Roger Federer celebra el pase a la final del Open de Australia.

Roger Federer celebra el pase a la final del Open de Australia. EDGAR SU Reuters

Tenis Tenis

Para Federer no hay nada imposible

A los 35 años, y después de seis meses alejado de las pistas por las lesiones, el suizo buscará en la final del Abierto de Australia (7-5, 6-3, 1-6, 4-6 y 6-3 a Stan Wawrinka) su grande número 18.

Melbourne

Noticias relacionadas

El genio necesita un calificativo nuevo, este ya no sirve, se le ha quedado pequeño, viejo e insignificante. A los 35 años, y tras parar seis meses para recuperarse de una lesión en la rodilla izquierda y arreglar sus problemas en la espalda, tomando la decisión de perderse los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro (quizás su última oportunidad para luchar por el oro olímpico individual), Roger Federer intentará el próximo domingo estirar su propio récord de 17 grandes en la final del Abierto de Australia, la número 28 de Grand Slam (sexta en Melbourne) en su legendaria carrera, que debería ser una asignatura obligatoria de la vida por todo lo que se puede aprender de ella.

El jueves por la noche, Federer resistió 7-5, 6-3, 1-6, 4-6 y 6-3 a Stan Wawrinka y se citó con el ganador del encuentro entre Rafael Nadal y Grigor Dimitrov, cumpliendo con su parte del trato para revivir el clásico enfrentamiento con el mallorquín, el partido que ha marcado la última década en el circuito y también en la historia del tenis. Así, y en su primer torneo oficial tras pasar medio año alejado de las pistas, el suizo se plantó en la final riéndose del cuadro (Tomas Berdych, Kei Nishikori, Wawrinka…), de su ránking (17 mundial, obligado a contrarios duros desde bien pronto) y de la exigencia que debería haber sido jugar partidos al mejor de cinco mangas durante dos semanas. Para Federer, que acabó con problemas en un aductor, no hay nada imposible.

“Fue un partido raro, las cosas nunca son fáciles contra Wawrinka”, analizó el suizo, que automáticamente se convirtió en el jugador de mayor edad en alcanzar la final de un grande desde Ken Rosewall (39 años y 310 días) en el Abierto de los Estados Unidos de 1974. “Estoy contento con mi actitud en el quinto set. Sabía que tenía que encontrarme bien de nuevo. Jugar con intensidad, ser más agresivo, sacar bien y creer en mí mismo para evitar momentos difíciles desde el principio”, añadió Federer. “El domingo me da igual el rival. Sólo quiero ganar”.

A brazo partido, los dos oponentes discuten el pase a la final del Abierto de Australia hasta que se quedan secos. Los tremendos pelotazos que llueven en el primer set de la semifinal vienen desde los dos lados de la pista, porque ninguno quiere renunciar a su forma de entender el juego, que es dominar siempre y dejar sin voz al rival.

El número tres aprieta de lo lindo usando fuego de mortero, tiros de piedra, estacazos llenos de mala baba. El 17 le pone las cosas difíciles lanzándose al abordaje de las líneas mediante un ataque más controlado, regulado en tiempo y forma, empleando el revés cortado para desmontar con tacto las violentas embestidas de Wawrinka, que amenaza varias veces con descarrilar porque no sabe diferenciar qué bola destrozar y qué otra cuidar un poco, darle un tratamiento más especial.

El genio suizo, en cualquier caso, está nervioso, tenso, agitado por la oportunidad que tiene por delante. Dos voleas sencillas estampadas contra la red en el arranque del partido descubren su lado humano y animan a Wawrinka a sacudirse la presión de ser el candidato a la victoria, por mucho que el cara a cara diga lo contrario (18-3 para Federer, 13-0 en pista rápida).

El número tres se debe a sí mismo el pase a la final, una conquista así de importante, un triunfo con mayúsculas para mantener viva su fama de jugador indomable cuando llegan las últimas rondas de los torneos grandes, y ahí están las tres finales de Grand Slam que ha ganado en los últimos tres años (Abierto de Australia 2014, Roland Garros 2015 y Abierto de los Estados Unidos 2016) para confirmar que nadie le ha regalado esa condición.

El sentido abrazo entre Wawrinka y Federer al final del partido.

El sentido abrazo entre Wawrinka y Federer al final del partido. Issei Kato Reuters

Aunque por momentos no tiene la brillantez de los días anteriores, atrancado entre lo que busca y lo que consigue (con más errores que aciertos), Federer juega de memoria los dos primeros parciales del encuentro. El suizo va a por Wawrinka en línea recta, deshaciendo los poderosos ataques de su rival con tiros que flotan por el aire como obras de arte fugaces, aprovechando que su puntería es mayor que la de su rival. La oda al juego fino se escribe con el revés a una mano del número 17, que hace suyo el primer set al resto y controla el segundo colándose en la cabeza de su contrario, tan fácil es saber lo que está pensando el número tres, tan previsible su reacción al empezar con el pie cambiado un encuentro de semejante peso mental.

Ceder la primera manga tiene un efecto demoledor para Wawrinka. De repente, el campeón de tres grandes pierde toda la fe en la victoria, y eso que todavía queda mucho, demasiado para sacar bandera blanca, como luego queda demostrado. Cuando Federer le arrebata el saque y se coloca 4-2 en el segundo set, Wawrinka destroza su raqueta de un rodillazo limpio.

Entregado a sus demonios, escupiendo rabia por la boca, el número tres se encoge y se marcha al vestuario llorando, intentando ocultar con una toalla las lágrimas que le caen por el rostro. A su vuelta, trae la rodilla derecha vendada y entonces saltan todas las alarmas. ¿Qué ha pasado? ¿Seguirá el número tres jugando? ¿Le dará la mano a su contrario y facilitará su pase a la final? ¿Competirá sin poder moverse o con dificultades para hacerlo?

Pronto, todas esas preguntas quedan contestadas. Wawrinka no sólo sigue jugando, Wawrinka arrasa en una reacción cimentada sobre la garra y el nervio. Entonado, el suizo es inabordable, un ciclón. Cuando Federer se quiere dar cuenta, la semifinal está empatada, el reloj ha superado las tres horas y su contrario está cerca de quitarle el sueño de la final en la cara: Wawrinka tiene dos puntos de break (con 1-1 y con 2-2) en el arranque de la última manga para mandar a su rival de vuelta a casa.

A partir del quinto set, Federer juega sin piernas. El suizo, que ha pedido tiempo médico para irse al vestuario (casi nunca lo hace), ha dejado de bailar y lo pasa fatal para sacar cada juego adelante. Apoyándose en el saque y en la muñeca, el campeón de 17 grandes va sobreviviendo como puede. Salva las dos bolas de rotura y aprieta el puño. Aunque le quema el aductor y le faltan pulmones, logra el break y se coloca 5-2, aprovechando que Wawrinka vuelve a estar desnortado, sobrepasado por la situación y fuera de sí.

El palco del suizo, con Mirka (su esposa) a la cabeza, no quiere ni mirar el milagro que acaba ocurriendo: con la lengua fuera, después de sofocar una rebelión de un jugador en línea ascendente, Federer gana y llega a la final, un hito impensable antes de empezar el torneo. A día de hoy, con todo lo que ha superado, sumar un grande más ya no es una odisea.