Nadal, durante el partido ante de Miñaur.

Nadal, durante el partido ante de Miñaur. Lucy Nicholson Reuters

Tenis Abierto de Australia

En tres partidos, Nadal ya se ha vuelto un peligro

El español llega a octavos en el Abierto de Australia tras destrozar a Álex de Miñaur (6-1, 6-2 y 6-4) en otro partido fabuloso.

Melbourne (enviado especial)

¿Le voy a ganar por golpes? ¿Le voy a ganar por físico? ¿Le voy a ganar por cabeza? ¿O le voy a ganar por garra, coraje y pasión? Todas esas preguntas se forman en la cabeza de Álex de Miñaur durante la tercera ronda del Abierto de Australia, que le enfrenta a Rafael Nadal. El joven australiano, acostumbrado desde pequeñito a dejarse el alma persiguiendo cada pelota para suplir así otras carencias, aparece en la Rod Laver Arena dispuesto a insistir en una idea básica: el español le puede superar en todo menos en entrega. Por eso, de Miñaur salva cuatro bolas de break en su primer saque, que dura 10 minutos. Por eso, el australiano corre que se las pela los primeros tres juegos del partido, que se estiran durante 25 minutos. Por eso, el aspirante pelea, pelea y pelea hasta que se da cuenta de una lógica aplastante: nadie le gana a Nadal por corazón. El domingo, en octavos, el número dos del mundo (6-1, 6-2 y 6-4 en 2h15m) tiene un cruce con Tomas Berdych (5-7, 6-3, 7-5 y 6-4 al argentino Schwartzman) para confirmar ante uno de los buenos la imponente versión que ha exhibido en las tres primeras rondas. [Narración y estadísticas]

El 108 que de Miñaur lleva tatuado en el pecho hace referencia a su posición en la lista de debutantes en el equipo de Copa Davis australiano y es una carta de presentación, todo un aviso para los que sigan dudando a estas alturas: soy de aquí porque nací en Sídney, pero también porque en Australia me han acogido, cuidado y ayudado como no lo hicieron en España cuando mi madre fue a pedir ayuda a la federación para formarme como jugador, cerrándonos la puerta en la cara pese a que me críe en Alicante, escalando hasta la primera posición del ranking nacional y consiguiendo méritos más que suficientes para tener una oportunidad que nunca llegó.

El viernes, cuando sale a jugar a la Rod Laver Arena, de Miñaur ve a Lleyton Hewitt sentado en su palco, guiña un ojo en esa dirección y eso lo explica todo. El ex número uno de mundo, leyenda del tenis australiano, asesora desde hace más de un año al joven con la intención de enseñarle cómo tomar las curvas en los primeros años en la élite. Ese refuerzo, que conjuga a la perfección con Adolfo Gutiérrez, su técnico de toda la vida, llevaron a de Miñaur a escalar desde las profundidades del top-200 al número 31, su posición en la clasificación al terminar la temporada pasada. 

A Nadal, por supuesto, le da igual que Hewitt esté animando desde el banquillo de su rival, que el mismísimo Rod Laver aplauda desde el palco de autoridades los puntos del australiano y que por tercer día consecutivo la grada esté dividida, decantándose inevitablemente por apoyar a uno de los suyos. El español, inactivo durante cuatro meses por tres lesiones distintas (rodilla derecha, abdominal y muslo izquierdo) y una operación (pie derecho), juega una vez más como si el tiempo alejado de las pistas tuviese el mismo efecto que arrojar una bengala a un río. Es decir, absolutamente ninguno. 

El campeón de 17 grandes, rápido, certero y decido, se encuentra con un de Miñaur guerrero y descarado. El australiano acumula 10 partidos en los últimos 20 días, con su primer título en Sídney conquistado entre medias, pero eso no le quita energías, al revés. El número 29 mundial discute todos los peloteos con Nadal soportando una intensidad inhumana, tremenda la contundencia en cada golpeo del mallorquín. Aunque cede pronto su servicio (en el tercer juego de primer set y en los primeros de los dos siguientes), de Miñaur se anima cerrando el puño cuando consigue hacerle un poquito de daño a su rival, que cierra la clasificación a octavos escupiendo tiros que cortan el aire a su paso.

Ese, quizás, es el síntoma más claro para que el español pueda soñar con cosas importantes en Melbourne: su bola suena a tambores de guerra.