Spaesamento, 2000

Comisaria: Gloria Moure. MUSAC. Avenida de los Reyes Leoneses, 24. León. Hasta el 11 de septiembre.

El MUSAC presenta una retrospectiva de una de las figuras de la escultura contemporánea española. El particular universo artístico y filosófico de Fernando Sinaga que resumido en esta muestra comisariada por Gloria Moure.

Fernando Sinaga (Zaragoza, 1951) es una de las figuras mayores de la escultura contemporánea, que ha desempeñado un papel igualmente sustancial en los ámbitos creativo y filosófico en la escena nacional. Desde los inicios de su sólida trayectoria, mediados los años setenta del siglo pasado, sus propios escritos se han sumado a críticos y estudiosos en la configuración de un corpus fundamental para el entendimiento contemporáneo de la práctica de la escultura y para el debate y los discursos sobre el arte. Son, en sus propias palabras, una técnica aclaratoria y una mirada perpleja a lo que cree desconocer.



Por las anteriores razones y por muchas más, una muestra retrospectiva de su trabajo es una magnífica noticia, y una invitación que nadie interesado por el pensamiento del que es coetáneo puede ignorar o desatender. Las características de las salas del MUSAC y el espacio destinado a la muestra han sintetizado un recorrido por casi un cuarto de siglo en poco más de treinta piezas, lo que, inevitablemente priva al espectador de momentos y obras imprescindibles, como las grandes superficies de la serie Salve et coagula. No significa ésto que el paseo por las piezas seleccionadas resulte poco satisfactorio, más bien al contrario: quizás por la búsqueda de concreción y la adaptación a los espacios, las obras existentes brillan con luz propia.



La comisaria, Gloria Moure ha optado, según se deduce del breve texto que acompaña la exposición, por primar algunos conceptos queridos para el autor, así aquellos derivados de sus propuestas desencadenantes de procesos perceptivos o la consideración de la escultura como una operación mental, dos líneas que hacen prevalecer la secuencia productiva frente al resultado último y objetual. Y una elección que invita antes que a un recorrido cronológico a una interacción entre piezas de diferentes épocas, pero que concurren en el desarrollo de una idea igual o semejante y a un trayecto salpicado de obras en apariencia menores, pero que delimitan el sentido de la muestra. Así, la exposición no podía empezar de otro modo que con la fotografía de El desayuno alemán, de 1984, un reconfortante inicio del día en un momento crucial de su vida, en el que se unen la continuidad y discontinuidad existentes en el inestable equilibrio permanente que es la vida humana. También, de modo más prosaico, se trazarían las dos líneas fuertes que determinaron su obra entonces, otra complicada armonía entre las deducciones del arte minimal y la expansión beuysiana de la creatividad.



El recorrido circular se ocupa no sólo de las esculturas propiamente dichas, sino que incluye fotografías y otras obras audiovisuales, así como obras sobre papel. Respecto a la escultura explora, ahora sí, con estudiada contundencia, la extrema diversidad y capacidad de juego de Sinaga con los materiales que, en sus manos, adquieren las características de entes de la imaginación, productos de la espléndida generosidad de la riqueza así como de la alquimia del desgaste y la putrefacción. Las maderas, el plomo, el aluminio, el acero inoxidable, el hierro, el latón, el bronce, el granito, la estearina, la sosa cáustica, el PVC, el polietileno, los neones, la luz halógena, las polaroid, el vidrio, el cristal y el espejo, todo contribuye a hacer de cada pieza una experiencia con lo palpable, lo irradiante o lo reflexivo.



En suma, una muestra que conjuga su exuberancia material con la austeridad impuesta a los resultados y que más que una experiencia sensual, siempre posible y, desde mi punto de vista, nada desdeñable, quiere ser más una incursión por las ideas, por el arte como una forma material o sensible del pensamiento, capaz de entrelazar y conectar mundos conceptuales tan potentes como disruptivos.



No quisiera terminar sin alertar sobre la progresiva pérdida de contenidos a las que se ven sometidas, por las resoluciones presupuestarias debidas a la crisis, las instituciones artísticas nacionales. En esta ocasión, y no me cabe duda que a sus responsables les duele tanto como a mí, la exposición no tiene catálogo, con lo que se interrumpe y cercena un discurso teórico que considero absolutamente esencial.