Leemos en el New York Times que el sexo en televisión ha dejado de ser sexo. Que de algún modo ha perdido su esencia. Su representación en las series televisivas ya no apela al placer del espectador y responde al exhibicionismo, al reclamo gratuito, alejado generalmente de las “necesidades narrativas de la serie”. ¿Es realmente así? ¿Su presencia en la parrilla de las teleficciones ha propasado las expectativas del espectador, las necesidades del relato? Lo cierto es que el debate en torno a la representación el sexo en la teleficción norteamericana no es nuevo. Viene de lejos. Y sin duda el modo en que cada serie aborda el sexo es uno de los elementos más presentes en la llamada Tercera Edad de Oro de la teleficción. Me propongo aquí hacer un breve repaso a esta supuesta fiebre sexual catódica y plantear algunas cuestiones al respecto.

Con la emisión este año de la decepcionante serie Masters of Sex el debate se ha reavivado, sobre todo en un año, el 2013, que en el terreno cinematográfico ha visto cómo el sexo tomaba un protagonismo especial, debido al impacto y las controversias generadas alrededor de filmes como La vida de Adèle, de Abdelatif Kechiche, o Nymphomaniac, de Lars Von Trier, que no en vano se encuentran entre lo más destacado del año a nivel creativo. Otra publicación de pedigrí, The New Yorker, analizaba la importancia del sexo en el filme que ganó la Palma de Oro: “El problema con las escenas sexuales filmadas por Kechiche –escribe Richard Brody en la señera publicación– es que son demasiado buenas, demasiado atípicas, demasiado desafiantes y demasiado originales para ser asimiladas por la experiencia del espectador habitual. Su duración ya es excepcional, así como el énfasis en la pugna física, el apasionado y desinhibido sexo atlético, la profunda huella que imprime en el alma de los personajes sus relaciones sexuales”. Esta misma reflexión también puede aplicarse a algunas series del momento, que se toman el sexo como un vector central de su dramaturgia y de la composición de personajes, series para las que el sexo no es un mero reclamo, sino algo realmente serio.

Podríamos pensar que Masters of Sex es una de ellas. De hecho, así debería ser, pues la serie de Showtime viene a mitificar las investigaciones científicas en torno al comportamiento sexual que emprendieron en los años sesenta William H. Masters (Michael Sheen) y Virginia Johnson (Lizzy Caplan), coincidiendo con la liberación femenina y la conciencia de la sexualidad. El estudio, y por tanto la filmación del sexo, se ven tomados por la mirada fría y escrutadora de la ciencia. A mitad de temporada, Masters y Johnson se las ingenian para incorporar una pequeña cámara en un vibrador y filmar los espasmos del interior de la vagina durante una masturbación. Lo que le importa a Masters of Sex, al igual que a sus protagonistas, es mostrar en primer plano los espasmos del vientre, la tensión de las articulaciones, los gestos del éxtasis. Diseccionarlos.

 

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Al final de sus doce episodios (la serie ha renovado por una segunda temporada), el enfoque pudoroso o tímidamente desinhibido de Masters of Sex no deja de evidenciar que los mismos tabúes de los cincuenta y sesenta son los de hoy. Es una serie atacada por sarpullidos de inmadurez, y quizá su inocencia proceda precisamente de creer que el público (norteamericano, al menos) ha perdido la inocencia cuando el sexo es visto en televisión sin aparentes filtros. Una vez que el discurso sexual se ha agotado (porque no se atreve a profundizar en él con la imagen, solo desde la palabra), el discurrir folletinesco de Masters of Sex termina por adoptar los lugares comunes de los melodramas clásicos. Los episodios 1.7 y 1.8 (All Together Now y Love and Marriage), por ejemplo, no dejan de ser reescrituras televisivas de las películas más emblemáticas de Douglas Sirk.

A diferencia de Masters of Sex, otra serie inscrita en el mismo periodo de la historia social y cultural de Estados Unidos, Mad Men, sí que logra trascender sus referencias y las inscribe en la contemporaneidad. En la serie de Matthew Weiner, ya por su sexta temporada, la mujer es retratada como objeto o trofeo, y el verdadero ascenso profesional no se logra tanto por talento y trabajo duro (el personaje de Peggy Olsen) como por otros motivos. Joan Harris (Cristina Hendricks), la versión ‘boticelli’ de Marilyn, asciende de secretaria pelirroja de la agencia de publicidad a copropietaria de la empresa, y lo logra vendiendo su cuerpo por una noche al todopoderoso cliente de Jaguar. Se trata de un episodio devastador y cruento, tan inquietante como algunos momentos sexuales míticos de la serie de la AMC, como la masturbación de Betty en el episodio Indian Summer de la primera temporada: la fantasía de la ama de casa reprimida.

 

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[Uno tiene la sospecha de que la decisión de sonorizar la escena con bossa nova brasileña responde a la nobleza de los creadores de otorgar parte del crédito al corto brasileño Electrodomestica (2005), de Kieber Mendonça Filho, que unos años antes filmó la misma idea. Se puede ver aquí]

Una de las series que más carne ha puesto en el asador sexual ha sido, y sigue siendo, True Blood. Alcanzada su séptima temporada, el crisol de seres fantásticos y mitológicos del pueblo sureño Bon Temps (Lousiana) a veces parece vivir por y para el sexo. Las relaciones entre humanos, vampiros, hombres lobo, brujas, hadas, seres mutantes… toman todas las formas y combinaciones, desde el lesbianismo al sexo en grupo, y siempre filmadas con un filtro soft porn llamado a saciar los apetitios y fantasías del espectador. Precisamente la actriz protagonista de Masters of Sex, Lizzy Caplan, protagonizó en la primera temporada de la serie de Alan Bell uno de sus momentos sexuales más memorables (1.7. Burning House of Love), fornicando con Jason Stackhouse tras consumir sangre de vampiro. Véanlo:

 

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Pero sin duda los instantes de libido desenfrada más esperados por la audiencia han sido los protagonizados por Anna Paquin y Stephen Moyer, no solo por ser los protagonistas del espectáculo, sino porque son pareja en la vida real. En el capítulo 3.8 Night on the Sun se produjo el reencuentro sexual entre ellos más recordado después de que el vampiro Bill Compton (Moyer) salvara a Sookie (Paquin) de un ataque de lobos.

 

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El calculado soft porn ha ido depurándose con el tiempo. De las series de última hornada ha sido American Horror Story, cada vez más convincente a medida que avanzan las temporadas (ya va por la tercera), la que ha llevado el sexo de papel couché más lejos, magnificando el atractivo de sus actores y actrices. En la primera temporada dio mucho juego el personaje de Moira, una criada fantasmal que a ojos del señor de la casa era una joven lasciva y ninfómana (Alex Breckenridge), mientras que su mujer solo veía en ella una ama de llaves entrada en años (Frances Conroy). En esta secuencia está perfectamente recogido el modo en que la sorprendente serie de Brad Falchuk y Ryan Murphy sacaba partido a este erotismo esquizofrénico:

 

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