Rodrigo Muñoz Avia

El escritor publica Cactus, una novela hilarante sobre un perdedor que se busca a sí mismo en un viaje a Estados Unidos.

Así, de primeras, nada más insulso que un cactus. Ni el propio Rodrigo Muñoz Avia (Madrid, 1967) habría imaginado que podía convertirse en el centro simbólico de toda una novela. Es su tercera, la edita Alfaguara y se llama así, Cactus. Cuenta la historia de un hombre de 37 años al que se le acaba de desmoronar lo que más o menos se parecía a una vida y, entre obligado y anuente, pone rumbo a Estados Unidos para acudir a un curso de verano sobre cactus en la Universidad de Stanford, California. Como su inopinado nuevo objeto de estudio, él parece también anodino a primera vista, pero, además de ser un imán para todo tipo de situaciones descacharrantes, derrama una mirada irónica sobre las cosas -la del autor, en realidad- que convierte esta novela en una lectura enormemente divertida y propensa a la carcajada.



Pregunta.- ¿Cómo se instalaron los cactus en el centro de la narración?

Respuesta.- Tenía la idea de escribir sobre aquel escenario californiano y tenía bastante claro el tipo de personaje que quería: un tipo casi sin voluntad que se deja llevar. Lo que me faltaba era un elemento simbólico que marcara el recorrido interior del personaje. El cactus se me ocurrió a partir del Arizona Cactus Garden de la Universidad de Stanford, que conocí en un viaje.



P.- ¿Ha incluido vivencias propias en la novela, entonces?

R.- Estuve en Palo Alto el verano de 2009. Como el protagonista, viví la muerte de Michael Jackson nada más llegar y me alojé en el campus de la universidad. Todo lo demás es pura ficción. Es un lugar por una parte seductor y efervescente, con estudiantes e investigadores de todo el mundo. Hay mucho dinero, está Silicon Valley... Pero a la vez es un poco aburrido y vacío. Le falta identidad, cuando estaba allí me preguntaba: ¿Cuál es la cultura de la que surgió todo aquello? ¿Cuál es el pasado de esta gente? Mi personaje intenta desmontarlo con humor y una mirada irónica.



P.- ¿El humor es algo inherente a su escritura?

R.- El humor me sale de forma natural en todo lo que escribo, aunque sea un libro infantil o un guión de cine. En mi primera novela, Psicólogos, psiquiatras y otros enfermos había mucho humor y tuvo éxito; la segunda tenía menos, y ahora me apetecía volver al humor.



P.- Es difícil saber si, debajo de ese cinismo, el protagonista experimenta realmente una transformación interior.

R.- Totalmente, de hecho es uno de los problemas del personaje. La ironía está bien para desmontar la realidad y para desacralizar, pero puede convertirse en un mecanismo de defensa que te impide enfrentarte a los problemas. Pertrechado con esa mirada irónica, a todo le saca punta. Pero dentro, ¿qué tiene? ¿Va a ser capaz de tomar las riendas de su vida? Los cactus le ayudan en ese viaje interior, se le pega algo de ese crecer lento pero seguro que tienen estas plantas.



P.- Uno de los personajes dice que la gente va a California porque piensa que allí no se va a morir. ¿Existe esa California idílica que todo el planeta tiene en la cabeza?

R.- Está exagerado. Yo mismo he sido víctima de ese ideal, siempre me ha fascinado Estados Unidos, su cine, su literatura, quería ser como alguno de sus escritores pero a la vez capté esa sensación de vacío. Como si todo fuera un decorado, agradable y aburrido a la vez. Me dio la impresión de que la gente está muy sola. Allí todos piensan en crecer y mirar hacia el futuro, pero no ves en ellos esa raíz que sí tienen los cactus. Igual que el personaje, al estar allí -y esto no me ha ocurrido en ningún otro lugar- me acordaba del pueblo de mi madre, en La Mancha, y me daban ganas de estar allí en la plaza, tomándome una caña.



P.- Otra reflexión interesante la hace el personaje Arvid Gustavsson, el escritor sueco “atrapadesgracias”, cuando dice que el culto al hogar es un invento de los débiles de espíritu, de los que no se atreven a ser aventureros. ¿Qué opina el autor?

R.- Yo soy un ser doméstico, no soy de quemar mucho la vida, pero me encanta la postura de Arvid, porque se nos vende demasiado la otra.



P.- En un pasaje del libro, el Atrapadesgracias entra en urgencias con la cabeza abierta y la tarjeta de crédito por delante. Acostumbrado a oír casos parecidos, la sanidad estadounidense me sigue pareciendo un sistema incomprensible.

R.- No lo entiendo yo tampoco, pero conozco la experiencia de otros. El hijo de unos amigos tenía apendicitis y para que le atendieran tuvo que pagar una fianza enorme. Te toca llamar a España, hablar con el banco, con el seguro... Es todo complicadísimo.



P.- ¿Qué es un cactus para Agustín antes y después de su aventura americana?

R.- Al principio, un cactus es lo que menos le puede interesar en el mundo a Agustín, aunque en realidad pocas cosas le interesan aparte de disfrutar con los placeres inmediatos. Pero poco a poco, en ese mundo tan frívolo, mutable y efervescente de California, va descubriendo la dignidad de esas plantas, su permanencia, su serenidad. Al lado de ellas se siente bien, se convierten en espejos que le devuelven una imagen perdurable.



P.- Ha publicado muchos libros infantiles y juveniles, con los que ha ganado varios premios. ¿Escribe diferente para ellos, con menos sarcasmo quizá?

R.- Cambio el registro, desde luego. Con los niños y los adolescentes tienes que ser más directo y absolutamente honesto, y esto supone un gran aprendizaje. Cuando escribes para adultos, trabajas más la orquestación del libro, dejas que el estilo tire de la narración. Pero al niño no le vale eso, tienes que tener muy claro qué le quieres contar. Sí que utilizo la ironía, porque es mi seña de identidad. Y a los lectores más jóvenes les gusta. Ten en cuenta que todos los libros infantiles que ahora triunfan son muy irónicos. No hay que tratarles como bobos ni dárselo todo masticado. Si no entienden algo, ya lo buscarán.



P.- Tras estudiar Filosofía, se formó como escritor en la Escuela de Letras de Madrid, la primera escuela de escritura literaria que se fundó en España, que cerró en 2011. ¿Qué aprendió en ella?

R.- Formé parte de la segunda promoción y tuve de profesor a Alejandro Gándara, a Constantino Bértolo, a José María Guelbenzu... Me tocó el momento de máxima efervescencia, fue muy bonito. Hice los tres años y me ayudó mucho, tenía un planteamiento muy práctico. Dos o tres veces a la semana hacíamos ejercicios escritos en la escuela con un tiempo acotado. Era un ejercicio de pensamiento fuerte, y me sirvió para quitarme de encima muchos clichés literarios que son perjudiciales para un escritor.