José Luis García Martín. Foto: Archivo

El poeta, crítico y editor presenta hoy el número cien de la revista Clarín, que dirige desde sus comienzos

En el mundo de las revistas culturales hay que ser hoy muy valiente para resistir, primero, y permanecer, después. Agotadas las subvenciones, dispersos los lectores, muchas empiezan a languidecer mientras el paisaje se empobrece por días. Clarín, que ya es un clásico, no tiene pensado seguir la corriente. Al contrario, celebra sus 100 números este jueves con un acto en la Universidad de Oviedo al que asistirán, entre otras voces, los poetas Fernando Beltrán, Javier Almuzara y Xuan Bello y el director de la publicación desde sus inicios, el escritor y crítico José Luis García Martín. Lejos del griterío agorero, el también profesor asegura que, aunque llegar hasta aquí dando salida a los nuevos autores y apostando por la crítica militante ha sido "una hazaña quijotesca", la revista mantendrá su espíritu en lo venidero. Seguirá hablando de cine y de fútbol, de filosofía o de física y, sobre todo, de literatura. Su juramento va en las siguientes líneas.



Pregunta.- Cite los mayores hitos de Clarín a lo largo de estos años.

Respuesta.- El primero y fundamental es el hecho de resistir. Las empresas culturales suelen empezarse con mucho brío, pero los que las emprenden se cansan pronto, en cuanto empiezan a reducirse las subvenciones y el eco mediático es menor. El caso es tanto más notable porque Clarín lo edita una empresa privada; con criterios de rentabilidad económica hace tiempo que habríamos desaparecido. Pero, aunque muy escasos, todavía hay empresarios con sensibilidad cultural y saben que existen otras rentabilidades. Otro hito es habernos mantenido al margen de la actualidad del calendario y de las imposiciones del mercado en las reseñas. En cuanto a los autores, por aquí han pasado grandes de la literatura española como Andrés Trapiello, Juan Bonilla y Juan Manuel de Prada y críticos y autores noveles hoy consagrados, como Javier Rodríguez Marcos y Martín López Vega. Cuando se escriba la historia de literatura, se verá que ellos ya estaban en Clarín.



P.- El número de aniversario esquiva la autofelicitación y va al grano.

R.- Sí, he querido evitar lo habitual, el contenido de relleno de este tipo de números extra en lo que todo es retórica. En cambio, es un número con guiños. Por ejemplo, colabora Benítez Reyes, que estuvo en el primer número, y hemos publicado a un escritor nuevo como Rodrigo Olay, que tenía 3 ó 4 años cuando nació la revista. Pero junto a él está Darío Villanueva, secretario de la Academia. Eso es lo que caracteriza a Clarín. He querido que se vea que hay una continuidad, que sigue habiendo un entramado cultural importante y significativo.



P.- La revista nació con "la pretensión de ser un lugar de encuentros de la literatura contemporánea hasta entonces inexistente". ¿Cómo han logrado mantenerse en ese punto?

R.- En estos 100 números no ha habido uno solo en el que no diéramos cabida a nuevos escritores. Algunos de ellos era la primera vez que publicaban profesionalmente, cobrando por sus versos o por su prosa, y hoy son nombres bien conocidos. Siempre hemos tenido buen cuidado de que junto a autores prestigiosos aparecieran otros que estaban empezando. Y eso al margen de la publicidad editorial.



P.- A lo largo de estos 100 números, ¿en qué ha cambiado la revista, en qué la cultura y en qué el periodismo cultural?

R.- Ha cambiado más de lo que pudiera pensarse. Cuando empezamos, todavía ni siquiera estaba generalizado el correo electrónico y la mayoría de las colaboraciones nos llegaban en papel y por correo ordinario. Había que teclearlas posteriormente. El fax (esa antigualla) era la máxima modernidad. Teníamos que competir también con lujosas revistas que financiaban diputaciones, ayuntamientos y otros centros comerciales. Hoy eso se ha acabado. Ya no hay dinero público ni siquiera para comprar libros para las bibliotecas (o no se considera eso una prioridad). Más cambios: las revistas digitales. Los más agoreros pensaban que iban a sustituir a las otras. Pero, como ocurre con los diarios, no las sustituyen, sólo las complementan. En lo fundamental, el periodismo cultural, como el periodismo a secas, sigue siendo el mismo, cuestión de tener buena información, de contrastarla, de redactarla adecuadamente, y de hacerla llegar a los lectores. Para eso hace falta tiempo, talento... y medios económicos. Todo lo que vale cuesta. Lo que nos dan gratis o no vale nada o nos lo cobran de otra manera.



P.- ¿Cómo luchan revistas como Clarín para que la cultura, tan menospreciada estos días, siga difundiéndose? ¿Cree que tienen un papel social o educativo más importante hoy que hace unos años, que son más necesarias?

R.- Luchamos haciendo nuestro trabajo con entusiasmo y procurando contagiar ese entusiasmo a los lectores. Decía Borges en un poema que Junín (una de las gloriosas batallas de la historia argentina) "son dos civiles que en una esquina maldicen a un tirano". Pues yo digo que la literatura son dos jóvenes que en la mesa de un café charlan apasionadamente sobre el último libro que han leído o sobre los versos que acaban de escribir. Mientras exista ese entusiasmo, habrá literatura al margen de los best seller y los ministros, y habrá revistas como Clarín. Y ese entusiasmo existe, en jóvenes y en menos jóvenes. ¿Una minoría? Desde luego. Pero no menor que la que existía en tiempos de Ortega, de Galdós o de Cervantes. Yo creo que bastante mayor, contra lo que piensan los agoreros.

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