fotografía alpina pero también perseguía el detalle informativo al mostrar las formas y los materiales de las morrenas. Por su parte, Aimé Civiale realizó entre 1859 y 1869, para el Institute de France, 41 amplios panoramas y 600 fotografías individuales con los que completó los perfiles del sistema alpino, en el más temprano intento sistemático de aplicación de la fotografía a las ciencias de la tierra.

Javier Vallhonrat (Madrid, 1953) conoce sin duda a estos antecesores pero ha dialogado en privado con otro de los pioneros de la alta montaña: Joseph Vigier, que en 1853 atravesó los Pirineos por Benasque y fotografió por primera vez el macizo de la Maladeta y su glaciar. Vallhonrat adoptó de él su objeto de estudio pero también la relación entre la mirada fragmentada y una idea de totalidad, el interés por las texturas y las masas casi abstractas, por la atmósfera, y la tensión narrativa entre el aquí, donde piso, y el allá, donde miro con deseo. Lleva una década entregado a una rara locura por las cimas, las nieves y los hielos y ahora, tras recibir el primer Premio Trayectoria de la Fundación Enaire, muestra el resultado de sus tres últimas "acometidas" a la Maladeta.

Vallhonrat lleva una década entregado a una rara locura por las cimas, las nieves y los hielos y aquí muestra el resultado

La exposición se compone de varias series que manejan diferentes distancias al hielo. La primera sala es la que mejor transmite el tono del trabajo, con unos dibujos preparatorios de grandes cualidades plásticas –hay otra serie de dibujos, hechos con hielo, pertinentes pero poco originales– y un vídeo en el que las imágenes de ascensión o acecho y las palabras del artista nos transmiten el carácter a la vez muy corporal y muy especulativo –la imposibilidad del empeño documental– que subyace a las obras.

La primera serie fotográfica, Polípticos, compone con cuatro negativos en cada uno vistas fragmentarias de la grieta que se forma entre el borde del glaciar y la roca. Para hacerlas usó una pequeña tienda de acampada como cámara oscura, permaneciendo él en su interior e intensificando así esa implicación somática mencionada. Tanto en esta serie como en Perfil, una visión satelital del glaciar compuesta por 53 vistas obtenidas de Google Earth, Vallhonrat actualiza el collage decimonónico para formar panoramas e incorpora el acento científico, combinando la geografía visual con el mapeo tecnológico. Y aquí viene el gran problema de esta entrega del largo proyecto: ese Perfil y, sobre todo, la Simulación de simulación y las fotografías de los neveros, que aíslan la nieve y el hielo en fotografías reales dándoles aspecto de rotación virtual o gráficos digitales, son muy difíciles de interpretar como imágenes y de entender en el seno de la producción de Vallhonrat y de este poético y quimérico empeño de conocimiento del moribundo glaciar.

@ElenaVozmediano