Un mes de junio de hace 24 años conseguí mi primera guitarra y con ello (aunque fuera una española de principiante y no la eléctrica Stratocaster de color rojo que deseaba), empecé a manosear uno de mis sueños adolescentes. Eso sucedió pocos meses después de que mis padres hubieran adquirido un ordenador Amstrad CPC 472 para nuestra educación en la modernidad occidental. Era el momento en que a lo largo y ancho de la post-desarrollista España se extendía aquella fiebre por los micrordenadores y el lenguaje Basic en medios de comunicación y colegios, calentura de innovación a la que los chicos contribuíamos sin apenas disimular el vicio por los videojuegos. Jugar partidas sin pagar, una y otra vez, sin salir de la habitación, eso era lo más.



Se puede decir que durante meses sólo me separé de mi guitarra con cuerdas de nailon para dormir e ir al instituto. No puedo decir lo mismo del Amstrad. Recuerdo que el único chispazo de amor hacia el Basic tras la llegada de las seis cuerdas tuve que ver con la creación (asistida) de un programita que convertía el teclado del ordenador en un precario sintetizador monofónico. Pero eso sí, seguí jugando a los marcianitos. Pronto, sobre todo con una Gameboy donde sonaba día y noche la música de Tetris.



Me pongo en plan Cuéntame porque me parece ilustrativo de la situación de la música chip en los últimos diez o quince años. Lo que fue una forma creativa propia de un estilo de vida muy localizado en el entorno cracker se ha convertido en una reminiscencia de nuestra infancia. De hecho es ahora, casi un cuarto de siglo después, cuando descubro todo su mundo sonoro.



Y es que la evolución del chiptunes de todos modos es de una enorme coherencia histórica. La semana pasada habíamos dejado el relato a finales de los años noventa, justo cuando la demoscene, la escena donde la competencia entre crackers de videojuegos y software, tras haberse acumulado energía y participantes durante años, estallaba como una supernova dando lugar a una dispersa acumulación de sellos, radios, etc. Había empezado la era Internet, claro, y la demoscena daba paso a un submundo musical especializado, muy underground y todo on line. Surgen así gigantescos netlabels donde los usuarios pueden subir (o sea publicar gratuitamente) sus composiciones como Micromusic.net luego seguidas de otras como 8bitpeoples, ubiktune, pterodactyl squad, emisoras en línea como Nectarine, Kohina, ModFM o así como comunidades chiptune como 8bitcollective, truechiptilldeath o el español culturachip.



A finales de esa década, dos inventos vienen a consolidar ya no tanto el interés por ciertas máquinas para hacer música sino el sonido, la estética. Dos aplicaciones para Gameboy que permitirán diseñar la música desde la misma consola y hacerla sonar con su chip original y su sintetizador interno. Nos referimos a Nanoloop, cartucho creado en 1998 por un estudiante de arte alemán, Oliver Wittchow y a Litle Sound Dj o LSDJ fabricado desde 2000 por el sueco Johan Kotlinski AKA Role Model. Ambos sistemas no pueden considerarse otra cosa que ilegalidad pirata al servicio de la causa en 8-bits y un ejemplo de cómo se ha reproducido este movimiento musical.



En la última década, lo que durante un tiempo se había convertido en aprovechamiento cracker extremo de las posibilidades musicales y en un estilo irrenunciable se ha convertido en una conexión con aquellos maravillosos años 80 y sus miles de horas muertas frente a la pantalla del micro-ordenador personal o de la consola. Ello ha dado lugar a un conjunto inabarcable de pequeños artistas desconocidos y que perpetran una gran cantidad de formas musicales. La música chip actual abarca subestilos donde asimila otros tantos diferentes etiquetas del pop. Desde el ambient al dub, la IDM, el rock, el noise el pop japonés, el techo hasta incluso la música clásica o los villancicos navideños.







En ocasiones se emplea para parodiar estilos musicales o de fenómenos televisivos o para rendir homenaje (o las dos cosas), como el sonado hace unas pocas semanas dedicado a dos de los clásicos de Radiohead OK Computer y Kid A por parte de Quinton Sung.













Además, cada vez es más frecuente toparse con músicos que hibridan los sonidos y técnicas propias del 8-bit con otros instrumentos, incluso clásicos, con resultados tan brillantes como éstos:





Así que si bien parece posible conectar la música chip con ese síntoma de nostalgia de la arcadia infantil, sin embargo estamos ante algo que en cierta manera desborda tal categoría. Como poco la amplía. Si en el fenómeno musical glo-fi e hipnagógico predomina la conversión en fetiche de un recuerdo musical idealizado (tras haber el pasado suficiente tiempo pasado de moda como para convertirse en algo de nuevo cool), aquí se da un proceso de ampliación, empleándose esos sonidos y técnicas musicales como una especie de vuelta al aislamiento Do It Yourself, a un orgullo de pertenencia cultural y a una revuelta contra el paso dictaminado del tiempo.



Como varios autores se esmeran en explicar en la muy recomendable revista del magnífico evento, Mediateca Expandida Playlist que tuviera lugar en LABoral Gijón sobre este asunto, al menos en su origen cabe explicar la música chip como una toma de conciencia y una rebelión contra la obsolescencia programada de los medios audiovisuales, una reinvención de los esos "medios muertos", transformados mediante el ingenio en obras artísticas con que crear. El jugador pasivo de juegos programados se vuelve del revés, se revuelve, para convertirse en creador-jugador de nuevas músicas, dándole un uso nuevo.



El avance sigiloso de estos recursos sonoros es notorio. Sin que apenas nos demos cuenta el halo chip nos ha rodeado. Celebridades musicales más o menos indies como Beck, Four Tet , Alec Empire (que ya en 1998 creó su grupo de 8-bit noise Nintendo Teenage Robots), Björk, Aphex Twin, Squarepusher, Momus, Chemical Brothers, incluso en hitazos mainstream como Tik Tok de Ke$ha (http://www.youtube.com/watch?v=djgjWMoBnf8) o U should know better de Robyn con Snoop Dogg se aprovechan de tales recursos.



No es casualidad que entre la información que manejo haya encontrado huellas muy recientes de otros exploradores en blogs como Hipersónica, o que que hace unos días Verkami comunicaba que la micro-financiación del ambicioso documental del español Javier Polo Europe in 8 Bits, había finalizado con éxito. Y ¿no es acaso música chip y una reivindicación del estilo 8-bits algo como la cabecera de Muchadada Nui del gran Enrique Borrajeros. Pues eso. Estos medios zombies están por todos lados. A mí me atrapan seguro.