Le encantaría que alguien hubiese escrito un libro como los suyos en la Antigua Grecia. Porque así, dice, sabría cómo vivían exactamente, y qué pensaban de la manera en que vivían, los griegos de entonces. Tomar el pulso al mundo que late bajo el mundo, a las pequeñas piezas del puzle de la Historia. "El siglo XX", dice, "es el siglo de la insurrección de las masas", añade, "el siglo en el que cada persona tiene derecho a no desaparecer, a no partir sin dejar rastro". Y con esa idea en mente, una grabadora, libretas, lápices, y la convicción de que todo el mundo merece ser escuchado, porque la verdad está hecha no de una única sino de muchas, Svetlana Aleksiévich (Ucrania, 1948), Premio Nobel de Literatura en 2015, salió a la calle decidida a completar lo que ella ha dado en llamar La Enciclopedia de la Utopía Roja, una monumental obra en cinco volúmenes (de la que forman parte La guerra no tiene rostro de mujer, Los muchachos del zinc, Voces de Chernóbil y El fin del 'Homo Sovieticus', los tres primeros en Debate, el último, en Acantilado), en la que toma el pulso al pasado y el presente ruso, anticipando un futuro marcado por la nostalgia de una Unión Soviética de la que, al parecer, sólo se recuerda lo dudosamente 'glorioso' de la misma. "El culto a Stalin ha vuelto", dice Aleksiévich. Según relata en 'El fin del 'Homo Sovieticus'', la mitad de jóvenes de entre 19 y 30 años considera que Stalin fue "un gran dirigente político".

"El culto a Stalin ha vuelto. La mitad de los jóvenes considera que fue un gran dirigente"

Así que, escribe, "el país donde Stalin mató a tantas personas como Hitler ve resurgir ahora un nuevo culto a su figura". Todo lo soviético vuelve a estar de moda. Han aparecido cafeterías soviéticas, y bombones soviéticos y embutidos soviéticos, "con el olor y el sabor que conocemos desde la infancia". Hay, dice, decenas de programas televisivos y portales en internet dedicados a alimentar la nostalgia de los tiempos soviéticos. Los campos de trabajo de Stalin se han convertido en destinos turísticos. El anuncio de la empresa que organiza los viajes promete que a cada turista se le proporcionará un uniforme de preso y un pico para garantizarle así una experiencia auténtica. ¿Es inevitable el regreso del comunismo en Rusia? "Sí, porque el pueblo se sintió defraudado por lo que pasó en los 90. No había un plan para el fin de la Unión Soviética. En los 90 nos sentíamos héroes. Creíamos que se iría el comunismo y llegaría la libertad, pero lo que ocurrió fue que vencimos al monstruo, y aparecieron las ratas. Las calles se llenaron de ladrones. No era raro ver cadáveres junto a la puerta de casa. Todo consistió en robar después de la caída de la Unión Soviética porque no teníamos un plan. Llegó la libertad y nadie sabía qué era ni qué hacer con ella. Y nos sentimos como niños, traicionados. Habíamos vivido todo ese tiempo en un mundo inventado, el que habían inventado los libros, un mundo que habíamos idealizado y que, en realidad, no existía. Nadie pensaba entonces en el capitalismo porque la mentalidad rusa niega el capitalismo, y no estábamos preparados. No estábamos preparados para ese mundo cruel".

En ese sentido, añade, Rusia es ahora mismo "un país peligroso". ¿Por qué? "Porque se siente humillado de la misma manera en que se sentía humillada Alemania en los años 30. Las nuevas generaciones no quieren vivir en un país humillado, quieren una Rusia grande, fuerte. Sigue sin mencionarse el capitalismo. Al capitalismo, en Rusia, se le llama 'el Mercado'. Los nuevos patriotas creen que Putin es un líder débil porque no está aterrorizando a Estados Unidos. La verdad es que no sabemos qué pasará. El futuro es incierto, pero está claro que el comunismo volverá, y el mayor miedo que tenemos los intelectuales en este sentido es que regrese el pasado, en la peor de sus formas. Pero Putin está en buena forma. Practica judo. La cosa va para largo", contesta.

Aleksiévich, de visita en nuestro país, donde participará en una serie de conferencias en más de un festival literario, entre ellos, el Kosmópolis, atendió a la prensa en Barcelona en un encuentro ligeramente multitudinario en el que recordó cómo empezó todo. "Mi padre era periodista. Yo desde pequeña lo admiraba. Y desde pequeña sabía que quería ser periodista, como él, cuando creciera. Él no pudo ejercer de periodista, acabó siendo maestro en un pequeño pueblo, y me gustaba mucho esa vida. Escuchaba, ya desde niña, a todas esas mujeres hablando de la guerra", recuerda. Y añade: "El periodismo que me gustaba, el que me interesó desde el principio, no era el que se basaba en hechos banales, sino en la gente. El periodista debe continuar aprendiendo, debe aprender cada día, desplegar sus antenas y escuchar, debe captar la vida, y todo lo que lo ha aprendido y lo que escucha, se integra entonces en un cuadro, que puede resultar parecido a lo que hago".

"No había un plan para el fin de la Unión Soviética. Vencimos al monstruo y aparecieron las ratas"

De la manera en que consigue el tipo de confesiones que logra de sus muchos interlocutores, pues, recordemos, sus libros son pura polifonía de voces de lo que, en la tradición rusa podría considerarse 'hombres pequeños', hombres y mujeres corrientes, dice que la clave es no presentarse ante ellos "como una Premio Nobel sino como una amiga". "En muchos casos, lo primero que sueltan son banalidades, pero si sigues preguntando, si sigues indagando te cuentan cosas que ni siquiera recordaban. Cada persona es como un cofre, y hay que saber abrirlo. Nuestra memoria tiene muchas puertas, y muchas de ellas están cerradas. Sólo hay que encontrar la llave adecuada", sentencia. Y en todo momento se muestra segura y confiada. Habla mucho y durante mucho rato. Lenin escribió: "Los intelectuales no son el cerebro, sino la mierda de la nación". Pero ella no le teme a nada. Dice que, aunque en Bielorrusia sea persona non grata, y aunque sabe, a ciencia cierta que, tarde o temprano, sus libros se prohibirán en Rusia, donde, si aún no se han prohibido es porque "Rusia es demasiado grande, no hay forma de controlarla, y todavía el gobierno no ha intervenido las editoriales, sigue concentrado en los medios de comunicación", lo importante es que se publiquen. Sea donde sea. En cualquier caso, dice, el miedo persiste. "Nacemos con ese miedo", dice. "Ya no es tan horrible como en tiempos de mi padre, pero si dices algo malo de Putin, puedes perder tu trabajo, pueden echarte de la universidad. Mi padre me contaba que, en su época, a la vuelta de vacaciones, en la universidad, sólo quedaban 5 de los 30 profesores que había antes de que se fueran. Ahora no pasa, pero igualmente hay personas que desaparecen. Y la gente sigue teniendo miedo a salir a la calle y perderlo todo. El ciudadano se siente indefenso. No me gusta que digan que Putin es el demonio, pero en cada ruso hay un pedazo de Putin, su figura concentra el sentimiento de humillación y engaño de la gente, que cree que Rusia debe ser salvada, ¿salvada de quién? Nadie lo sabe", expone.

"Ya he dicho todo lo que quería decir sobre la Unión Soviética, ahora quiero centrarme en el amor"

Y zanja el tema del comunismo asegurando que no lo considera "una mala idea" pero que sin duda "la versión rusa lo ha sido", ha sido una mala idea. Y que no cree que la Humanidad esté preparada aún para lo que supondría un comunismo bien aplicado. "Quizá nos falten, como especie, 200 o 300 años para que algo así pueda ser posible", considera. A continuación dice que sus libros no son puro periodismo, que ofrecen algo más, que son, claro, literatura. "La literatura", dice, "se adentra en el misterio de la vida humana". Y eso está tratando de hacer ella. Lo hizo en Las voces de Chernóbil, libro sobre el impacto del desastre nuclear de Chernóbil, un desastre que ella no considera parte del pasado sino del futuro. "Estuve en Japón hace 30 años, en el lugar donde luego ocurrió otro desastre nuclear y les pregunté a los trabajadores, a los que dirigían la central, si no tenían miedo de que pudiera ocurrir algo como lo que ocurrió en Chernóbil, y dijeron que no, que eso habían sido los rusos, que eran muy caóticos y muy desordenados. Luego, cuando ocurrió, se demostró que no habían tenido en cuenta el impacto sísmico. Y para mí fue una prueba de lo que ocurre cada vez que el ser humano se enfrenta a la naturaleza y cree que puede ganar. Que siempre pierde. Recuerdo cuando ocurrió lo de Chernóbil, que enviaron a un montón de soldados armados a la zona y yo les preguntaba: '¿Para qué son las armas?' Y ellos no sabían qué responder. El enemigo era invisible. El enemigo era la propia muerte. No puedes dispararle a la muerte. Al cabo de un tiempo, dejaron de enviar armas. No tenía ningún sentido".

¿Y después de todo eso, qué? ¿Trabaja ya en algo nuevo? Sí, está escribiendo un libro sobre el amor. Entrevistando a hombres y mujeres y preguntándoles qué es para ellos el amor. "Ya he dicho todo lo que quería decir sobre la Unión Soviética, ahora quiero centrarme en el verdadero fin de la vida humana, que es el amor, por un lado, y la muerte, por otro. El amor como consuelo, y la muerte como fin de todo", explica. Menciona, antes de marcharse, a sus maestros, entre los que se encuentra Dostoievski, y dice que en sus libros trata de crear "un espacio épico" porque "sin toda esa polifonía es imposible ver la Verdad".

@laura_fernandez